Cuando sonó el despertador, Helena solo acertó a apagarlo, maldecir y cubrirse la cabeza con la almohada. Estaba muerta de sueño.
En esa neblina que separa el sueño de la consciencia, apareció una certeza en su mente: No iba a ir a trabajar ese Lunes, ni mucho menos.Tenía algo importante que hacer.
Se levantó despacio de la cama y abrió los postigos de la ventana, luego volvió a tumbarse y con los ojos abiertos mirando hacia el techo, dejó que amaneciera lentamente y no pensó en nada en concreto.
Una vez que el día hubo clareado un poco, decidió llamar a Ramiro para comunicarle su decisión.Éste tardó un poco en contestar.
-¿Sí?-Se oyó su voz al otro lado de la línea.
-Buenos días-saludó.
-Buenos días, ¿qué pasa, Helena?
-No voy a ir a trabajar hoy, Ramiro-anunció
-¿Cómo que no vienes a trabajar? Pero, ¿Y los textos que me estabas traduciendo?
-Pueden esperar-rebatió Helena.
-No, Helenita no.No pueden esperar.
-Te aseguro-dijo ella fríamente-que si pueden esperar.
-Mira, no quiero discutir contigo, haz lo que quieras…¿Mañana si vendrás?
-Sí, mañana iré.¡Gracias, Ramiro! ¡Eres el mejor!-gritó triunfal.
-No me adules cuando te hago favores, eso es muy interesado-la regañó el librero.
-Lo sé-contestó ella risueña-Un beso-y colgó.
Mientras dejaba el móvil sobre la cómoda, Helena se sintió mareada y una sensación de náusea le atravesó el estómago.Durante un instante, temió que se tratara otra vez del sueño, pero en seguida se dio cuenta de que tenía hambre, de modo que se dirigió a la cocina.
Mientras trasteaba por ella en busca de una sartén pequeña para hacerse una tortilla (hoy no tenía prisa, podía desayunar tranquila) echó en falta al adivinador Pietro.¡Qué hombre tan curioso!era muy inteligente y misterioso, casi parecía salido de una película…
Con un suspiro de fastidio, Helena renunció a desayunar tortilla y se contentó con un sándwich y una manzana.Debería pensar en ordenar más a menudo.
Acabó de comer rápidamente, y se dirigió sin más demora hacia su ordenador portátil.
Se conectó a internet, tecleó ``Editoriales Montenegro´´ en la casilla de búsqueda de Google y clicó en el botón de búsqueda.
Accedió a la primera página, y paseó la vista ociosamente por la web de la editorial, a sabiendas de que allí no iba a encontrar nada interesante allí.Solo había montones de secciones distintinas: Infantil y juveni, novela romántica, nuevos títulos…
Helena salió de aquella página y probó a utilizar el nombre del editor como comando de búsqueda.Aparecieron unas pocas entradas, algunas eran noticias de periódicos virtuales sobre su muerte y las fue leyendo una tras otra.
Se sintió frustrada, apenas daban detalles.Se limitaban a informar de que Enrique Montenegro, el propietario de la reconocida editorial Montenegro había fallecido en su domicilio y la fecha en que la muerte se había producido, un par de años atrás.Sólo uno de los periódicos se atrevía a aventurar que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón, de origen desconocido.
Finalmente, Helena aceptó que cómodamente desde su casa no iba a averiguar nada y decidió partir hacia la biblioteca más cercana, anotando cuidadosamente la fecha de la muerte del editor en la palma de su mano derecha (05-04-07).
Al cabo de una hora, tras haberse duchado y vestido, Helena caminaba de nuevo por la parte antigua de la ciudad.Se dirigía hacia una vieja y enorme biblioteca, donde estaba segura de que almacenaban periódicos antiguos.
Mientras andaba, se preguntó por qué demonios intentaba sacar las cosas de quicio respecto a la muerte del editor, si probablemente en todo aquel desgraciado asunto no había más de lo que ya sabía.
No obstante, algo en su interior le decía que no era así, que alguien le estaba ocultando algo y que si llegaba a averiguar el qué, quizá podría escapar al chantaje de la malvada Clara.
Al fín y al cabo, era muy raro el modo en que Pietro le había hablado del fallecido Enrique, cómo se había puesto nervioso y los escasos detalles que se conocían de la muerte de tan ilustre personaje.
Sus pensamientos y sus pasos a través de la sombría mañana, la llevaron hasta la biblioteca, que estaba en penunbras y prácticamente vacía.
Helena entró e hizo una seña a modo de saludo a la anciana bibliotecaria.Luego se dirigió sin más preámbulos a la sección de los periódicos y rebuscó entre los estantes hasta dar con aquellos pertenecientes a la fecha anotada en la palma de su mano.
Había bastantes, de modo que se dirigió con ellos entre los brazos hacia una mesa robusta de roble de una esquina, bajo un ventanal, que estaba cerca de la calefacción.
Hasta que no entró en contacto con el aire cálido que el radiador emanaba, no se percató del frío que hacía en la biblioteca, un frío que halaba los huesos y el corazón.Pese a ser una biblioteca, aquel lugar era tan poco acogedor…
Abrió el primer periódico y comezó a pasar hojas con rapidez.Las noticias no le proporcionaron ninguna información complementaria, salvo una que añadía, a modo de guinda del pastel que era su hija Clara, la única residente de la casa en ese momento a excepción de Enrique, la que había hallado el cuerpo y avisado a un médico (pese a que era ya demasiado tarde para hacer nada por el buen hombre, como recalcaba pomposamente el autor de la noticia).
Estaba ya a punto de dejar los periódicos y abandonar la biblioteca, cuando se le ocurrió consultar también las secciones de epitafios.
Había bastantes, la mayoría de lectores, familiares u otras editoriales, pero dos le llamaron la atención.
Una era de un tal Ramón Jiménez Rodríguez, que decía así:
Estés donde estés y estés como estés, amigo, te extraño.
Era un epitafio definitivamente raro, aquel hombre no parecía tener en absoluto claras las circunstancias de la muerte de su amigo.Pero también podía ser que se tratara de un hombre religioso que creyera en la existencia de una vida después de la muerte, o en la rencarnación, o…Helena ya no sabía ni lo que pensar.
El otro epitafio a destacar era una simple nota de condolencia cortés, firmada bajo el nombre de Eugenia Montenegro.
De repente, Helena se sintió excitadísima, ¡la viuda de Montenegro probablemente vivía aún! Quizá pudiera, de alguna manera, ponerse en contacto con ella y con el amigo del difunto.A lo mejor lograba sacar algo en claro.Ojalá…
Por si las moscas, apuntó ambos nombres y sus apellidos en la mano que aún no tenía pintarrajeada y abandonó el lugar.
En la calle hacía muchísimo frío, de modo que decidió ir a comer a algún sitio.Acabó tomándose una tapa de ensaladilla rusa en un bar cutre de una esquina, siguiendo el ejemplo de Ramiro.
Después de aquello pensó en ir a su casa, pero antes había algo que quería hacer…quería visitar el cementerio.
Helena caminó lentamente hasta la parada del autobús, para descubrir que el siguiente autocar no pasaba hasta las cinco.Como eran más o menos las cuatro y media, se sentó a esperar en el banco de la parada y se quedó dormida.
La despertó una voz.
-¡Eh! Señorita ¿va a subir o no?-Ella abrió los ojos y parpadeó confundida, ante sí tenía al autobús y a su conductor, que la miraba enfadado.
-Sí, sí.Perdone, me había quedado dormida-Se disculpó ella azorada, al tiempo que se apresuraba a subir al vehículo para pagar el billete.
El conductor no contesta, se limita a cobrarle y le lanzá una mirada reprobatoria.
Helena pagó y se dirigió atolondrada hasta un asiento al final del autocar.
El traqueto del motor la adormiló, y observó las calles correr ante sus ojos en silencio, avanzando hacia las afueras de la ciudad.Durante todo el trayecto, se sintió seguida por la mirada azul de Zarek.
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