Capítulo XI


Cuando Helena bajó al fin del autobús eran casi las seis de la tarde y, como era normal en Noviembre, ya estaba anocheciendo y hacía un frío que pelaba.Lamentó no haberse llevado su abrigo, pero ya era tarde para arrepentirse.
Caminó apresuradamente y atravesó la verja del viejo cementerio, que estaba casi vacío ¡normal! A la hora que era…
La verdad era que aquel lugar no daba precisamente miedo, pese a ser grande era recogido, y estaba muy bien cuidado.Solo se trataba de hileras e hileras de nichos y lápidas.
Pese a que Helena solo había estado dos veces allí se sabía el camino del mausoleo de los Montenegro de memoria.A cada paso que daba, tenía la sensación de que los pies le iban pesando más y más y notaba el corazón pesado como si fuera de plomo.
Se dijo múltiples veces que mejor se marchaba, que ya no avanzaba más, que nada en el mundo merecía el dolor que ella iba a sentir si continuaba…
Pero como de costumbre, los pies acaban llevando a donde nunca jamás hubiésemos querido llegar y acabó encontrándose ante el portón del antiguo mausoleo.
Helena aguantó la respiración, cerró los ojos y empujó la puerta, que se abrió con un chirrido.
El lugar estaba naturalmente oscuro, pero no lo suficiente como para impedirle ver lo que nunca hubiese deseado contemplar.El nicho de Zarek.De su amado Zarek.
Se arrastró hasta ella, y la volvió a mirar.Estaba igual que siempre e igual seguiría.Pasó los dedos por la placa y desprendió la capa de polvo que se habñia formado.Allí se leía su nombre: Pablo Montenegro.
Zarek era solo el pseudónimo que el díscolo hijo menor de Enrique se había puesto cuando comenzó a escribir a los doce años, su nombre real era Pablo, y así figuraba en su tumba.
Helena estuvo perdida en sus pensamientos, mirando hacia un punto perdido durante unos diez minutos.Se sentía tan trágicamente abandonada que no podía ni llorar.
Luego, a tientas en la oscuridad y con la ayuda de teléfono móvil, se dedicó a buscar la verdadera razón de su visita al cementerio: La tumba de Enrique Montenegro.Si había muerto tenía que tener una.
No tardó mucho en hallarla, apartó la capa de polvo que también recubría esa capa y buscó frenéticamente alguna pista.No la había, ya lo había supuesto.
Con el corazón en un puño y sintiéndose más derrotada que nunca, Helena se dirigió a la puerta del mausoleo, lanzó una última mirada hacia el lugar donde descansaba Zarek y salió.
Estuvo deambulando por las calles del cementerio, sin preocuparse esa vez de adónde la llevaran sus pasos.Se sentó en un rincón cualquiera y se dijo que allí se quedaba, en la oscuridad.
Dos minutos más tarde se levantó como movida por un resorte, se preguntó que si es que estaba tonta o qué, y se dispuso a salir del cementerio.
Cuando alcanzó la puerta era ya noche cerrada, a pesar de ser las siete de la tarde.Hacía un frío anormal, que calaba los huesos y se instalaba e el alma.
Helena echó a andar hacia la parada de autobuses, perdida en sus pensamientos, pero de pronto avistó unos malévolos ojos rojos que la contemplaban en la oscuridad.
Los ojos pertenecían a un perrazo de raza boxer, pero era muy raro, porque era blanco entero, nunca había visto uno de ese color.Cuando ella hizo ademán de continuar su camino, el perro le gruñó con tal enfado que la dejó clavada en el sitio sin atreverse a dar un paso.
Estupefacta, observó como el perro se agazapaba, preparado para saltar sobre su víctima: ella.Cerró los ojos aterrorizada, sabiendo que correr o intentar defenderse sería en vano y esperó a que el perro se la tragara de un bocado.
-¡Freddie! ¡Ven aquí!-oyó a un hombre exclamar-¿No ves que asustas a Helenita?-No era ``un hombre´´, era Pietro.
Helena abrió los ojos con sorpresa y miró como Don Escultura acariciaba al perrazo que hace cinco segundos había estado a punto de comérsela y como el bicho aquel ladraba y le lamía las manos, encantado.
-¿Freddie?-aventuró con un hilo de voz- Esa cosa…¿se llama Freddie?
-No le llames cosa.Y sí, se llama Freddie.Por Freddie Mercury-aclaró.
-¿! Qué no le llame cosa!? ¡Tu perro ha estado a punto de matarme!-Chilló indignada.
-No le gustan los desconocidos-replicó él tan tranquilo.
-Pues entonces ¡controla a ese monstruo!
-Si no lo hubiese hecho, a estas alturas estarías muerta.
Helena resopló furiosa.
-Bueno-dijo Pietro.¿qué hacías por aquí? Es tarde y esto está muy alejado.
Durante un segundo, Helena se mordió el labio nerviosa.Luego se dio cuenta de que tenía una excusa perfecta.
-He venido a ver a Zarek-explicó ella.
-Ah-musitó él cortado.
-Y tu ¿qué? ¿me estabas siguiendo?-Inquirió
Pietro puso los ojos en blanco-Tengo cosas mejores que hacer.He venido a soltar un rato en el campo a Freddie, como es albino solo puede salir de noche-Le hizo notar.
Helena asintió.Así que el perro era albino…eso explicaba el colo blanco tan rrao en esa raza, así como el impactante color rojizo de su iris.
Se estremeció y se abrazó a sí misma ¡qué frío tenía, y qué ganas de llegar a casa!
-Éste es el momento en el cual, en las películas de amor, el chico ofrece su abrigo a la chica; pero como yo odio las películas de amor y no tengo abrigo, la señorita deberá conformarse con la calefacción de mi coche.-Era cierto, pese al frío que hacía, Pietro sólo llevaba una fina camiseta de mangas largas de color verde.
-Voy a ir a casa en autobús-Comunicó Helena.
-No es necesario, te llevo-Ofreció él.
-Voy a ir a casa en autobús-Repitió ella sin inmutarse, y comenzó caminar en dirección a la parada.
-¡Helena! No seas arisca…solo quiero llevarte a casa ¡Así compenso el susto que te ha dado mi perro!-Pietro corrió tras ella y la retuvo por un hombro.Helena se revolvió furiosa para decirle que la dejara en paz, pero no había contado con que los ojos azul eléctrico de Pietro la iban a estar mirando, y ni mucho menos con que le iba a dedicar su sonrisa arrebatadora.
-Está bien-susurró sin saber muy bien por qué, dejando que los pasos de Pietro la guiaran hacia un coche Volvo de color negro.
Una vez que Pietro hubo abierto el coche, Helena se dirigió a la puerta trasera y la abrió.
-Si quieres, puedes instalarte en el maletero-Puntualizó él con guasa.
Ella le dirigió una mirada asesina y contuvo el impulso de sacarle la lengua.Luego, se dispuso a sentarse en la parte trasera, ignorando la burla de Pietro.
-Lamento informarte de que ese es el asiento de Freddie-Le comunicó.El perro, como para corroborarlo, gruñó cabreado.
Ella dio un respingo y se apartó con premura.No se fiaba en absoluto de ``Freddie´´.Vaya nombre para un perro tan antipático como ese.
El bicho pasó por su lado, le dedicó una nueva mirada envenenada y se instaló en su sitio, dejando a Helena sin más opciones que las del asiento de copiloto donde se repatingó, convirtiendo su rostro en una máscara de total y perfecta indiferencia.
Pietro sonrió para sí y arrancó.
Al cabo de un par de minutos en silencio, volvió a abrir la boca.Ese hombre parecía no ser capaz de estar callado ni debajo de agua.
-Menuda casualidad que nos encontráramos en medio de ninguna parte a estas horas, ¿no?
-Sí, menuda coincidencia-asintió ella.
-Coincidencias… ¿Tú crees en el destino?-preguntó él a su vez.
-¿En el destino? No.
-¿Por qué no?
-No sé…pues porque no.
-Eso no es una razón válida-insistió Pietro.
-No creo en el destino porque no hay pruebas que demuestren su existencia.
-Tal vez las hay pero no las conocemos-argumentó él mientras conducía.
-Hasta que no salgan a la luz tales pruebas, me temo que seguiré sin creerme nada-arguyó.
-¡Mujer de poca fe!-se rió Pietro.
Estaban ya entrando en la urbe cuando tuvieron que detenerse a causa de un semáforo en rojo.Pietro resopló y Helena empezó a tamborilear con los dedos sobre el salpicadero, incómoda.
-¿Qué es eso?-preguntó de sopetón Pietro, atrapando una de sus manos en las suyas y tratando de voltearla para ver que había dibujado en la palma.
-Nada-espetó ella, devolviendo la mano a su lugar, lo cuál no hizo más que alimentar la curiosidad de él.
-¿Qué tienes ahí que me quieres ocultar?
-Te he dicho que nada, un dibujo tonto, déjalo estar-Maldito semáforo, pensó para sí, ¿por qué no se ponía de una vez en verde?
Él tomó su mano, y esta vez Helena ya no hizo por impedírselo.Lo iba a acabar averiguando igual.
Y allí se encontró Pietro con toda aquella útil información cuidadosamente escrita con tinta negra permanente.Genial.
Él levantó la mirada horrorizada, justo en el momento que el simpático semáforo eligió para ponerse en verde (Helena juraría que se estaba partiendo de la risa con la situación) lo cual provocó que los demás conductores se pusieran a tocar el claxon con desesperación absoluta por avanzar.Y además el chucho se lió a ladrar como un poseso…y Pietro ahí, mirándola estupefacto.
-Este… ¿por qué no arrancas?-sugirió ella con un hilo de voz.
Y él la obedeció en el más absoluto silencio, como un autómata.
-¿Pietro?
-Te dije que no tocaras el tema, ¿vale?..Joder, no hay nada investigable ahí.Y si Clara se entera…-Estaba visiblemente enfadado.
-¿Qué más le da a Clara que yo investigue si no puedo descubrir nada porque no hay nada?-razonó Helena
-¿¡Pero quieres hacer caso de lo que te digo!? Con Clara no se juega, te lo digo en serio.Clara es peligrosa, lo mejor o mejor dicho lo único que debes hacer, es hacerle caso.-exclamó con vehemencia.
Helena no contestó, se enfurruñó y los siguientes dos minutos de viaje transcurrieron en un tenso silencio.Luego se para a pensar.A lo mejor Pietro de verdad solo quiere ayudarla pero, ¿por qué confiar en él? Apenas le conoce…Pero sinceramente, en el fondo piensa que realmente lo que quiere es ayudar.
-Está bien-cede al cabo-Te haré caso-No obstante piensa seguir investigando.
-¿Qué significa que me harás caso?-Inquiere Pietro desconfiado.
-Significa que escribiré ese maldito relato y que le entregaré los textos a la odiosa de Clara-en ese momento, a Helena le da exactamente igual que Clara y Pietro sean amantes, intuye que él no va a traicionarla.
-Y además…-le instó él.
-Y además no seguiré investigando nada de nada.-recitó ella cansinamente.
-Eso es lo que quería oír-sonrió él mientras aparcaba-La princesa se queda aquí-anunció después.
-No me gusta que me llamen princesa-refunfuñó Helena.
-Tienes razón, es un apelativo tonto-coincidió él-Tu nombre es mucho más bonito.
Helena le sonrió, aquel tipo le estaba empezando a caer bien.Aparte de que estaba superbueno.
``Freddie´´ gruñó y ella se sobresaltó.
-Es su hora de cenar-soltó Pietro tan tranquilo, a modo de explicación.
Ella se apresuró a bajar del vehículo y una vez en la calle hizo un movimiento tonto con la mano, a modo de despedida.El coche arrancó con un sonriente Pietro en su interior y Helena se encaminó a su apartamento preguntándose como demonios se le había ocurrido hacer aquello.
Pero en seguida ese recuerdo desapareció de su mente, a pesar de que ya era tarde, el día no había terminado para ella.Y a pesar de que había sido un día largo y difícil, aún le restaba la peor parte…

Capítulo X

Cuando sonó el despertador, Helena solo acertó a apagarlo, maldecir y cubrirse la cabeza con la almohada. Estaba muerta de sueño.
En esa neblina que separa el sueño de la consciencia, apareció una certeza en su mente: No iba a ir a trabajar ese Lunes, ni mucho menos.Tenía algo importante que hacer.
Se levantó despacio de la cama y abrió los postigos de la ventana, luego volvió a tumbarse y con los ojos abiertos mirando hacia el techo, dejó que amaneciera lentamente y no pensó en nada en concreto.
Una vez que el día hubo clareado un poco, decidió llamar a Ramiro para comunicarle su decisión.Éste tardó un poco en contestar.
-¿Sí?-Se oyó su voz al otro lado de la línea.
-Buenos días-saludó.
-Buenos días, ¿qué pasa, Helena?
-No voy a ir a trabajar hoy, Ramiro-anunció
-¿Cómo que no vienes a trabajar? Pero, ¿Y los textos que me estabas traduciendo?
-Pueden esperar-rebatió Helena.
-No, Helenita no.No pueden esperar.
-Te aseguro-dijo ella fríamente-que si pueden esperar.
-Mira, no quiero discutir contigo, haz lo que quieras…¿Mañana si vendrás?
-Sí, mañana iré.¡Gracias, Ramiro! ¡Eres el mejor!-gritó triunfal.
-No me adules cuando te hago favores, eso es muy interesado-la regañó el librero.
-Lo sé-contestó ella risueña-Un beso-y colgó.
Mientras dejaba el móvil sobre la cómoda, Helena se sintió mareada y una sensación de náusea le atravesó el estómago.Durante un instante, temió que se tratara otra vez del sueño, pero en seguida se dio cuenta de que tenía hambre, de modo que se dirigió a la cocina.
Mientras trasteaba por ella en busca de una sartén pequeña para hacerse una tortilla (hoy no tenía prisa, podía desayunar tranquila) echó en falta al adivinador Pietro.¡Qué hombre tan curioso!era muy inteligente y misterioso, casi parecía salido de una película…
Con un suspiro de fastidio, Helena renunció a desayunar tortilla y se contentó con un sándwich y una manzana.Debería pensar en ordenar más a menudo.
Acabó de comer rápidamente, y se dirigió sin más demora hacia su ordenador portátil.

Se conectó a internet, tecleó ``Editoriales Montenegro´´ en la casilla de búsqueda de Google y clicó en el botón de búsqueda.
Accedió a la primera página, y paseó la vista ociosamente por la web de la editorial, a sabiendas de que allí no iba a encontrar nada interesante allí.Solo había montones de secciones distintinas: Infantil y juveni, novela romántica, nuevos títulos…
Helena salió de aquella página y probó a utilizar el nombre del editor como comando de búsqueda.Aparecieron unas pocas entradas, algunas eran noticias de periódicos virtuales sobre su muerte y las fue leyendo una tras otra.
Se sintió frustrada, apenas daban detalles.Se limitaban a informar de que Enrique Montenegro, el propietario de la reconocida editorial Montenegro había fallecido en su domicilio y la fecha en que la muerte se había producido, un par de años atrás.Sólo uno de los periódicos se atrevía a aventurar que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón, de origen desconocido.

Finalmente, Helena aceptó que cómodamente desde su casa no iba a averiguar nada y decidió partir hacia la biblioteca más cercana, anotando cuidadosamente la fecha de la muerte del editor en la palma de su mano derecha (05-04-07).
Al cabo de una hora, tras haberse duchado y vestido, Helena caminaba de nuevo por la parte antigua de la ciudad.Se dirigía hacia una vieja y enorme biblioteca, donde estaba segura de que almacenaban periódicos antiguos.
Mientras andaba, se preguntó por qué demonios intentaba sacar las cosas de quicio respecto a la muerte del editor, si probablemente en todo aquel desgraciado asunto no había más de lo que ya sabía.
No obstante, algo en su interior le decía que no era así, que alguien le estaba ocultando algo y que si llegaba a averiguar el qué, quizá podría escapar al chantaje de la malvada Clara.
Al fín y al cabo, era muy raro el modo en que Pietro le había hablado del fallecido Enrique, cómo se había puesto nervioso y los escasos detalles que se conocían de la muerte de tan ilustre personaje.
Sus pensamientos y sus pasos a través de la sombría mañana, la llevaron hasta la biblioteca, que estaba en penunbras y prácticamente vacía.
Helena entró e hizo una seña a modo de saludo a la anciana bibliotecaria.Luego se dirigió sin más preámbulos a la sección de los periódicos y rebuscó entre los estantes hasta dar con aquellos pertenecientes a la fecha anotada en la palma de su mano.
Había bastantes, de modo que se dirigió con ellos entre los brazos hacia una mesa robusta de roble de una esquina, bajo un ventanal, que estaba cerca de la calefacción.
Hasta que no entró en contacto con el aire cálido que el radiador emanaba, no se percató del frío que hacía en la biblioteca, un frío que halaba los huesos y el corazón.Pese a ser una biblioteca, aquel lugar era tan poco acogedor…
Abrió el primer periódico y comezó a pasar hojas con rapidez.Las noticias no le proporcionaron ninguna información complementaria, salvo una que añadía, a modo de guinda del pastel que era su hija Clara, la única residente de la casa en ese momento a excepción de Enrique, la que había hallado el cuerpo y avisado a un médico (pese a que era ya demasiado tarde para hacer nada por el buen hombre, como recalcaba pomposamente el autor de la noticia).
Estaba ya a punto de dejar los periódicos y abandonar la biblioteca, cuando se le ocurrió consultar también las secciones de epitafios.
Había bastantes, la mayoría de lectores, familiares u otras editoriales, pero dos le llamaron la atención.
Una era de un tal Ramón Jiménez Rodríguez, que decía así:

Estés donde estés y estés como estés, amigo, te extraño.

Era un epitafio definitivamente raro, aquel hombre no parecía tener en absoluto claras las circunstancias de la muerte de su amigo.Pero también podía ser que se tratara de un hombre religioso que creyera en la existencia de una vida después de la muerte, o en la rencarnación, o…Helena ya no sabía ni lo que pensar.
El otro epitafio a destacar era una simple nota de condolencia cortés, firmada bajo el nombre de Eugenia Montenegro.
De repente, Helena se sintió excitadísima, ¡la viuda de Montenegro probablemente vivía aún! Quizá pudiera, de alguna manera, ponerse en contacto con ella y con el amigo del difunto.A lo mejor lograba sacar algo en claro.Ojalá…
Por si las moscas, apuntó ambos nombres y sus apellidos en la mano que aún no tenía pintarrajeada y abandonó el lugar.
En la calle hacía muchísimo frío, de modo que decidió ir a comer a algún sitio.Acabó tomándose una tapa de ensaladilla rusa en un bar cutre de una esquina, siguiendo el ejemplo de Ramiro.
Después de aquello pensó en ir a su casa, pero antes había algo que quería hacer…quería visitar el cementerio.

Helena caminó lentamente hasta la parada del autobús, para descubrir que el siguiente autocar no pasaba hasta las cinco.Como eran más o menos las cuatro y media, se sentó a esperar en el banco de la parada y se quedó dormida.
La despertó una voz.
-¡Eh! Señorita ¿va a subir o no?-Ella abrió los ojos y parpadeó confundida, ante sí tenía al autobús y a su conductor, que la miraba enfadado.
-Sí, sí.Perdone, me había quedado dormida-Se disculpó ella azorada, al tiempo que se apresuraba a subir al vehículo para pagar el billete.
El conductor no contesta, se limita a cobrarle y le lanzá una mirada reprobatoria.
Helena pagó y se dirigió atolondrada hasta un asiento al final del autocar.
El traqueto del motor la adormiló, y observó las calles correr ante sus ojos en silencio, avanzando hacia las afueras de la ciudad.Durante todo el trayecto, se sintió seguida por la mirada azul de Zarek.

Capítulo IX

Diez minutos más tarde, una confusa Helena y un alegre Pietro toman café en la mesita frente al gran balcón, el lugar preferido de Helena de toda su casa.
Medita.No tiene ni idea de que hora es.
-Son las ocho y dieciséis minutos-suelta Pietro de pronto.
-¿Cómo haces eso?-preguntó Helena entre irritada, curiosa y fascinada
-¿El qué?
-Adivinar las cosas que pienso.Y esta vez no me des largas.
-No las adivino exactamente, más bien las intuyo.Por tus gestos, tus expresiones.Deducción pura y dura.
-Claro, y cuando estabas al otro lado de la puerta, ¿qué?-replicó ella.
-Oí acercarse tus pasos, luego entreví tu sombra cuando miraste por la mirilla, después tardaste en abrir, pero no te habías alejado.Lo sabía porque te habría escuchado. ¿Qué otra cosa podías haber estado haciendo?
-Vaya, eres muy intuitivo.
-Tengo que serlo, trabajo para la señorita de Monfort.Para Clara-aclaró
-¿Y en qué trabajas exactamente?
-Pues…depende de lo que ande haciendo Clara-contestó dubitativo
-En otras palabras: que depende en qué ande metida, le haces un tipo de trabajo sucio u otro.
-No-dijo Pietro enfadado-Además, aquí las preguntas las hago yo.
-En absoluto, estamos en mi casa y aquí pregunto yo.Si no te gusta puedes marcharte.-Añadió tajante
Pietro se echó a reír.
-Está bien.¿Quieres saber algo más?
-Sí.Quiero que me cuentes como murió Enrique Montenegro.
Pietro se envaró inmediatamente, y Helena lo notó.Éste maldijo por lo bajo y prometió medir sus gestos con cuidado en presencia de la perspicaz Helena.
-Murió en su casa de un infarto.-explicó con fingida tranquilidad, una vez restablecidos su sonrisa y su habitual gesto distendido.
-¿Qué le produció ese infarto?-quiso saber ella.
-No se sabe.Quizá tuviera que ver con la alimentación, o con su avanzada edad.-Aventuró
Helena pensó rápidamente, había algo que no le encajaba en aquella afirmación.
-Si no recuerdo mal, Enrique no era muy mayor.Tendria unos…
-Cincuentaynueve años, así es.Pero el forense no encontró ninguna explicación.Ni siquiera tiene porqué haberla, un simple fallo cardíaco.
Ella no se fiaba…Pietro hablaba con poco convencimiento.
-Enrique Montenegro era importante, alguna nota necrológica habrá, ¿no?
-Sí, alguna habrá. ¿Qué más te da?
-Era pura curiosidad-mintió
-Escucha, Helena, hazme un favor.O mejor dicho, dos favores.-Pidió Pietro
-¿Cuáles?
-No desobedezcas nunca a Clara, y no te metas donde no te llaman.
¿Eso es un favor?-espetó ella-¿O es un encargo de la señorita de Monfort?
-Lo hago solo porque me preocupor por ti-espetó Pietro irritado.
-¿Por qué lo haces?-inquirió Helena
-Porque tú eres testaruda y cabezota, porque me siento en la obligación y porque, sencillamente, me caes bien.Tengo que irme ahora, lo siento.-anunció tomando su último sorbo de café.
-De acuerdo-asintió
-Por favor hazme caso.Por favor-repitió-No me tomes como tu enemigo porque no lo soy.
-Ya veremos lo que hago-respondió mordaz-Y gracias por los consejos, si es que tengo que llamarlos así-añadió mientras abría la puerta.
Pietro se colocó su suave abrigo gris, se pasó la mano por el pelo y sonrió arrebatadoramente.
-Volveremos a vernos, Helena Verne, ya lo estoy deseando.Y pórtate bien-Dicho esto, desapareció por la puerta principal y bajó las escaleras como una exhalación.
Helena no pudo evitar quedarse pensando, con la puerta aún entreabierta, que era una lástima que aquel hombre fuera a desperdiciarse en los brazos de la fría y maquiavélica Clara de Monfort.

Helena se sirvió una nueva taza de café por el mero placer de sostener algo cálido entre las manos, y se dirigió al diminuto trastero de su apartamento.
Nada más abrir la puerta tosió.Nunca entraba allí y había una cantidad de polvo espectacular.Se estremeció y se preguntó cuantos adorables arácnidoa habitarían también allí.
Se aproximó a la estantería central y sacó un grueso taco de páginas encuadernadas y algo amarillentas.
Zarek
Rezaba con simpleza la pesada cubierta.
Se dirigió con ellas a su cama, dio un sorbo al café, abrió el libraco al azar y comenzó a leer en voz baja:

Llegará un día en el que los indignos se levanten por fín del suelo, y entiendan que si son indignos es porque lo permiten.
Ese día elevarán sus voces a un grito de guerra.
Las moraduras, heridas y cortes de su anatomía les dolerán al fin como propias, y como propias las vengarán.
Con sus labios partidos y doloridos gritarán que ya no permiten ni una sola injusticia más, que no pasarán ni un día más en el suelo.
Y que no permiten que quienes patearon su dignidad lo hagan de nuevo.Que si fueron despojados de su orgullo fue por que lo permitieron.
Pero que cuando las heridas duelen en carne propia, no pueden herirte más.


Allí terminaba aquella página, el resto estaba en blanco, salvo por algunos manchurrones de tinta.Zarek había decidido terminar de relatar justo en ese punto.
Helena no necesitaba ni palparse las mejillas para saber que estaba llorando, le sucedía cada vez que veía la delicada caligrafía de niño de Zarek deslizarse por una hoja de papel.
¿Qué clase de dolor le atenazaba cuando escribía esas cosas?
Solía hacerlo por las noches, frenéticamente y a la luz de una simple vela.Podía pasarse noches enteras sin dormir, escribiendo aquellas cosas extrañas que solo él alcanzaba a comprender, si es que lo hacía.Y ahora ella tendría que entregar a Clara todo lo que le quedaba y alguna vez había poseído de Zarek.
Helena se levantó y se dirigió hacia la ventana.Fuera solo se veía la oscuridad, y a ella le pesaba todo el cuerpo.
Se tumbó en la cama, abrazó los escritos de Zarek, y lentamente se quedó dormida.

Capítulo VIII


La casa de Mat no quedaba lejos de la de Helena, de modo que ella llegó a su casa en un santiamén.
No tenía en absoluto ganas de pensar, y se encontraba muy mal, de modo que se metió en la bañera y se dió una ducha rápida con el agua muy caliente.Luego, se tomó un gelocatil, encendió su portátil y se metió en la cama.Cinco segundos más tarde estaba dormida.
El característico sonido de un nuevo mensaje instantáneo de su messenger la sacó de su sueño una hora más tarde.Helena maldijo por lo bajo, y se prometió acordarse de desactivar la opción que iniciaba la sesión de su messenger cada vez que encendía el ordenador.
Miró la pantalla, y descubrió para su agrado que quien le hablaba era Amanda Luna, su mejor amiga.
-Ola!! Ke tal??-había escrito
-Dichosos los ojos!-contestó a su vez Helena-hoy eres amanda o luna?
-Hoy soy mandy, tía xD
-Jajajaja ok.Mandy entonces-Helena se rió de aquel juego tan particular entre su amiga y ella-ke tal le va a mi amiga la jipiosa por las tierras vampíricas.
-Pues mu bn, helenita, todo genial.Y no hay ningún vampiro.Pablo está compungido por eso-bromeó.
Helena conocía a Amanda Luna desde que ambas eran pequeñas, y desde el principio se habían llevado genial.Su amiga era superhippie, y siempre andaba metida en manifestaciones de Greenpeace u otras asociaciones y muchas veces conseguía arrastrar a Helena consigo.
Desde que Zarek murió, no había dejado a su amiga sola ni a sol ni a sombra, pero ahora se había ido de viaje a Rumanía con su novio y algunos amigos hippies en una caravana.Había intentado llevarse a Helena, pero ésta se había negado rotundamente a realizar esa clase de viajes, alegando que tenía que trabajar.
-Y a ti ke tal te va x alli?-le estaba preguntando su amiga.
-Bien nada nuevo, lo d smpre-mintió Helena, ya le contaría cuando volviese, cara a cara y juntas encontrarían una solución seguro.
-Ps yo me tengo que ir L.Sta gnte se va ya,jo.
-Vya…bueno ya hablaremos linda! ^^ y vuelve pronto ke te echo de menos!!
-Si no tardare!! Te quiero chiquitajaaaa!!-y se desconectó, dejando a Helena con una sensación de vacío muy grande.
No había tenido tiempo ni de sentirse sola cuando sonó el timbre de su puerta.
Helena reflexionó un momento ¿Quién podía ser? Usualmente, solo la visitaba su amiga Amanda Luna.A lo mejor era Matías, pero sinceramente lo dudaba.Y Ramiro desde luego que no era.
El timbre volvió a sonar con insistencia, sacándola de sus ``profundas´´ reflexiones.
Helena corrió a mirar a través de la mirilla y casi le dio un síncope ¡Era Pietro, en todo su esplendor! ¡Y ella sin peinar!
Rápidamente, Helena comenzó a peinarse con las manos en el espejo que había en el recibidor, detrás de ella.
-Espero que todo ese innecesario acicalamiento no se deba a mi presencia-Sonó una voz aterciopelada tras la puerta.
Helena abrió la puerta y se quedó mirando a aquella belleza alta y musculosa. ¿Cómo había sabido lo que estaba haciendo?
-Y menos cuando la dama es tan hermosa-Añadió colándose por la puerta.
Helena lo estudió meticulosamente.Hoy, vestido conun vaquero azul, un sencillo jersey celeste y unas converse negras, parecía distinto al día anterior cuando lo había visto en casa de aquella mujer, vestido de chaqueta.Distinto, que no menos hermoso.
-¿Qué le trae por aquí?-consiguió articular
-¿Podríamos tutearnos?-preguntó él, para acto seguido anunciar-Sí, podríamos tutearnos.Lo que me trae por aquí, Helena, es ver como va ese relato.
-No he empezado…
-Por supuesto que no has empezado.
-…Ni lo voy a hacer.-le desafió.
-Helena,¿no entiendes que Clara es peligrosa? Las amenazas, las cumple.
-Me da exactamente lo mismo.Encontaré la forma de que no se salga con la suya.
-No puedes hacer eso-replicó el exasperado-Hazme caso.
-¡No voy a hacer lo que a ese arpía le dé la gana!-se exasperó ella a su vez-Y si quieres, puedes irle con el cuento, maldito secuaz.
-No soy ningún secuaz, solo trabajo para ella-le explicó-Por eso he venido a advertirte.
-¿A advertirme o a convencerme?
-Esto se está convirtiendo en un diálogo de besugos.Helena, ¿Te importaría hacer el favor de…?
-¿Quieres un café?-Le interrumpió ella de mal talante.
-¡Por supuesto que no quiero un maldito café! ¡Quiero que entres en razón y que obedezcas!-Rugió.
-Obedecer ciegamente no va conmigo, ni mucho menos.Y tampoco suelo consentir que me griten-Explicó ella fríamente.
-Lo siento-se disculpó Pietro lentamente-Solo quiero advertirte de que no es buena idea que contradigas a Clara, ni yo mismo debo hacerlo.
-Tu eres su perrito faldero-Apuesto a que incluso te obliga a hacerle cierto tipo de favores…-apuntó Helena con maldad
La mirada de Pietro lo traicionó.
-¡¿QUÉ?!-se escandalizó Helena-Eres…eres…¿ERES SU ESCLAVO SEXUAL O QUÉ?
-Ni mucho menos, Helena-contestó lentamente Pietro-Clara y yo somos amantes.
No sabía exactamente por que, pero en ese momento, a Helena se le cayó el mundo encima.
-¿Qué tal si me invitas a ese café y hablamos?-Dijo Pietro tras un largo e incómodo minuto de silencio.
Helena salió de su estupefacción y asintió rápidamente-Sí claro.Pero no he preparado café…espera aquí y lo traigo-ofreció.
-Preferiría, si no te importa, acompañarte.Molestar a las señoritas como tu es mi especialidad.
Helena puso los ojos en blanco.Aquel tipo era tan molesto y divertido a la vez.Por no mencionar que estaba muy bueno.Bueno sí, mejor mencionarlo.
-Acompáñame si quieres.Me viene muy bien tener a alguien que me alcance los tarros de los estantes-contestó, y se dirigió muy digna hacia la cocina.
Mientras Helena desordenaba y rebuscaba por cada rincón de la cocina, Pietro miraba inquisitivamente a su alrededor, y luego dirigía la vista a Helena que parecía muy estresada, y soltaba una risita.
-¿Qué?-preguntó ella al cabo, irritada.
-Resultas divertida-afirmó él carcajeándose ante su expresión.-Es fascinante lo mal que te desenvuelves en tu propia cocina.
Helena hizo un ademán de fastidio y continuó buscando la cafetera desesperadamente, mientras Pietro seguía riéndose.
-Está en ese armarito, el de la derecha-dijo al cabo de un par de minutos.
-Desde luego que no está ahí-refunfuñó ella abriéndolo.Ahí estaba su cafetera morada.
Helena se volvió lentamente hacia la perfecta escultura rubia que le sonreía con aire inocente-¿Cómo carajo has sabido eso?
-¡Fácil! Llevas media hora rebuscando por la cocina pero aún no has mirado ahí.Elección por descarte de opciones-Anunció radiante.
-¿Y lo de la puerta?-preguntó ella poco convencida.
-Haz café-ordenó Pietro-Me prometiste un café.

Capítulo VII


Helena se despierta de un sueño pesado a causa del alcohol, un sueño sin pesadillas, pero con la extraña sensación de haber sido contemplada por los ojos azul oscuro de Zarek durante toda la noche.
Se incorporó en una cama que no era la suya y miró a su alrededor con la esperanza de reconocer donde estaba.Una punzada de dolor le atravesó las sienes.
Notó que entraban molestas cuchilladas de luz a través de la persiana.
Helena se sentía demasiado confusa y amodorrada como para pensar nada con coherencia, de modo que volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada (con la consiguiente nueva punzada, que la hizo hacer una mueca) y se dispuso a cerrar los ojos.Fue entonces cuando lo vió.
La espalda desnuda de Matías frente a sus ojos, sus rizos castaños sobre la misma almohada en la que Helena había estado apoyando la cabeza, su delgado pecho subiendo y bajando rítmicamente al ritmo de su respiración, que escapaba a través de sus labios entreabiertos en forma de pequeños suspiros.
Matías dormía como un niño.
Helena se sintió deseperada… ¡Ay, no! ¿Habían ellos…?
Un rápido vistazo por debajo de las sábanas la alivió.Matías llevaba los mismos vaqueros que la noche anterior, y a excepción de los zapatos, Helena estaba completamente vestida.
A pesar de que le daba vueltas la cabeza, el cerebro de Helena trabajaba rápidamente.Era consciente de que no podía quedarse allí, de modo que por muy mal que se encontara, debía marcharse a su casa.
Se levantó de la cama todo los silenciosamente que pudo para ponerse los zapatos.Cuando rozó la espalda desnuda de Mat, este se removió y sonrió en sueños.
Helena se puso sus botas negras y echó un vistazo por el cuarto de su amigo.Era una habitación pequeña y poco amueblada, solo había una cama grande, un escritorio, una silla de madera y varios estantes.
En las paredes, Mat había colocado pósters de grupos de Rock antiguos (el de los Guns N´Roses la fascinó) y fotografías con sus amigos.
Encima del escritorio había un libro bastante gordo abierto por la mitad.Helena se acercó de puntillas a verlo.Era ``La Historia Interminable´´, de Michael Ende, un libro que le había encantado en la infancia.
Se dispuso a abandonar la habitación y la casa, pero antes no pudo evitar acercarse de nuevo a su amigo, que tan tiernamente dormía.
Pobre, cualquier otro se hubiera aprovechado de la situación, pero Matías era tan bueno…
Helena se le quedó mirando, con el rostro a pocos centímetros del suyo, y durante un segundo, casi sintió la tentación de besarle.Solo durante un segundo, y solo casi.
Mat dormía profundamente, con una expresión beatífica en la cara.Sus espesas pestañas rozaban sus pómulos.Parecía tan pequeño y tan frágil así dormido, que a Helena se le humedecieron los ojos sin saber por que.
Lentamente lo tapó con la manta, y le besó en la mejilla.Matías volvió a obsequiarla con un suspiro y con una de sus sonrisas de niño dormido.
Luego Helena avanzó por el pasillo y salió por la puerta.









Capítulo VI

Al ritmo de una canción de Los Secretos, a saber cual, llegaron a un bareto llamado ``La Eskina´´, que quedaba cerca de donde vivía Matías.
Este condujo a Helena hacia una mesa, y ordenó una ronda de tequila.
-Pero no me gusta el tequila-protestó Helena con suavidad.
-Pues te aguantas, esta noche invito yo, que para eso ando levantado como un tonto a estas horas para ir a buscarte.¡Y luego entretenerte!
Helena le miró con una sonrisa.
-En realidad no hubiese podido dormir-se sinceró el, sentándose de golpe-Estaba demasiado preocupado ¿Dónde estabas? ¿Por qué me enviaste ese mensaje, Helena?
Helena calló y miró fijamente al suelo.Cuando Matías intentó encontarla con sus ojos oscuros, ella rehuyó su mirada.
-Helena, ¿Dónde fuiste? ¿Estabas en peligro?-Ella seguía rehuyéndole, y Matías atrapó una de sus manos y la apretó con la suya.Estaba helada-Helena, necesito que me lo digas, por favor.
Entonces ella, para su terror, se echó a llorar como una niña pequeña, su cuerpo estremecido por continuos sollozos.
¡Ay no!, pensó Matías, nunca tenía ni puñetera idea de que hacer cuando una mujer lloraba en su presencia ¿les gustaba a ellas que las consolaras o que las dejaras en paz?
Además, a Helena nunca la había visto llorar.Matías dudó, luego se colocó rápidamente a su lado y le colocó una brazo torpe sobre los hombros.
-Helena, lo siento…no llores.No quería hacerte llorar-se disculpó, lleno de angustia y timidez-Mira, no me lo cuentes si no quieres ¿vale? Pero no llores.
Helena seguía llorando como una magdalena.
-¡Vas a hacerme llorar a mi también!-El modo en que ella lloraba, partía a Matías el corazón.
Entonces Matías empezó a hacer algo ridículo:intentó secarle las lágrimas que fluían incesantes por su rostro, con las manos.
Al darse cuenta de la estupidez que estaba haciendo, Helena se echó a reír, con la risa histérica y nerviosa de la gente que llora.
También Matías se rió entonces, y se carcajearon los dos como tontos que no saben ni lo que hacen, ante la atónita mirada del camarero que llegó a servirles la bebida.
-Entonces, asunto olvidado-Despachó Matías conciliador.
-No, Mat.Debo contártelo, no puedo dejarte así.
-Pero tú no quieres-le recordó él.
-Pero lo necesito-Helena suspiró-¿Sabías ya que mi padre escribía para la editorial Montenegro?
-Alguna vez le he oído mencionar esa editorial a Ramiro, hablando acerca de tu padre-asintió Matías-pero no sé nada de ella, lo siento.
Helena cabeceó-¿Y Zarek? ¿Sabes quién es Zarek? Quien era, quiero decir-se corrigió con un húmedo suspiro.
-Alguna vez lo has mencionado-Gruñó Matías.No le había gustado nunca ese chico, ni tampoco como se sentía Helena cada vez que su extraño nombre salía a relucir.
-Ya sabes algo-dijo Helena, y procedió a contarle la historia.No obstante, por algún motivo que no supo comprender, solo le habló por encima de Zarek, le contó más o menos lo que había sucedido a su padre con la editorial y como la heredera de la misma la haía chantajeado.No le apetecía contarle la historia desde el prinpio, ni hablar de Zarek, y menos con Mat.No se hubiese sentido cómoda.
Una hora más tarde, Helena había terminado de contarle a Matías toda la extraña historia, y se debatía entre la risa y el llanto.Matías, una vez se había enterado de su problema, había intentado animarla sugiriendo tontas soluciones para su problema.
-¿Y si matamos a la Clara esa?-había dicho en broma-Podría ayudarnos su secuaz, ese que has dicho que te llevó la nota, ¿no?
-Ah, sí, Pietro-contestó ella riéndose-Pietro es muy guapo-Inmediatamente, notó que Matías seponía celoso-Pero ¡tu lo eres más!-añadió conciliadora.
Habían estado bebiendo desde que habían entredo por la puerta del local, de modo que, a lo tonto a lo tonto estaban, cuanto menos, algo borrachos.
Y así, el uno frente al otro en aquella estancia ruidosa y pobremente iluminada, sus miradas se engancharon.
Un momento después, Matías echó la cabeza hacia delante y acercó su rostro el de ella.Helena se quedó quieta y callada, indecisa, y Matías, envalentonado por el alcohol y ansioso por hacer lo que estaba a punto de hacer, simplemente la besó.
Lo cierto es que apenas pudo llamarse beso, más bien rozó sus labios con timidez.Helena, que estaba ávida de cariño y de consuelo (y también bebida) fue la que profundizó ese beso.Quizá solo buscaba consuelo, olvido o un remedio para aquella pena infinita que se extendía por todo su ser, pero cuando besó a Matías, solo Zarek aparecía en su mente.
Los labios de Zarek eran más fríos, y Matías besaba más torpemente, con más timidez, como si temiera echarlo todo a perder por un movimiento en falso.
Entonces Helena apartó sus labios, y negó con la cabeza gacha.Cuando miró a Matías intentó sonreirle, pero este apartó la mirada.
-Mat…
-Déjalo.-musitó el hosco
Yo…lo siento-se disculpó ella llena de angustia-Pero es que…
-¡No tienes que disculparte! La culpa es mía.Hablemos de otra cosa-En un segundo habían mandado al carajo todo el buen rollo y la compenetración que entre ellos existía.
Helena le miró tristemente.
-¡Camarero, otra ronda!-ordenó Matías
-¿De qué?
-De lo que sea-refunfuñó el, y mirando hacia el suelo, se reclinó contra su asiento.



























Capítulo V

Conforme iba avanzando el coche, Helena iba saliendo de su ensoñación.Miles de emociones contradictorías bullían a la vez en su interior.Rabia, confusión, miedo y tristeza eran las únicas que más o menos podía identificar.
No sabía que iba a hacer, ni como podría soportar aquello.Maldita mujer, que no le era fiel ni a su padre.Helena estaba segura de que si Enrique Montenegro viviese no permitiría aquello.
De repente se sintió furiosa, sentía pura rabia hacia Clara y hacia todo lo que pudiese tener que ver con ella.Tanto era así, que abrió la puerta del vehículo y se arrojó a la calzada, desesperada por salir de allí.
El chófer, lejos de preocuparse por ella, continuó su camino como si fuese un autómata, y Helena lo agradeció.
Se levantó del suelo, subió a la acera y se hizo un rápido examen físico.Le dolía la rodilla izquiera y se había magullado las palmas de las manos al parar la caída, de modo que le escocían y salía algo de sangre, nada grave.La parte psicológica no quería ni mirarla, temerosa de volver a enfrentarse a ese maremagnun de sentimientos descontrolados que chocaban en su mente unos contra otros.Sabía que tenía que hacerlo, pero no sería en ese momento, ahora necesitaba descansar.
Pero ¿dónde cojones se había bajado? Repentinamente cayó en la cuenta de que no tenía idea de donde estaba, y de que había sido una tontería tirarse del coche.Helena era impulsiva, siempre recapacitaba demasiado tarde.
Se sentó en el bordillo de la acera y sacó el móvil de sus vaqueros para encenderlo.La pantalla principal la informó, directamente y sin paños calientes, de que tenía diecisiete llamadas perdidas, todas de Matías.Helena marcó su número de teléfono, y con un suspiro, apretó el botón de llamar.
No dio tiempo ni de que terminara el primer bip.
-¿Sí?-respondió la voz angustiada de Matías al otro lado de la línea-¿Helena? ¿Eres tú?
-Sí, soy yo, tranquilo.
-¿Estás bien?
-Perfectamente-anunció ella con amargura-¿Puedes hacerme un favor?-añadió después, algo más amable.
-Claro, ¿qué necesitas?-musitó solícito el chico.
-Necesito que vengas a recogerme.Sé que es muy tarde y lo siento, pero…
-Shh, son solo las once y cuarto.Claro que iré a buscarte, ¿dónde estás?
-Ni idea-contestó ella nerviosa-Espera, que lo miro.
Helena dio un par de pasos mientras escrutaba la oscuridad, en busca de una señal luminiscente que pudiese informarla de adonde había ido a parar.
Al cabo, encontró un pequeño cartel en la pared que tenía enfrente.
Callejón de la Vieja Mariana
Wtf!? ¿Qué clase de sitio era ese?
-Se llama callejón de la vieja Mariana-anunció despacio al auricular.
-¿Helena? ¿Dónde te has metido?-Casi hubiera jurado oír unas risitas.Ella misma sonrió.Menudo nombre para un callejón.
-¿Crees que podrás encontrar el sitio?
-Supongo, pero dame unpar de detalles ¿qué hay a tu alrededor?-Matías hacía sonidos raros, seguramente porque se estaba vistiendo precipitadamente, a fin de salir a buscarla cuanto antes.
-Pues…hay una taberna.Se llama ``El viejo Patapalo´´. ¡Ah! Y algo más allá creo que hay un prostíbulo, no estoy segura, pero por las luces juraría que sí.
-Guau, lo que se dice un sitio con caché-Matías se rió flojito-No te muevas, en dos minutos estaré ahí, princesa-Helena puso los ojos en blanco: odiaba ese término, más si venía de boca de Matías, más si era dirigido hacia su persona.
-De acuerdo-decidió no discutirselo aquella vez, le urgía más que su amigo fuera a buscarla-Hasta ahora-y colgó.
Helena se puso a mirar a su alrededor, menudo sitio tenebroso.Todo parecía viejo y rancio, y solo una farola antigua y estropeada ofrecía algo de luz amarillenta, que más que iluminar, servía de atractor de polillas y mosquitos.
Se estremeció.Hacía bastante frío, incluso para ser Noviembre.Aquello no era un frío normal, pensó Helena.Un perrazo pasó corriendo ante ella, sobresaltándola, pero no se detuvo en su carrera.
Helena estuvo tentada de entrar en la cutre taberna, pero ¿y si Matías no la veía y pasaba de largo? En absoluto le apetecía pasar la noche allí, en la dulce compañía de los mosquitos y quien sabía quien más.
Pasaron unos diez minutos larguísimos, durante los cuales Helena estuvo a punto de llamar a Matías, pero le quedaba poca batería, y decidió guardarla por si las moscas (y los mosquitos, no pudo evitar pensar, aún a sabiendas de que se trataba de un pegote como una catedral).
-¿Cuánto cobra por una hora, señorita?-espetó una voz bronca a sus espaldas, desde un coche.
Helena, entre sobresaltada y rabiosa, se dispuso a darse la vuelta y partirle la boca a quien hubiera osado hacer esa pregunta.Cuando lo hizo, vió a Matías dentro de su viejo Talbot, mirándola con expresión traviesa.
-Bonita voz de ultratumba ¿me tomó usted por una señorita de compañía?-dijo ella, entre divertida, molesta, y aliviada de ver a su amigo.
-Nah, en todo caso, soy yo quien debería cobrarte a ti.Estoy haciendo de taxista gratis, a las doce de la noche.¿También tu vas a explotarme laboralmente?-se rió
Helena puso los ojos en blanco y se repatingó e el asiento de copiloto, sin mediar palabra.
-Te llevo a tu casa, ¿no?
-Si no te importa, Mat, preferiría explotarte un poco más y que me acompañases a tomar algo.No estoy de humor para enfrentarme aún a mi almohada.
Matías, sonriendo por como sonaba aquel diminutivo en los labios de Helena, encendió la radio, se echó a reír y dijo que sí, que sí…total, una explotación más.
Y adoraba que ella le explotara, pensó luego mientras arrancaba.