Diez minutos más tarde, una confusa Helena y un alegre Pietro toman café en la mesita frente al gran balcón, el lugar preferido de Helena de toda su casa.
Medita.No tiene ni idea de que hora es.
-Son las ocho y dieciséis minutos-suelta Pietro de pronto.
-¿Cómo haces eso?-preguntó Helena entre irritada, curiosa y fascinada
-¿El qué?
-Adivinar las cosas que pienso.Y esta vez no me des largas.
-No las adivino exactamente, más bien las intuyo.Por tus gestos, tus expresiones.Deducción pura y dura.
-Claro, y cuando estabas al otro lado de la puerta, ¿qué?-replicó ella.
-Oí acercarse tus pasos, luego entreví tu sombra cuando miraste por la mirilla, después tardaste en abrir, pero no te habías alejado.Lo sabía porque te habría escuchado. ¿Qué otra cosa podías haber estado haciendo?
-Vaya, eres muy intuitivo.
-Tengo que serlo, trabajo para la señorita de Monfort.Para Clara-aclaró
-¿Y en qué trabajas exactamente?
-Pues…depende de lo que ande haciendo Clara-contestó dubitativo
-En otras palabras: que depende en qué ande metida, le haces un tipo de trabajo sucio u otro.
-No-dijo Pietro enfadado-Además, aquí las preguntas las hago yo.
-En absoluto, estamos en mi casa y aquí pregunto yo.Si no te gusta puedes marcharte.-Añadió tajante
Pietro se echó a reír.
-Está bien.¿Quieres saber algo más?
-Sí.Quiero que me cuentes como murió Enrique Montenegro.
Pietro se envaró inmediatamente, y Helena lo notó.Éste maldijo por lo bajo y prometió medir sus gestos con cuidado en presencia de la perspicaz Helena.
-Murió en su casa de un infarto.-explicó con fingida tranquilidad, una vez restablecidos su sonrisa y su habitual gesto distendido.
-¿Qué le produció ese infarto?-quiso saber ella.
-No se sabe.Quizá tuviera que ver con la alimentación, o con su avanzada edad.-Aventuró
Helena pensó rápidamente, había algo que no le encajaba en aquella afirmación.
-Si no recuerdo mal, Enrique no era muy mayor.Tendria unos…
-Cincuentaynueve años, así es.Pero el forense no encontró ninguna explicación.Ni siquiera tiene porqué haberla, un simple fallo cardíaco.
Ella no se fiaba…Pietro hablaba con poco convencimiento.
-Enrique Montenegro era importante, alguna nota necrológica habrá, ¿no?
-Sí, alguna habrá. ¿Qué más te da?
-Era pura curiosidad-mintió
-Escucha, Helena, hazme un favor.O mejor dicho, dos favores.-Pidió Pietro
-¿Cuáles?
-No desobedezcas nunca a Clara, y no te metas donde no te llaman.
¿Eso es un favor?-espetó ella-¿O es un encargo de la señorita de Monfort?
-Lo hago solo porque me preocupor por ti-espetó Pietro irritado.
-¿Por qué lo haces?-inquirió Helena
-Porque tú eres testaruda y cabezota, porque me siento en la obligación y porque, sencillamente, me caes bien.Tengo que irme ahora, lo siento.-anunció tomando su último sorbo de café.
-De acuerdo-asintió
-Por favor hazme caso.Por favor-repitió-No me tomes como tu enemigo porque no lo soy.
-Ya veremos lo que hago-respondió mordaz-Y gracias por los consejos, si es que tengo que llamarlos así-añadió mientras abría la puerta.
Pietro se colocó su suave abrigo gris, se pasó la mano por el pelo y sonrió arrebatadoramente.
-Volveremos a vernos, Helena Verne, ya lo estoy deseando.Y pórtate bien-Dicho esto, desapareció por la puerta principal y bajó las escaleras como una exhalación.
Helena no pudo evitar quedarse pensando, con la puerta aún entreabierta, que era una lástima que aquel hombre fuera a desperdiciarse en los brazos de la fría y maquiavélica Clara de Monfort.
Helena se sirvió una nueva taza de café por el mero placer de sostener algo cálido entre las manos, y se dirigió al diminuto trastero de su apartamento.
Nada más abrir la puerta tosió.Nunca entraba allí y había una cantidad de polvo espectacular.Se estremeció y se preguntó cuantos adorables arácnidoa habitarían también allí.
Se aproximó a la estantería central y sacó un grueso taco de páginas encuadernadas y algo amarillentas.
Zarek
Rezaba con simpleza la pesada cubierta.
Se dirigió con ellas a su cama, dio un sorbo al café, abrió el libraco al azar y comenzó a leer en voz baja:
Llegará un día en el que los indignos se levanten por fín del suelo, y entiendan que si son indignos es porque lo permiten.
Ese día elevarán sus voces a un grito de guerra.
Las moraduras, heridas y cortes de su anatomía les dolerán al fin como propias, y como propias las vengarán.
Con sus labios partidos y doloridos gritarán que ya no permiten ni una sola injusticia más, que no pasarán ni un día más en el suelo.
Y que no permiten que quienes patearon su dignidad lo hagan de nuevo.Que si fueron despojados de su orgullo fue por que lo permitieron.
Pero que cuando las heridas duelen en carne propia, no pueden herirte más.
Allí terminaba aquella página, el resto estaba en blanco, salvo por algunos manchurrones de tinta.Zarek había decidido terminar de relatar justo en ese punto.
Helena no necesitaba ni palparse las mejillas para saber que estaba llorando, le sucedía cada vez que veía la delicada caligrafía de niño de Zarek deslizarse por una hoja de papel.
¿Qué clase de dolor le atenazaba cuando escribía esas cosas?
Solía hacerlo por las noches, frenéticamente y a la luz de una simple vela.Podía pasarse noches enteras sin dormir, escribiendo aquellas cosas extrañas que solo él alcanzaba a comprender, si es que lo hacía.Y ahora ella tendría que entregar a Clara todo lo que le quedaba y alguna vez había poseído de Zarek.
Helena se levantó y se dirigió hacia la ventana.Fuera solo se veía la oscuridad, y a ella le pesaba todo el cuerpo.
Se tumbó en la cama, abrazó los escritos de Zarek, y lentamente se quedó dormida.
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