Cuando sonó el despertador, Helena solo acertó a apagarlo, maldecir y cubrirse la cabeza con la almohada. Estaba muerta de sueño.
En esa neblina que separa el sueño de la consciencia, apareció una certeza en su mente: No iba a ir a trabajar ese Lunes, ni mucho menos.Tenía algo importante que hacer.
Se levantó despacio de la cama y abrió los postigos de la ventana, luego volvió a tumbarse y con los ojos abiertos mirando hacia el techo, dejó que amaneciera lentamente y no pensó en nada en concreto.
Una vez que el día hubo clareado un poco, decidió llamar a Ramiro para comunicarle su decisión.Éste tardó un poco en contestar.
-¿Sí?-Se oyó su voz al otro lado de la línea.
-Buenos días-saludó.
-Buenos días, ¿qué pasa, Helena?
-No voy a ir a trabajar hoy, Ramiro-anunció
-¿Cómo que no vienes a trabajar? Pero, ¿Y los textos que me estabas traduciendo?
-Pueden esperar-rebatió Helena.
-No, Helenita no.No pueden esperar.
-Te aseguro-dijo ella fríamente-que si pueden esperar.
-Mira, no quiero discutir contigo, haz lo que quieras…¿Mañana si vendrás?
-Sí, mañana iré.¡Gracias, Ramiro! ¡Eres el mejor!-gritó triunfal.
-No me adules cuando te hago favores, eso es muy interesado-la regañó el librero.
-Lo sé-contestó ella risueña-Un beso-y colgó.
Mientras dejaba el móvil sobre la cómoda, Helena se sintió mareada y una sensación de náusea le atravesó el estómago.Durante un instante, temió que se tratara otra vez del sueño, pero en seguida se dio cuenta de que tenía hambre, de modo que se dirigió a la cocina.
Mientras trasteaba por ella en busca de una sartén pequeña para hacerse una tortilla (hoy no tenía prisa, podía desayunar tranquila) echó en falta al adivinador Pietro.¡Qué hombre tan curioso!era muy inteligente y misterioso, casi parecía salido de una película…
Con un suspiro de fastidio, Helena renunció a desayunar tortilla y se contentó con un sándwich y una manzana.Debería pensar en ordenar más a menudo.
Acabó de comer rápidamente, y se dirigió sin más demora hacia su ordenador portátil.
Se conectó a internet, tecleó ``Editoriales Montenegro´´ en la casilla de búsqueda de Google y clicó en el botón de búsqueda.
Accedió a la primera página, y paseó la vista ociosamente por la web de la editorial, a sabiendas de que allí no iba a encontrar nada interesante allí.Solo había montones de secciones distintinas: Infantil y juveni, novela romántica, nuevos títulos…
Helena salió de aquella página y probó a utilizar el nombre del editor como comando de búsqueda.Aparecieron unas pocas entradas, algunas eran noticias de periódicos virtuales sobre su muerte y las fue leyendo una tras otra.
Se sintió frustrada, apenas daban detalles.Se limitaban a informar de que Enrique Montenegro, el propietario de la reconocida editorial Montenegro había fallecido en su domicilio y la fecha en que la muerte se había producido, un par de años atrás.Sólo uno de los periódicos se atrevía a aventurar que la causa de la muerte había sido un ataque al corazón, de origen desconocido.
Finalmente, Helena aceptó que cómodamente desde su casa no iba a averiguar nada y decidió partir hacia la biblioteca más cercana, anotando cuidadosamente la fecha de la muerte del editor en la palma de su mano derecha (05-04-07).
Al cabo de una hora, tras haberse duchado y vestido, Helena caminaba de nuevo por la parte antigua de la ciudad.Se dirigía hacia una vieja y enorme biblioteca, donde estaba segura de que almacenaban periódicos antiguos.
Mientras andaba, se preguntó por qué demonios intentaba sacar las cosas de quicio respecto a la muerte del editor, si probablemente en todo aquel desgraciado asunto no había más de lo que ya sabía.
No obstante, algo en su interior le decía que no era así, que alguien le estaba ocultando algo y que si llegaba a averiguar el qué, quizá podría escapar al chantaje de la malvada Clara.
Al fín y al cabo, era muy raro el modo en que Pietro le había hablado del fallecido Enrique, cómo se había puesto nervioso y los escasos detalles que se conocían de la muerte de tan ilustre personaje.
Sus pensamientos y sus pasos a través de la sombría mañana, la llevaron hasta la biblioteca, que estaba en penunbras y prácticamente vacía.
Helena entró e hizo una seña a modo de saludo a la anciana bibliotecaria.Luego se dirigió sin más preámbulos a la sección de los periódicos y rebuscó entre los estantes hasta dar con aquellos pertenecientes a la fecha anotada en la palma de su mano.
Había bastantes, de modo que se dirigió con ellos entre los brazos hacia una mesa robusta de roble de una esquina, bajo un ventanal, que estaba cerca de la calefacción.
Hasta que no entró en contacto con el aire cálido que el radiador emanaba, no se percató del frío que hacía en la biblioteca, un frío que halaba los huesos y el corazón.Pese a ser una biblioteca, aquel lugar era tan poco acogedor…
Abrió el primer periódico y comezó a pasar hojas con rapidez.Las noticias no le proporcionaron ninguna información complementaria, salvo una que añadía, a modo de guinda del pastel que era su hija Clara, la única residente de la casa en ese momento a excepción de Enrique, la que había hallado el cuerpo y avisado a un médico (pese a que era ya demasiado tarde para hacer nada por el buen hombre, como recalcaba pomposamente el autor de la noticia).
Estaba ya a punto de dejar los periódicos y abandonar la biblioteca, cuando se le ocurrió consultar también las secciones de epitafios.
Había bastantes, la mayoría de lectores, familiares u otras editoriales, pero dos le llamaron la atención.
Una era de un tal Ramón Jiménez Rodríguez, que decía así:
Estés donde estés y estés como estés, amigo, te extraño.
Era un epitafio definitivamente raro, aquel hombre no parecía tener en absoluto claras las circunstancias de la muerte de su amigo.Pero también podía ser que se tratara de un hombre religioso que creyera en la existencia de una vida después de la muerte, o en la rencarnación, o…Helena ya no sabía ni lo que pensar.
El otro epitafio a destacar era una simple nota de condolencia cortés, firmada bajo el nombre de Eugenia Montenegro.
De repente, Helena se sintió excitadísima, ¡la viuda de Montenegro probablemente vivía aún! Quizá pudiera, de alguna manera, ponerse en contacto con ella y con el amigo del difunto.A lo mejor lograba sacar algo en claro.Ojalá…
Por si las moscas, apuntó ambos nombres y sus apellidos en la mano que aún no tenía pintarrajeada y abandonó el lugar.
En la calle hacía muchísimo frío, de modo que decidió ir a comer a algún sitio.Acabó tomándose una tapa de ensaladilla rusa en un bar cutre de una esquina, siguiendo el ejemplo de Ramiro.
Después de aquello pensó en ir a su casa, pero antes había algo que quería hacer…quería visitar el cementerio.
Helena caminó lentamente hasta la parada del autobús, para descubrir que el siguiente autocar no pasaba hasta las cinco.Como eran más o menos las cuatro y media, se sentó a esperar en el banco de la parada y se quedó dormida.
La despertó una voz.
-¡Eh! Señorita ¿va a subir o no?-Ella abrió los ojos y parpadeó confundida, ante sí tenía al autobús y a su conductor, que la miraba enfadado.
-Sí, sí.Perdone, me había quedado dormida-Se disculpó ella azorada, al tiempo que se apresuraba a subir al vehículo para pagar el billete.
El conductor no contesta, se limita a cobrarle y le lanzá una mirada reprobatoria.
Helena pagó y se dirigió atolondrada hasta un asiento al final del autocar.
El traqueto del motor la adormiló, y observó las calles correr ante sus ojos en silencio, avanzando hacia las afueras de la ciudad.Durante todo el trayecto, se sintió seguida por la mirada azul de Zarek.
Capítulo IX
Diez minutos más tarde, una confusa Helena y un alegre Pietro toman café en la mesita frente al gran balcón, el lugar preferido de Helena de toda su casa.
Medita.No tiene ni idea de que hora es.
-Son las ocho y dieciséis minutos-suelta Pietro de pronto.
-¿Cómo haces eso?-preguntó Helena entre irritada, curiosa y fascinada
-¿El qué?
-Adivinar las cosas que pienso.Y esta vez no me des largas.
-No las adivino exactamente, más bien las intuyo.Por tus gestos, tus expresiones.Deducción pura y dura.
-Claro, y cuando estabas al otro lado de la puerta, ¿qué?-replicó ella.
-Oí acercarse tus pasos, luego entreví tu sombra cuando miraste por la mirilla, después tardaste en abrir, pero no te habías alejado.Lo sabía porque te habría escuchado. ¿Qué otra cosa podías haber estado haciendo?
-Vaya, eres muy intuitivo.
-Tengo que serlo, trabajo para la señorita de Monfort.Para Clara-aclaró
-¿Y en qué trabajas exactamente?
-Pues…depende de lo que ande haciendo Clara-contestó dubitativo
-En otras palabras: que depende en qué ande metida, le haces un tipo de trabajo sucio u otro.
-No-dijo Pietro enfadado-Además, aquí las preguntas las hago yo.
-En absoluto, estamos en mi casa y aquí pregunto yo.Si no te gusta puedes marcharte.-Añadió tajante
Pietro se echó a reír.
-Está bien.¿Quieres saber algo más?
-Sí.Quiero que me cuentes como murió Enrique Montenegro.
Pietro se envaró inmediatamente, y Helena lo notó.Éste maldijo por lo bajo y prometió medir sus gestos con cuidado en presencia de la perspicaz Helena.
-Murió en su casa de un infarto.-explicó con fingida tranquilidad, una vez restablecidos su sonrisa y su habitual gesto distendido.
-¿Qué le produció ese infarto?-quiso saber ella.
-No se sabe.Quizá tuviera que ver con la alimentación, o con su avanzada edad.-Aventuró
Helena pensó rápidamente, había algo que no le encajaba en aquella afirmación.
-Si no recuerdo mal, Enrique no era muy mayor.Tendria unos…
-Cincuentaynueve años, así es.Pero el forense no encontró ninguna explicación.Ni siquiera tiene porqué haberla, un simple fallo cardíaco.
Ella no se fiaba…Pietro hablaba con poco convencimiento.
-Enrique Montenegro era importante, alguna nota necrológica habrá, ¿no?
-Sí, alguna habrá. ¿Qué más te da?
-Era pura curiosidad-mintió
-Escucha, Helena, hazme un favor.O mejor dicho, dos favores.-Pidió Pietro
-¿Cuáles?
-No desobedezcas nunca a Clara, y no te metas donde no te llaman.
¿Eso es un favor?-espetó ella-¿O es un encargo de la señorita de Monfort?
-Lo hago solo porque me preocupor por ti-espetó Pietro irritado.
-¿Por qué lo haces?-inquirió Helena
-Porque tú eres testaruda y cabezota, porque me siento en la obligación y porque, sencillamente, me caes bien.Tengo que irme ahora, lo siento.-anunció tomando su último sorbo de café.
-De acuerdo-asintió
-Por favor hazme caso.Por favor-repitió-No me tomes como tu enemigo porque no lo soy.
-Ya veremos lo que hago-respondió mordaz-Y gracias por los consejos, si es que tengo que llamarlos así-añadió mientras abría la puerta.
Pietro se colocó su suave abrigo gris, se pasó la mano por el pelo y sonrió arrebatadoramente.
-Volveremos a vernos, Helena Verne, ya lo estoy deseando.Y pórtate bien-Dicho esto, desapareció por la puerta principal y bajó las escaleras como una exhalación.
Helena no pudo evitar quedarse pensando, con la puerta aún entreabierta, que era una lástima que aquel hombre fuera a desperdiciarse en los brazos de la fría y maquiavélica Clara de Monfort.
Helena se sirvió una nueva taza de café por el mero placer de sostener algo cálido entre las manos, y se dirigió al diminuto trastero de su apartamento.
Nada más abrir la puerta tosió.Nunca entraba allí y había una cantidad de polvo espectacular.Se estremeció y se preguntó cuantos adorables arácnidoa habitarían también allí.
Se aproximó a la estantería central y sacó un grueso taco de páginas encuadernadas y algo amarillentas.
Zarek
Rezaba con simpleza la pesada cubierta.
Se dirigió con ellas a su cama, dio un sorbo al café, abrió el libraco al azar y comenzó a leer en voz baja:
Llegará un día en el que los indignos se levanten por fín del suelo, y entiendan que si son indignos es porque lo permiten.
Ese día elevarán sus voces a un grito de guerra.
Las moraduras, heridas y cortes de su anatomía les dolerán al fin como propias, y como propias las vengarán.
Con sus labios partidos y doloridos gritarán que ya no permiten ni una sola injusticia más, que no pasarán ni un día más en el suelo.
Y que no permiten que quienes patearon su dignidad lo hagan de nuevo.Que si fueron despojados de su orgullo fue por que lo permitieron.
Pero que cuando las heridas duelen en carne propia, no pueden herirte más.
Allí terminaba aquella página, el resto estaba en blanco, salvo por algunos manchurrones de tinta.Zarek había decidido terminar de relatar justo en ese punto.
Helena no necesitaba ni palparse las mejillas para saber que estaba llorando, le sucedía cada vez que veía la delicada caligrafía de niño de Zarek deslizarse por una hoja de papel.
¿Qué clase de dolor le atenazaba cuando escribía esas cosas?
Solía hacerlo por las noches, frenéticamente y a la luz de una simple vela.Podía pasarse noches enteras sin dormir, escribiendo aquellas cosas extrañas que solo él alcanzaba a comprender, si es que lo hacía.Y ahora ella tendría que entregar a Clara todo lo que le quedaba y alguna vez había poseído de Zarek.
Helena se levantó y se dirigió hacia la ventana.Fuera solo se veía la oscuridad, y a ella le pesaba todo el cuerpo.
Se tumbó en la cama, abrazó los escritos de Zarek, y lentamente se quedó dormida.
Medita.No tiene ni idea de que hora es.
-Son las ocho y dieciséis minutos-suelta Pietro de pronto.
-¿Cómo haces eso?-preguntó Helena entre irritada, curiosa y fascinada
-¿El qué?
-Adivinar las cosas que pienso.Y esta vez no me des largas.
-No las adivino exactamente, más bien las intuyo.Por tus gestos, tus expresiones.Deducción pura y dura.
-Claro, y cuando estabas al otro lado de la puerta, ¿qué?-replicó ella.
-Oí acercarse tus pasos, luego entreví tu sombra cuando miraste por la mirilla, después tardaste en abrir, pero no te habías alejado.Lo sabía porque te habría escuchado. ¿Qué otra cosa podías haber estado haciendo?
-Vaya, eres muy intuitivo.
-Tengo que serlo, trabajo para la señorita de Monfort.Para Clara-aclaró
-¿Y en qué trabajas exactamente?
-Pues…depende de lo que ande haciendo Clara-contestó dubitativo
-En otras palabras: que depende en qué ande metida, le haces un tipo de trabajo sucio u otro.
-No-dijo Pietro enfadado-Además, aquí las preguntas las hago yo.
-En absoluto, estamos en mi casa y aquí pregunto yo.Si no te gusta puedes marcharte.-Añadió tajante
Pietro se echó a reír.
-Está bien.¿Quieres saber algo más?
-Sí.Quiero que me cuentes como murió Enrique Montenegro.
Pietro se envaró inmediatamente, y Helena lo notó.Éste maldijo por lo bajo y prometió medir sus gestos con cuidado en presencia de la perspicaz Helena.
-Murió en su casa de un infarto.-explicó con fingida tranquilidad, una vez restablecidos su sonrisa y su habitual gesto distendido.
-¿Qué le produció ese infarto?-quiso saber ella.
-No se sabe.Quizá tuviera que ver con la alimentación, o con su avanzada edad.-Aventuró
Helena pensó rápidamente, había algo que no le encajaba en aquella afirmación.
-Si no recuerdo mal, Enrique no era muy mayor.Tendria unos…
-Cincuentaynueve años, así es.Pero el forense no encontró ninguna explicación.Ni siquiera tiene porqué haberla, un simple fallo cardíaco.
Ella no se fiaba…Pietro hablaba con poco convencimiento.
-Enrique Montenegro era importante, alguna nota necrológica habrá, ¿no?
-Sí, alguna habrá. ¿Qué más te da?
-Era pura curiosidad-mintió
-Escucha, Helena, hazme un favor.O mejor dicho, dos favores.-Pidió Pietro
-¿Cuáles?
-No desobedezcas nunca a Clara, y no te metas donde no te llaman.
¿Eso es un favor?-espetó ella-¿O es un encargo de la señorita de Monfort?
-Lo hago solo porque me preocupor por ti-espetó Pietro irritado.
-¿Por qué lo haces?-inquirió Helena
-Porque tú eres testaruda y cabezota, porque me siento en la obligación y porque, sencillamente, me caes bien.Tengo que irme ahora, lo siento.-anunció tomando su último sorbo de café.
-De acuerdo-asintió
-Por favor hazme caso.Por favor-repitió-No me tomes como tu enemigo porque no lo soy.
-Ya veremos lo que hago-respondió mordaz-Y gracias por los consejos, si es que tengo que llamarlos así-añadió mientras abría la puerta.
Pietro se colocó su suave abrigo gris, se pasó la mano por el pelo y sonrió arrebatadoramente.
-Volveremos a vernos, Helena Verne, ya lo estoy deseando.Y pórtate bien-Dicho esto, desapareció por la puerta principal y bajó las escaleras como una exhalación.
Helena no pudo evitar quedarse pensando, con la puerta aún entreabierta, que era una lástima que aquel hombre fuera a desperdiciarse en los brazos de la fría y maquiavélica Clara de Monfort.
Helena se sirvió una nueva taza de café por el mero placer de sostener algo cálido entre las manos, y se dirigió al diminuto trastero de su apartamento.
Nada más abrir la puerta tosió.Nunca entraba allí y había una cantidad de polvo espectacular.Se estremeció y se preguntó cuantos adorables arácnidoa habitarían también allí.
Se aproximó a la estantería central y sacó un grueso taco de páginas encuadernadas y algo amarillentas.
Zarek
Rezaba con simpleza la pesada cubierta.
Se dirigió con ellas a su cama, dio un sorbo al café, abrió el libraco al azar y comenzó a leer en voz baja:
Llegará un día en el que los indignos se levanten por fín del suelo, y entiendan que si son indignos es porque lo permiten.
Ese día elevarán sus voces a un grito de guerra.
Las moraduras, heridas y cortes de su anatomía les dolerán al fin como propias, y como propias las vengarán.
Con sus labios partidos y doloridos gritarán que ya no permiten ni una sola injusticia más, que no pasarán ni un día más en el suelo.
Y que no permiten que quienes patearon su dignidad lo hagan de nuevo.Que si fueron despojados de su orgullo fue por que lo permitieron.
Pero que cuando las heridas duelen en carne propia, no pueden herirte más.
Allí terminaba aquella página, el resto estaba en blanco, salvo por algunos manchurrones de tinta.Zarek había decidido terminar de relatar justo en ese punto.
Helena no necesitaba ni palparse las mejillas para saber que estaba llorando, le sucedía cada vez que veía la delicada caligrafía de niño de Zarek deslizarse por una hoja de papel.
¿Qué clase de dolor le atenazaba cuando escribía esas cosas?
Solía hacerlo por las noches, frenéticamente y a la luz de una simple vela.Podía pasarse noches enteras sin dormir, escribiendo aquellas cosas extrañas que solo él alcanzaba a comprender, si es que lo hacía.Y ahora ella tendría que entregar a Clara todo lo que le quedaba y alguna vez había poseído de Zarek.
Helena se levantó y se dirigió hacia la ventana.Fuera solo se veía la oscuridad, y a ella le pesaba todo el cuerpo.
Se tumbó en la cama, abrazó los escritos de Zarek, y lentamente se quedó dormida.
Capítulo VIII
La casa de Mat no quedaba lejos de la de Helena, de modo que ella llegó a su casa en un santiamén.
No tenía en absoluto ganas de pensar, y se encontraba muy mal, de modo que se metió en la bañera y se dió una ducha rápida con el agua muy caliente.Luego, se tomó un gelocatil, encendió su portátil y se metió en la cama.Cinco segundos más tarde estaba dormida.
El característico sonido de un nuevo mensaje instantáneo de su messenger la sacó de su sueño una hora más tarde.Helena maldijo por lo bajo, y se prometió acordarse de desactivar la opción que iniciaba la sesión de su messenger cada vez que encendía el ordenador.
Miró la pantalla, y descubrió para su agrado que quien le hablaba era Amanda Luna, su mejor amiga.
-Ola!! Ke tal??-había escrito
-Dichosos los ojos!-contestó a su vez Helena-hoy eres amanda o luna?
-Hoy soy mandy, tía xD
-Jajajaja ok.Mandy entonces-Helena se rió de aquel juego tan particular entre su amiga y ella-ke tal le va a mi amiga la jipiosa por las tierras vampíricas.
-Pues mu bn, helenita, todo genial.Y no hay ningún vampiro.Pablo está compungido por eso-bromeó.
Helena conocía a Amanda Luna desde que ambas eran pequeñas, y desde el principio se habían llevado genial.Su amiga era superhippie, y siempre andaba metida en manifestaciones de Greenpeace u otras asociaciones y muchas veces conseguía arrastrar a Helena consigo.
Desde que Zarek murió, no había dejado a su amiga sola ni a sol ni a sombra, pero ahora se había ido de viaje a Rumanía con su novio y algunos amigos hippies en una caravana.Había intentado llevarse a Helena, pero ésta se había negado rotundamente a realizar esa clase de viajes, alegando que tenía que trabajar.
-Y a ti ke tal te va x alli?-le estaba preguntando su amiga.
-Bien nada nuevo, lo d smpre-mintió Helena, ya le contaría cuando volviese, cara a cara y juntas encontrarían una solución seguro.
-Ps yo me tengo que ir L.Sta gnte se va ya,jo.
-Vya…bueno ya hablaremos linda! ^^ y vuelve pronto ke te echo de menos!!
-Si no tardare!! Te quiero chiquitajaaaa!!-y se desconectó, dejando a Helena con una sensación de vacío muy grande.
No había tenido tiempo ni de sentirse sola cuando sonó el timbre de su puerta.
Helena reflexionó un momento ¿Quién podía ser? Usualmente, solo la visitaba su amiga Amanda Luna.A lo mejor era Matías, pero sinceramente lo dudaba.Y Ramiro desde luego que no era.
El timbre volvió a sonar con insistencia, sacándola de sus ``profundas´´ reflexiones.
Helena corrió a mirar a través de la mirilla y casi le dio un síncope ¡Era Pietro, en todo su esplendor! ¡Y ella sin peinar!
Rápidamente, Helena comenzó a peinarse con las manos en el espejo que había en el recibidor, detrás de ella.
-Espero que todo ese innecesario acicalamiento no se deba a mi presencia-Sonó una voz aterciopelada tras la puerta.
Helena abrió la puerta y se quedó mirando a aquella belleza alta y musculosa. ¿Cómo había sabido lo que estaba haciendo?
-Y menos cuando la dama es tan hermosa-Añadió colándose por la puerta.
Helena lo estudió meticulosamente.Hoy, vestido conun vaquero azul, un sencillo jersey celeste y unas converse negras, parecía distinto al día anterior cuando lo había visto en casa de aquella mujer, vestido de chaqueta.Distinto, que no menos hermoso.
-¿Qué le trae por aquí?-consiguió articular
-¿Podríamos tutearnos?-preguntó él, para acto seguido anunciar-Sí, podríamos tutearnos.Lo que me trae por aquí, Helena, es ver como va ese relato.
-No he empezado…
-Por supuesto que no has empezado.
-…Ni lo voy a hacer.-le desafió.
-Helena,¿no entiendes que Clara es peligrosa? Las amenazas, las cumple.
-Me da exactamente lo mismo.Encontaré la forma de que no se salga con la suya.
-No puedes hacer eso-replicó el exasperado-Hazme caso.
-¡No voy a hacer lo que a ese arpía le dé la gana!-se exasperó ella a su vez-Y si quieres, puedes irle con el cuento, maldito secuaz.
-No soy ningún secuaz, solo trabajo para ella-le explicó-Por eso he venido a advertirte.
-¿A advertirme o a convencerme?
-Esto se está convirtiendo en un diálogo de besugos.Helena, ¿Te importaría hacer el favor de…?
-¿Quieres un café?-Le interrumpió ella de mal talante.
-¡Por supuesto que no quiero un maldito café! ¡Quiero que entres en razón y que obedezcas!-Rugió.
-Obedecer ciegamente no va conmigo, ni mucho menos.Y tampoco suelo consentir que me griten-Explicó ella fríamente.
-Lo siento-se disculpó Pietro lentamente-Solo quiero advertirte de que no es buena idea que contradigas a Clara, ni yo mismo debo hacerlo.
-Tu eres su perrito faldero-Apuesto a que incluso te obliga a hacerle cierto tipo de favores…-apuntó Helena con maldad
La mirada de Pietro lo traicionó.
-¡¿QUÉ?!-se escandalizó Helena-Eres…eres…¿ERES SU ESCLAVO SEXUAL O QUÉ?
-Ni mucho menos, Helena-contestó lentamente Pietro-Clara y yo somos amantes.
No sabía exactamente por que, pero en ese momento, a Helena se le cayó el mundo encima.
-¿Qué tal si me invitas a ese café y hablamos?-Dijo Pietro tras un largo e incómodo minuto de silencio.
Helena salió de su estupefacción y asintió rápidamente-Sí claro.Pero no he preparado café…espera aquí y lo traigo-ofreció.
-Preferiría, si no te importa, acompañarte.Molestar a las señoritas como tu es mi especialidad.
Helena puso los ojos en blanco.Aquel tipo era tan molesto y divertido a la vez.Por no mencionar que estaba muy bueno.Bueno sí, mejor mencionarlo.
-Acompáñame si quieres.Me viene muy bien tener a alguien que me alcance los tarros de los estantes-contestó, y se dirigió muy digna hacia la cocina.
Mientras Helena desordenaba y rebuscaba por cada rincón de la cocina, Pietro miraba inquisitivamente a su alrededor, y luego dirigía la vista a Helena que parecía muy estresada, y soltaba una risita.
-¿Qué?-preguntó ella al cabo, irritada.
-Resultas divertida-afirmó él carcajeándose ante su expresión.-Es fascinante lo mal que te desenvuelves en tu propia cocina.
Helena hizo un ademán de fastidio y continuó buscando la cafetera desesperadamente, mientras Pietro seguía riéndose.
-Está en ese armarito, el de la derecha-dijo al cabo de un par de minutos.
-Desde luego que no está ahí-refunfuñó ella abriéndolo.Ahí estaba su cafetera morada.
Helena se volvió lentamente hacia la perfecta escultura rubia que le sonreía con aire inocente-¿Cómo carajo has sabido eso?
-¡Fácil! Llevas media hora rebuscando por la cocina pero aún no has mirado ahí.Elección por descarte de opciones-Anunció radiante.
-¿Y lo de la puerta?-preguntó ella poco convencida.
-Haz café-ordenó Pietro-Me prometiste un café.
Capítulo VII
Helena se despierta de un sueño pesado a causa del alcohol, un sueño sin pesadillas, pero con la extraña sensación de haber sido contemplada por los ojos azul oscuro de Zarek durante toda la noche.
Se incorporó en una cama que no era la suya y miró a su alrededor con la esperanza de reconocer donde estaba.Una punzada de dolor le atravesó las sienes.
Notó que entraban molestas cuchilladas de luz a través de la persiana.
Helena se sentía demasiado confusa y amodorrada como para pensar nada con coherencia, de modo que volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada (con la consiguiente nueva punzada, que la hizo hacer una mueca) y se dispuso a cerrar los ojos.Fue entonces cuando lo vió.
La espalda desnuda de Matías frente a sus ojos, sus rizos castaños sobre la misma almohada en la que Helena había estado apoyando la cabeza, su delgado pecho subiendo y bajando rítmicamente al ritmo de su respiración, que escapaba a través de sus labios entreabiertos en forma de pequeños suspiros.
Matías dormía como un niño.
Helena se sintió deseperada… ¡Ay, no! ¿Habían ellos…?
Un rápido vistazo por debajo de las sábanas la alivió.Matías llevaba los mismos vaqueros que la noche anterior, y a excepción de los zapatos, Helena estaba completamente vestida.
A pesar de que le daba vueltas la cabeza, el cerebro de Helena trabajaba rápidamente.Era consciente de que no podía quedarse allí, de modo que por muy mal que se encontara, debía marcharse a su casa.
Se levantó de la cama todo los silenciosamente que pudo para ponerse los zapatos.Cuando rozó la espalda desnuda de Mat, este se removió y sonrió en sueños.
Helena se puso sus botas negras y echó un vistazo por el cuarto de su amigo.Era una habitación pequeña y poco amueblada, solo había una cama grande, un escritorio, una silla de madera y varios estantes.
En las paredes, Mat había colocado pósters de grupos de Rock antiguos (el de los Guns N´Roses la fascinó) y fotografías con sus amigos.
Encima del escritorio había un libro bastante gordo abierto por la mitad.Helena se acercó de puntillas a verlo.Era ``La Historia Interminable´´, de Michael Ende, un libro que le había encantado en la infancia.
Se dispuso a abandonar la habitación y la casa, pero antes no pudo evitar acercarse de nuevo a su amigo, que tan tiernamente dormía.
Pobre, cualquier otro se hubiera aprovechado de la situación, pero Matías era tan bueno…
Helena se le quedó mirando, con el rostro a pocos centímetros del suyo, y durante un segundo, casi sintió la tentación de besarle.Solo durante un segundo, y solo casi.
Mat dormía profundamente, con una expresión beatífica en la cara.Sus espesas pestañas rozaban sus pómulos.Parecía tan pequeño y tan frágil así dormido, que a Helena se le humedecieron los ojos sin saber por que.
Lentamente lo tapó con la manta, y le besó en la mejilla.Matías volvió a obsequiarla con un suspiro y con una de sus sonrisas de niño dormido.
Luego Helena avanzó por el pasillo y salió por la puerta.
Capítulo VI
Al ritmo de una canción de Los Secretos, a saber cual, llegaron a un bareto llamado ``La Eskina´´, que quedaba cerca de donde vivía Matías.
Este condujo a Helena hacia una mesa, y ordenó una ronda de tequila.
-Pero no me gusta el tequila-protestó Helena con suavidad.
-Pues te aguantas, esta noche invito yo, que para eso ando levantado como un tonto a estas horas para ir a buscarte.¡Y luego entretenerte!
Helena le miró con una sonrisa.
-En realidad no hubiese podido dormir-se sinceró el, sentándose de golpe-Estaba demasiado preocupado ¿Dónde estabas? ¿Por qué me enviaste ese mensaje, Helena?
Helena calló y miró fijamente al suelo.Cuando Matías intentó encontarla con sus ojos oscuros, ella rehuyó su mirada.
-Helena, ¿Dónde fuiste? ¿Estabas en peligro?-Ella seguía rehuyéndole, y Matías atrapó una de sus manos y la apretó con la suya.Estaba helada-Helena, necesito que me lo digas, por favor.
Entonces ella, para su terror, se echó a llorar como una niña pequeña, su cuerpo estremecido por continuos sollozos.
¡Ay no!, pensó Matías, nunca tenía ni puñetera idea de que hacer cuando una mujer lloraba en su presencia ¿les gustaba a ellas que las consolaras o que las dejaras en paz?
Además, a Helena nunca la había visto llorar.Matías dudó, luego se colocó rápidamente a su lado y le colocó una brazo torpe sobre los hombros.
-Helena, lo siento…no llores.No quería hacerte llorar-se disculpó, lleno de angustia y timidez-Mira, no me lo cuentes si no quieres ¿vale? Pero no llores.
Helena seguía llorando como una magdalena.
-¡Vas a hacerme llorar a mi también!-El modo en que ella lloraba, partía a Matías el corazón.
Entonces Matías empezó a hacer algo ridículo:intentó secarle las lágrimas que fluían incesantes por su rostro, con las manos.
Al darse cuenta de la estupidez que estaba haciendo, Helena se echó a reír, con la risa histérica y nerviosa de la gente que llora.
También Matías se rió entonces, y se carcajearon los dos como tontos que no saben ni lo que hacen, ante la atónita mirada del camarero que llegó a servirles la bebida.
-Entonces, asunto olvidado-Despachó Matías conciliador.
-No, Mat.Debo contártelo, no puedo dejarte así.
-Pero tú no quieres-le recordó él.
-Pero lo necesito-Helena suspiró-¿Sabías ya que mi padre escribía para la editorial Montenegro?
-Alguna vez le he oído mencionar esa editorial a Ramiro, hablando acerca de tu padre-asintió Matías-pero no sé nada de ella, lo siento.
Helena cabeceó-¿Y Zarek? ¿Sabes quién es Zarek? Quien era, quiero decir-se corrigió con un húmedo suspiro.
-Alguna vez lo has mencionado-Gruñó Matías.No le había gustado nunca ese chico, ni tampoco como se sentía Helena cada vez que su extraño nombre salía a relucir.
-Ya sabes algo-dijo Helena, y procedió a contarle la historia.No obstante, por algún motivo que no supo comprender, solo le habló por encima de Zarek, le contó más o menos lo que había sucedido a su padre con la editorial y como la heredera de la misma la haía chantajeado.No le apetecía contarle la historia desde el prinpio, ni hablar de Zarek, y menos con Mat.No se hubiese sentido cómoda.
Una hora más tarde, Helena había terminado de contarle a Matías toda la extraña historia, y se debatía entre la risa y el llanto.Matías, una vez se había enterado de su problema, había intentado animarla sugiriendo tontas soluciones para su problema.
-¿Y si matamos a la Clara esa?-había dicho en broma-Podría ayudarnos su secuaz, ese que has dicho que te llevó la nota, ¿no?
-Ah, sí, Pietro-contestó ella riéndose-Pietro es muy guapo-Inmediatamente, notó que Matías seponía celoso-Pero ¡tu lo eres más!-añadió conciliadora.
Habían estado bebiendo desde que habían entredo por la puerta del local, de modo que, a lo tonto a lo tonto estaban, cuanto menos, algo borrachos.
Y así, el uno frente al otro en aquella estancia ruidosa y pobremente iluminada, sus miradas se engancharon.
Un momento después, Matías echó la cabeza hacia delante y acercó su rostro el de ella.Helena se quedó quieta y callada, indecisa, y Matías, envalentonado por el alcohol y ansioso por hacer lo que estaba a punto de hacer, simplemente la besó.
Lo cierto es que apenas pudo llamarse beso, más bien rozó sus labios con timidez.Helena, que estaba ávida de cariño y de consuelo (y también bebida) fue la que profundizó ese beso.Quizá solo buscaba consuelo, olvido o un remedio para aquella pena infinita que se extendía por todo su ser, pero cuando besó a Matías, solo Zarek aparecía en su mente.
Los labios de Zarek eran más fríos, y Matías besaba más torpemente, con más timidez, como si temiera echarlo todo a perder por un movimiento en falso.
Entonces Helena apartó sus labios, y negó con la cabeza gacha.Cuando miró a Matías intentó sonreirle, pero este apartó la mirada.
-Mat…
-Déjalo.-musitó el hosco
Yo…lo siento-se disculpó ella llena de angustia-Pero es que…
-¡No tienes que disculparte! La culpa es mía.Hablemos de otra cosa-En un segundo habían mandado al carajo todo el buen rollo y la compenetración que entre ellos existía.
Helena le miró tristemente.
-¡Camarero, otra ronda!-ordenó Matías
-¿De qué?
-De lo que sea-refunfuñó el, y mirando hacia el suelo, se reclinó contra su asiento.
Este condujo a Helena hacia una mesa, y ordenó una ronda de tequila.
-Pero no me gusta el tequila-protestó Helena con suavidad.
-Pues te aguantas, esta noche invito yo, que para eso ando levantado como un tonto a estas horas para ir a buscarte.¡Y luego entretenerte!
Helena le miró con una sonrisa.
-En realidad no hubiese podido dormir-se sinceró el, sentándose de golpe-Estaba demasiado preocupado ¿Dónde estabas? ¿Por qué me enviaste ese mensaje, Helena?
Helena calló y miró fijamente al suelo.Cuando Matías intentó encontarla con sus ojos oscuros, ella rehuyó su mirada.
-Helena, ¿Dónde fuiste? ¿Estabas en peligro?-Ella seguía rehuyéndole, y Matías atrapó una de sus manos y la apretó con la suya.Estaba helada-Helena, necesito que me lo digas, por favor.
Entonces ella, para su terror, se echó a llorar como una niña pequeña, su cuerpo estremecido por continuos sollozos.
¡Ay no!, pensó Matías, nunca tenía ni puñetera idea de que hacer cuando una mujer lloraba en su presencia ¿les gustaba a ellas que las consolaras o que las dejaras en paz?
Además, a Helena nunca la había visto llorar.Matías dudó, luego se colocó rápidamente a su lado y le colocó una brazo torpe sobre los hombros.
-Helena, lo siento…no llores.No quería hacerte llorar-se disculpó, lleno de angustia y timidez-Mira, no me lo cuentes si no quieres ¿vale? Pero no llores.
Helena seguía llorando como una magdalena.
-¡Vas a hacerme llorar a mi también!-El modo en que ella lloraba, partía a Matías el corazón.
Entonces Matías empezó a hacer algo ridículo:intentó secarle las lágrimas que fluían incesantes por su rostro, con las manos.
Al darse cuenta de la estupidez que estaba haciendo, Helena se echó a reír, con la risa histérica y nerviosa de la gente que llora.
También Matías se rió entonces, y se carcajearon los dos como tontos que no saben ni lo que hacen, ante la atónita mirada del camarero que llegó a servirles la bebida.
-Entonces, asunto olvidado-Despachó Matías conciliador.
-No, Mat.Debo contártelo, no puedo dejarte así.
-Pero tú no quieres-le recordó él.
-Pero lo necesito-Helena suspiró-¿Sabías ya que mi padre escribía para la editorial Montenegro?
-Alguna vez le he oído mencionar esa editorial a Ramiro, hablando acerca de tu padre-asintió Matías-pero no sé nada de ella, lo siento.
Helena cabeceó-¿Y Zarek? ¿Sabes quién es Zarek? Quien era, quiero decir-se corrigió con un húmedo suspiro.
-Alguna vez lo has mencionado-Gruñó Matías.No le había gustado nunca ese chico, ni tampoco como se sentía Helena cada vez que su extraño nombre salía a relucir.
-Ya sabes algo-dijo Helena, y procedió a contarle la historia.No obstante, por algún motivo que no supo comprender, solo le habló por encima de Zarek, le contó más o menos lo que había sucedido a su padre con la editorial y como la heredera de la misma la haía chantajeado.No le apetecía contarle la historia desde el prinpio, ni hablar de Zarek, y menos con Mat.No se hubiese sentido cómoda.
Una hora más tarde, Helena había terminado de contarle a Matías toda la extraña historia, y se debatía entre la risa y el llanto.Matías, una vez se había enterado de su problema, había intentado animarla sugiriendo tontas soluciones para su problema.
-¿Y si matamos a la Clara esa?-había dicho en broma-Podría ayudarnos su secuaz, ese que has dicho que te llevó la nota, ¿no?
-Ah, sí, Pietro-contestó ella riéndose-Pietro es muy guapo-Inmediatamente, notó que Matías seponía celoso-Pero ¡tu lo eres más!-añadió conciliadora.
Habían estado bebiendo desde que habían entredo por la puerta del local, de modo que, a lo tonto a lo tonto estaban, cuanto menos, algo borrachos.
Y así, el uno frente al otro en aquella estancia ruidosa y pobremente iluminada, sus miradas se engancharon.
Un momento después, Matías echó la cabeza hacia delante y acercó su rostro el de ella.Helena se quedó quieta y callada, indecisa, y Matías, envalentonado por el alcohol y ansioso por hacer lo que estaba a punto de hacer, simplemente la besó.
Lo cierto es que apenas pudo llamarse beso, más bien rozó sus labios con timidez.Helena, que estaba ávida de cariño y de consuelo (y también bebida) fue la que profundizó ese beso.Quizá solo buscaba consuelo, olvido o un remedio para aquella pena infinita que se extendía por todo su ser, pero cuando besó a Matías, solo Zarek aparecía en su mente.
Los labios de Zarek eran más fríos, y Matías besaba más torpemente, con más timidez, como si temiera echarlo todo a perder por un movimiento en falso.
Entonces Helena apartó sus labios, y negó con la cabeza gacha.Cuando miró a Matías intentó sonreirle, pero este apartó la mirada.
-Mat…
-Déjalo.-musitó el hosco
Yo…lo siento-se disculpó ella llena de angustia-Pero es que…
-¡No tienes que disculparte! La culpa es mía.Hablemos de otra cosa-En un segundo habían mandado al carajo todo el buen rollo y la compenetración que entre ellos existía.
Helena le miró tristemente.
-¡Camarero, otra ronda!-ordenó Matías
-¿De qué?
-De lo que sea-refunfuñó el, y mirando hacia el suelo, se reclinó contra su asiento.
Capítulo V
Conforme iba avanzando el coche, Helena iba saliendo de su ensoñación.Miles de emociones contradictorías bullían a la vez en su interior.Rabia, confusión, miedo y tristeza eran las únicas que más o menos podía identificar.
No sabía que iba a hacer, ni como podría soportar aquello.Maldita mujer, que no le era fiel ni a su padre.Helena estaba segura de que si Enrique Montenegro viviese no permitiría aquello.
De repente se sintió furiosa, sentía pura rabia hacia Clara y hacia todo lo que pudiese tener que ver con ella.Tanto era así, que abrió la puerta del vehículo y se arrojó a la calzada, desesperada por salir de allí.
El chófer, lejos de preocuparse por ella, continuó su camino como si fuese un autómata, y Helena lo agradeció.
Se levantó del suelo, subió a la acera y se hizo un rápido examen físico.Le dolía la rodilla izquiera y se había magullado las palmas de las manos al parar la caída, de modo que le escocían y salía algo de sangre, nada grave.La parte psicológica no quería ni mirarla, temerosa de volver a enfrentarse a ese maremagnun de sentimientos descontrolados que chocaban en su mente unos contra otros.Sabía que tenía que hacerlo, pero no sería en ese momento, ahora necesitaba descansar.
Pero ¿dónde cojones se había bajado? Repentinamente cayó en la cuenta de que no tenía idea de donde estaba, y de que había sido una tontería tirarse del coche.Helena era impulsiva, siempre recapacitaba demasiado tarde.
Se sentó en el bordillo de la acera y sacó el móvil de sus vaqueros para encenderlo.La pantalla principal la informó, directamente y sin paños calientes, de que tenía diecisiete llamadas perdidas, todas de Matías.Helena marcó su número de teléfono, y con un suspiro, apretó el botón de llamar.
No dio tiempo ni de que terminara el primer bip.
-¿Sí?-respondió la voz angustiada de Matías al otro lado de la línea-¿Helena? ¿Eres tú?
-Sí, soy yo, tranquilo.
-¿Estás bien?
-Perfectamente-anunció ella con amargura-¿Puedes hacerme un favor?-añadió después, algo más amable.
-Claro, ¿qué necesitas?-musitó solícito el chico.
-Necesito que vengas a recogerme.Sé que es muy tarde y lo siento, pero…
-Shh, son solo las once y cuarto.Claro que iré a buscarte, ¿dónde estás?
-Ni idea-contestó ella nerviosa-Espera, que lo miro.
Helena dio un par de pasos mientras escrutaba la oscuridad, en busca de una señal luminiscente que pudiese informarla de adonde había ido a parar.
Al cabo, encontró un pequeño cartel en la pared que tenía enfrente.
Callejón de la Vieja Mariana
Wtf!? ¿Qué clase de sitio era ese?
-Se llama callejón de la vieja Mariana-anunció despacio al auricular.
-¿Helena? ¿Dónde te has metido?-Casi hubiera jurado oír unas risitas.Ella misma sonrió.Menudo nombre para un callejón.
-¿Crees que podrás encontrar el sitio?
-Supongo, pero dame unpar de detalles ¿qué hay a tu alrededor?-Matías hacía sonidos raros, seguramente porque se estaba vistiendo precipitadamente, a fin de salir a buscarla cuanto antes.
-Pues…hay una taberna.Se llama ``El viejo Patapalo´´. ¡Ah! Y algo más allá creo que hay un prostíbulo, no estoy segura, pero por las luces juraría que sí.
-Guau, lo que se dice un sitio con caché-Matías se rió flojito-No te muevas, en dos minutos estaré ahí, princesa-Helena puso los ojos en blanco: odiaba ese término, más si venía de boca de Matías, más si era dirigido hacia su persona.
-De acuerdo-decidió no discutirselo aquella vez, le urgía más que su amigo fuera a buscarla-Hasta ahora-y colgó.
Helena se puso a mirar a su alrededor, menudo sitio tenebroso.Todo parecía viejo y rancio, y solo una farola antigua y estropeada ofrecía algo de luz amarillenta, que más que iluminar, servía de atractor de polillas y mosquitos.
Se estremeció.Hacía bastante frío, incluso para ser Noviembre.Aquello no era un frío normal, pensó Helena.Un perrazo pasó corriendo ante ella, sobresaltándola, pero no se detuvo en su carrera.
Helena estuvo tentada de entrar en la cutre taberna, pero ¿y si Matías no la veía y pasaba de largo? En absoluto le apetecía pasar la noche allí, en la dulce compañía de los mosquitos y quien sabía quien más.
Pasaron unos diez minutos larguísimos, durante los cuales Helena estuvo a punto de llamar a Matías, pero le quedaba poca batería, y decidió guardarla por si las moscas (y los mosquitos, no pudo evitar pensar, aún a sabiendas de que se trataba de un pegote como una catedral).
-¿Cuánto cobra por una hora, señorita?-espetó una voz bronca a sus espaldas, desde un coche.
Helena, entre sobresaltada y rabiosa, se dispuso a darse la vuelta y partirle la boca a quien hubiera osado hacer esa pregunta.Cuando lo hizo, vió a Matías dentro de su viejo Talbot, mirándola con expresión traviesa.
-Bonita voz de ultratumba ¿me tomó usted por una señorita de compañía?-dijo ella, entre divertida, molesta, y aliviada de ver a su amigo.
-Nah, en todo caso, soy yo quien debería cobrarte a ti.Estoy haciendo de taxista gratis, a las doce de la noche.¿También tu vas a explotarme laboralmente?-se rió
Helena puso los ojos en blanco y se repatingó e el asiento de copiloto, sin mediar palabra.
-Te llevo a tu casa, ¿no?
-Si no te importa, Mat, preferiría explotarte un poco más y que me acompañases a tomar algo.No estoy de humor para enfrentarme aún a mi almohada.
Matías, sonriendo por como sonaba aquel diminutivo en los labios de Helena, encendió la radio, se echó a reír y dijo que sí, que sí…total, una explotación más.
Y adoraba que ella le explotara, pensó luego mientras arrancaba.
No sabía que iba a hacer, ni como podría soportar aquello.Maldita mujer, que no le era fiel ni a su padre.Helena estaba segura de que si Enrique Montenegro viviese no permitiría aquello.
De repente se sintió furiosa, sentía pura rabia hacia Clara y hacia todo lo que pudiese tener que ver con ella.Tanto era así, que abrió la puerta del vehículo y se arrojó a la calzada, desesperada por salir de allí.
El chófer, lejos de preocuparse por ella, continuó su camino como si fuese un autómata, y Helena lo agradeció.
Se levantó del suelo, subió a la acera y se hizo un rápido examen físico.Le dolía la rodilla izquiera y se había magullado las palmas de las manos al parar la caída, de modo que le escocían y salía algo de sangre, nada grave.La parte psicológica no quería ni mirarla, temerosa de volver a enfrentarse a ese maremagnun de sentimientos descontrolados que chocaban en su mente unos contra otros.Sabía que tenía que hacerlo, pero no sería en ese momento, ahora necesitaba descansar.
Pero ¿dónde cojones se había bajado? Repentinamente cayó en la cuenta de que no tenía idea de donde estaba, y de que había sido una tontería tirarse del coche.Helena era impulsiva, siempre recapacitaba demasiado tarde.
Se sentó en el bordillo de la acera y sacó el móvil de sus vaqueros para encenderlo.La pantalla principal la informó, directamente y sin paños calientes, de que tenía diecisiete llamadas perdidas, todas de Matías.Helena marcó su número de teléfono, y con un suspiro, apretó el botón de llamar.
No dio tiempo ni de que terminara el primer bip.
-¿Sí?-respondió la voz angustiada de Matías al otro lado de la línea-¿Helena? ¿Eres tú?
-Sí, soy yo, tranquilo.
-¿Estás bien?
-Perfectamente-anunció ella con amargura-¿Puedes hacerme un favor?-añadió después, algo más amable.
-Claro, ¿qué necesitas?-musitó solícito el chico.
-Necesito que vengas a recogerme.Sé que es muy tarde y lo siento, pero…
-Shh, son solo las once y cuarto.Claro que iré a buscarte, ¿dónde estás?
-Ni idea-contestó ella nerviosa-Espera, que lo miro.
Helena dio un par de pasos mientras escrutaba la oscuridad, en busca de una señal luminiscente que pudiese informarla de adonde había ido a parar.
Al cabo, encontró un pequeño cartel en la pared que tenía enfrente.
Callejón de la Vieja Mariana
Wtf!? ¿Qué clase de sitio era ese?
-Se llama callejón de la vieja Mariana-anunció despacio al auricular.
-¿Helena? ¿Dónde te has metido?-Casi hubiera jurado oír unas risitas.Ella misma sonrió.Menudo nombre para un callejón.
-¿Crees que podrás encontrar el sitio?
-Supongo, pero dame unpar de detalles ¿qué hay a tu alrededor?-Matías hacía sonidos raros, seguramente porque se estaba vistiendo precipitadamente, a fin de salir a buscarla cuanto antes.
-Pues…hay una taberna.Se llama ``El viejo Patapalo´´. ¡Ah! Y algo más allá creo que hay un prostíbulo, no estoy segura, pero por las luces juraría que sí.
-Guau, lo que se dice un sitio con caché-Matías se rió flojito-No te muevas, en dos minutos estaré ahí, princesa-Helena puso los ojos en blanco: odiaba ese término, más si venía de boca de Matías, más si era dirigido hacia su persona.
-De acuerdo-decidió no discutirselo aquella vez, le urgía más que su amigo fuera a buscarla-Hasta ahora-y colgó.
Helena se puso a mirar a su alrededor, menudo sitio tenebroso.Todo parecía viejo y rancio, y solo una farola antigua y estropeada ofrecía algo de luz amarillenta, que más que iluminar, servía de atractor de polillas y mosquitos.
Se estremeció.Hacía bastante frío, incluso para ser Noviembre.Aquello no era un frío normal, pensó Helena.Un perrazo pasó corriendo ante ella, sobresaltándola, pero no se detuvo en su carrera.
Helena estuvo tentada de entrar en la cutre taberna, pero ¿y si Matías no la veía y pasaba de largo? En absoluto le apetecía pasar la noche allí, en la dulce compañía de los mosquitos y quien sabía quien más.
Pasaron unos diez minutos larguísimos, durante los cuales Helena estuvo a punto de llamar a Matías, pero le quedaba poca batería, y decidió guardarla por si las moscas (y los mosquitos, no pudo evitar pensar, aún a sabiendas de que se trataba de un pegote como una catedral).
-¿Cuánto cobra por una hora, señorita?-espetó una voz bronca a sus espaldas, desde un coche.
Helena, entre sobresaltada y rabiosa, se dispuso a darse la vuelta y partirle la boca a quien hubiera osado hacer esa pregunta.Cuando lo hizo, vió a Matías dentro de su viejo Talbot, mirándola con expresión traviesa.
-Bonita voz de ultratumba ¿me tomó usted por una señorita de compañía?-dijo ella, entre divertida, molesta, y aliviada de ver a su amigo.
-Nah, en todo caso, soy yo quien debería cobrarte a ti.Estoy haciendo de taxista gratis, a las doce de la noche.¿También tu vas a explotarme laboralmente?-se rió
Helena puso los ojos en blanco y se repatingó e el asiento de copiloto, sin mediar palabra.
-Te llevo a tu casa, ¿no?
-Si no te importa, Mat, preferiría explotarte un poco más y que me acompañases a tomar algo.No estoy de humor para enfrentarme aún a mi almohada.
Matías, sonriendo por como sonaba aquel diminutivo en los labios de Helena, encendió la radio, se echó a reír y dijo que sí, que sí…total, una explotación más.
Y adoraba que ella le explotara, pensó luego mientras arrancaba.
Capítulo IV
-Si me he tomado la molestia de traerte hasta aquí ha sido, Helena Verne, por un motivo justificado.Te necesito-espetó la mujer (¿Clara de Monfort, había dicho Pietro que se llamaba?)
-No sé que puedo hacer yo por ti-si ella la tuteaba, Helena pensaba hacer otro tanto, pero una fría mirada de Pietro la informó de que no debía hacer eso-Por usted-se corrigió rápidamente-Ni siquiera la conozco.
-Soy Clara de Monfort, pero eso tu ya lo sabías.Y creo que también sabes de que me conoces…aunque solo sea indirectamente, claro.
-Es usted la hermana de Zarek-asintió Helena con desmayo, aceptando ya lo que no había querido aceptar.
Clara se rió y palmeó encantada, como si estuviera asistiendo a una función.Los ojos de Helena se humedecieron, pero no quiso dejar que aquella mujer lo notase.
-Zarek tenía razón, eres lista-reconoció-De hecho, puede que demasiado lista, y eso puede que nos acarree problemas, ¿No es así?
-¿Por qué se apellida usted de Monfort?-Preguntó Helena, ignorando la afirmación que Clara acababa de efectuar-¿No es…era ese el nombre de su hermano?-Siempre le costaba hablar de Zarek en pasado, como algo que fue y acabó.
-Claro que no, pero ¿acaso crees que iba a continuar el apellido del bastardo de mi padre?-se rió ella-Ni hablar.Me lo cambié en cuanto salí de debajo de su sombra, por uno con algo más de resonancia.¿Deseas algo de comer o de beber? ¿Un cigarrillo quizá?-ofreció luego con fingida inocencia.
-Dígame para que me ha traído hasta aquí-ordenó Helena impaciente, declinando silenciosamente la invitación-¿Para qué me necesita?
-Nada complicado, querida, y menos para ti.Estoy segura de que, teniendo en cuenta tu inteligencia, te parecerá una petición razonable-respondió ella con una sonrisa gatuna.Sus ojos realmente daban miedo.
-¿Qué es lo que quiere?-Espetó Helena
-Nada importante-Clara dudó un instante, como sin tener muy claro por donde empezó.Luego volvió a aflorarle la sonrisa malévola al rostro-Tu conociste mejor que nadie a mi hermano, más aún en sus últimos años.¿Sabes? nadie lograba comprenderle, y el solo confiaba en ti-Suspiró.Lo que quiero es que me traigas todos los escritos que tengas de Zarek, creo que pueden ser muy valiosos, más publicados póstumamente. Zarek escribía de una manera que ponía los pelos de punta.Quiero que me traigas todos sus textos, sé que los conservas.Los quiero todos, no puedes quedarte ninguno.
Helena cabeceó, confusa.Lo veía todo como en una película, desde fuera.Como si realmente no le estuviera pasando eso-¿Cómo voy a darle esos textos a usted? Si son míos, si son muy personales.Son míos, de Zarek…-repitió en un susurro, aún sin comprender.
-Eso no me importa.Ya me los está trayendo-ordenó despótica
-Y si no quiero ¿qué?-la desafió Helena, reaccionando repentinamente con fiereza.
-No olvides, Helenita, que soy una mujer de mucho poder.Yo puedo hacer lo que quiera, conseguir lo que quiera.Tampoco olvidemos que mi padre era el editor para el que trabajaba tu padre.
-Exijo hablar con su-Se defendió, recordando que aquel hombre había tenido aprecio a su padre.
Se produjo una pausa estudiada por parte de mi interlocutora, durante la cual se dedicó a mirarme fríamente, con gesto teatral.
-Mi padre murió-anunció ella-poco después que mi hermano.
El mundo se le cayó encima.Ahora aquella malvada mujer era la única heredera de la editorial para la que mi padre publicaba sus textos.En circunstancias normales, aquello no me hubiese obligado a nada, pero mi padre cuando aún era joven e inexperto, había vendido sus derechos de autor a dicha editorial por una ridícula suma de dinero que en aquel momento le pareció apropiada y necesaria, pero que se acabó en poco tiempo.A Enrique Montenegro, el ya difunto editor, le habían dado cargos de conciencia ante el pobre muchacho desamparado y había accedido a pagar comisión por sus textos.Dinero que ahora se podía reclamar.Y que Clara podía hacer.
Helena fue asintiendo con suavidad, comprendiendo-Entiendo-susurró abatida.
-También necesito que escribas un relato largo sobre mi hermano Zarek.Lo quiero todo.Cuando y como lo conociste, como os enamorasteis, como avanzó su enfermedad, como murió, como te sentiste…todo.Será un éxito de ventas, lo sé -Sonrió malévolamente.
-¿¡QUÉ¡? ¡CÓMO SE ATREVE A PEDIRME ESO!-Chilló Helena-¡¿ESTÁ USTED LOCA!? ¡NO PIENSO HACERLO! ¡DÉJEME EN PAZ1 ¡CÁLLESE Y DÉJEME EN PAZ, JODER!-Helena gritaba fuera de sí, sin saber ni creer ya lo que decía.
Rápidamente, Pietro se movió hacia ella como accionado por un resorte, y la sujetó por detrás, tapándole la boca con la mano.Ante este nuevo infortunio, Helena, que estaba controlada por su pena, su enfado y su adrenalina (y que realmente, siempre había tenido la mano más bien larga) mordió la mano de su agresor.Le clavó los dientes rabiosamente, con toda la fuerza con la que era capaz, y la sangre rojá comenzó a manar de la bonita mano de Pietro.Este retiró inmediatamente la mano herida, pero seguía sujetándola con la opuesta.No hacía falta, Helena ya se había cansado, y sollozaba recostada contra el.
Pietro la soltó y la condujo de nuevo a su asiento, aunque permaneció cerca por si acaso.
Clara contempló como Helena lloraba mansamente un rato,hasta que decidió volver a atacar.
-No es para tanto, niña, cálmate- la reprendió Clara de Monfort-Yo ya te he dicho lo que necesitaba, solo tienes que hacer eso y te dejaré en paz.Lo juro.Nada más.
-Y nada menos-replicó Helena débilmente, sintiendo que no tenía fuerzas ni para levantarse de allí-No pienso hacerlo.
-Es eso o quedarte sin nada y en la calle.Todo lo que tienes pertenecía a mi padre, y ahora que yo soy su heredera. Solo necesitas traerme sus escritos y ese relato tuyo cuando lo tengas.¿Aceptas o no?
-Acepto-susurró Helena al cabo, abatida.No tenía ni idea de cómo iba a poder soportar aquello.Se sentía pequeña y débil como al principio otra vez.
-Tómate tu tiempo, no tengo prisas, pero tampoco te relajes demasiado.Tendrás noticias mías, si necesitas algo llamas a Pietro-le tendió una tarjeta con su número.-A mí no me molestes.Ya puedes marcharte de aquí.
Hizo una seña a Pietro, y este la ayudó a levantarse y la acompaño por el pasillo hasta el garage.
Cuando llegó allí, le apretó levemente un hombro.
-Suerte, chica.Sé que tu puedes.
Luego, sin saber ni como, Helena se encontro subiendo al coche de nuevo, que arrancó inmediatamente en dirección a la noche oscura…como boca de lobo.
-No sé que puedo hacer yo por ti-si ella la tuteaba, Helena pensaba hacer otro tanto, pero una fría mirada de Pietro la informó de que no debía hacer eso-Por usted-se corrigió rápidamente-Ni siquiera la conozco.
-Soy Clara de Monfort, pero eso tu ya lo sabías.Y creo que también sabes de que me conoces…aunque solo sea indirectamente, claro.
-Es usted la hermana de Zarek-asintió Helena con desmayo, aceptando ya lo que no había querido aceptar.
Clara se rió y palmeó encantada, como si estuviera asistiendo a una función.Los ojos de Helena se humedecieron, pero no quiso dejar que aquella mujer lo notase.
-Zarek tenía razón, eres lista-reconoció-De hecho, puede que demasiado lista, y eso puede que nos acarree problemas, ¿No es así?
-¿Por qué se apellida usted de Monfort?-Preguntó Helena, ignorando la afirmación que Clara acababa de efectuar-¿No es…era ese el nombre de su hermano?-Siempre le costaba hablar de Zarek en pasado, como algo que fue y acabó.
-Claro que no, pero ¿acaso crees que iba a continuar el apellido del bastardo de mi padre?-se rió ella-Ni hablar.Me lo cambié en cuanto salí de debajo de su sombra, por uno con algo más de resonancia.¿Deseas algo de comer o de beber? ¿Un cigarrillo quizá?-ofreció luego con fingida inocencia.
-Dígame para que me ha traído hasta aquí-ordenó Helena impaciente, declinando silenciosamente la invitación-¿Para qué me necesita?
-Nada complicado, querida, y menos para ti.Estoy segura de que, teniendo en cuenta tu inteligencia, te parecerá una petición razonable-respondió ella con una sonrisa gatuna.Sus ojos realmente daban miedo.
-¿Qué es lo que quiere?-Espetó Helena
-Nada importante-Clara dudó un instante, como sin tener muy claro por donde empezó.Luego volvió a aflorarle la sonrisa malévola al rostro-Tu conociste mejor que nadie a mi hermano, más aún en sus últimos años.¿Sabes? nadie lograba comprenderle, y el solo confiaba en ti-Suspiró.Lo que quiero es que me traigas todos los escritos que tengas de Zarek, creo que pueden ser muy valiosos, más publicados póstumamente. Zarek escribía de una manera que ponía los pelos de punta.Quiero que me traigas todos sus textos, sé que los conservas.Los quiero todos, no puedes quedarte ninguno.
Helena cabeceó, confusa.Lo veía todo como en una película, desde fuera.Como si realmente no le estuviera pasando eso-¿Cómo voy a darle esos textos a usted? Si son míos, si son muy personales.Son míos, de Zarek…-repitió en un susurro, aún sin comprender.
-Eso no me importa.Ya me los está trayendo-ordenó despótica
-Y si no quiero ¿qué?-la desafió Helena, reaccionando repentinamente con fiereza.
-No olvides, Helenita, que soy una mujer de mucho poder.Yo puedo hacer lo que quiera, conseguir lo que quiera.Tampoco olvidemos que mi padre era el editor para el que trabajaba tu padre.
-Exijo hablar con su-Se defendió, recordando que aquel hombre había tenido aprecio a su padre.
Se produjo una pausa estudiada por parte de mi interlocutora, durante la cual se dedicó a mirarme fríamente, con gesto teatral.
-Mi padre murió-anunció ella-poco después que mi hermano.
El mundo se le cayó encima.Ahora aquella malvada mujer era la única heredera de la editorial para la que mi padre publicaba sus textos.En circunstancias normales, aquello no me hubiese obligado a nada, pero mi padre cuando aún era joven e inexperto, había vendido sus derechos de autor a dicha editorial por una ridícula suma de dinero que en aquel momento le pareció apropiada y necesaria, pero que se acabó en poco tiempo.A Enrique Montenegro, el ya difunto editor, le habían dado cargos de conciencia ante el pobre muchacho desamparado y había accedido a pagar comisión por sus textos.Dinero que ahora se podía reclamar.Y que Clara podía hacer.
Helena fue asintiendo con suavidad, comprendiendo-Entiendo-susurró abatida.
-También necesito que escribas un relato largo sobre mi hermano Zarek.Lo quiero todo.Cuando y como lo conociste, como os enamorasteis, como avanzó su enfermedad, como murió, como te sentiste…todo.Será un éxito de ventas, lo sé -Sonrió malévolamente.
-¿¡QUÉ¡? ¡CÓMO SE ATREVE A PEDIRME ESO!-Chilló Helena-¡¿ESTÁ USTED LOCA!? ¡NO PIENSO HACERLO! ¡DÉJEME EN PAZ1 ¡CÁLLESE Y DÉJEME EN PAZ, JODER!-Helena gritaba fuera de sí, sin saber ni creer ya lo que decía.
Rápidamente, Pietro se movió hacia ella como accionado por un resorte, y la sujetó por detrás, tapándole la boca con la mano.Ante este nuevo infortunio, Helena, que estaba controlada por su pena, su enfado y su adrenalina (y que realmente, siempre había tenido la mano más bien larga) mordió la mano de su agresor.Le clavó los dientes rabiosamente, con toda la fuerza con la que era capaz, y la sangre rojá comenzó a manar de la bonita mano de Pietro.Este retiró inmediatamente la mano herida, pero seguía sujetándola con la opuesta.No hacía falta, Helena ya se había cansado, y sollozaba recostada contra el.
Pietro la soltó y la condujo de nuevo a su asiento, aunque permaneció cerca por si acaso.
Clara contempló como Helena lloraba mansamente un rato,hasta que decidió volver a atacar.
-No es para tanto, niña, cálmate- la reprendió Clara de Monfort-Yo ya te he dicho lo que necesitaba, solo tienes que hacer eso y te dejaré en paz.Lo juro.Nada más.
-Y nada menos-replicó Helena débilmente, sintiendo que no tenía fuerzas ni para levantarse de allí-No pienso hacerlo.
-Es eso o quedarte sin nada y en la calle.Todo lo que tienes pertenecía a mi padre, y ahora que yo soy su heredera. Solo necesitas traerme sus escritos y ese relato tuyo cuando lo tengas.¿Aceptas o no?
-Acepto-susurró Helena al cabo, abatida.No tenía ni idea de cómo iba a poder soportar aquello.Se sentía pequeña y débil como al principio otra vez.
-Tómate tu tiempo, no tengo prisas, pero tampoco te relajes demasiado.Tendrás noticias mías, si necesitas algo llamas a Pietro-le tendió una tarjeta con su número.-A mí no me molestes.Ya puedes marcharte de aquí.
Hizo una seña a Pietro, y este la ayudó a levantarse y la acompaño por el pasillo hasta el garage.
Cuando llegó allí, le apretó levemente un hombro.
-Suerte, chica.Sé que tu puedes.
Luego, sin saber ni como, Helena se encontro subiendo al coche de nuevo, que arrancó inmediatamente en dirección a la noche oscura…como boca de lobo.
Capítulo III
A la hora del almuerzo, Helena, Ramiro y Martín se fueron a un bar no muy alejado y tomaron unos bocadillos.Ramiro siempre se empeñaba en gastar poco dinero en inutilidades.
-La vida de los escritores es de pobres-se justificaba-no merece la pena desperdiciar los cuartos en tonterías,haríais bien en seguir ese consejo.
Helena acabó pronto,declinó la invitación a quedarse en la tertulia de la sobremesa y se marchó a casa.
Una vez entró por la puerta,puso un disco de Pink Floyd en su modesto aparato de música y se tiró en su cama,aun deshecha (no es que fuese una fanática del orden,en su casa se filosofaba mucho más de lo que se limpiaba:``En la vida hay prioridades´´, hubiera dicho su padre).
De repente,se encontró echándole muchísimos de menos,tanto que el dolor que experimentaba era casi físico.De pronto,todo su buen humor se desvaneció y se le vino el mundo encima: la pesadilla,la nota extraña…necesitaba allí a su padre,y ni Ramiro ni nadie podrían nunca sustituir el consuelo que el le sabría haber dado.Helena comenzó a llorar con lágrimas mansas que corrían rápidamente por sus mejillas,los sollozos le atravesaban el pecho.Lloró como una niña pequeña y luego,sintiéndose mucho mejor,se quedó dormida.
Despertó alrededor de las siete,mucho más despejada tras un sueño tranquilo, reparador,y sobre todo sin pesadillas.Extrajo la arrugada nota del bolsillo de su vaquero y la desdobló.Nueve y media,junto a la plazoleta de debajo de su casa.Dudó sobre si iba a ir un instante,solo uno.Obviamente iría, no es que no fuera prudente, pero su curiosidad era mayor, de modo que a las 9:15 de la noche se encontraba vestida, seguía llevando su chupa y sus vaqueros, y el pelo suelto y al naturla.Fuera quien fuera el individuo que la había ``citado´´,no pensaba engalanarse más que de costumbre.
A las 9:20 salió de su apartamento y bajó por las escaleras. La recibió el aire congelado de una oscura noche de Noviembre, solitaria e intrigante como las más frías noches invernales.
En la placita no había ni un alma, el kiosko había cerrado y no quedaba ni rastro de las palomas que allí habitaban durante el día. Esta soledad confería a la plaza un cierto aire de encantador misterio.Helena se dirigió hacia un banco de hierro colado y se repatingó allí, consultando en su móvil la hora.Solo debían de faltar dos o tres minutos para que el coche la recogiese, de modo que se puso a esperar, tratando de mantener sus pensamientos distraídos de recuerdos non-gratos, imaginando como sería el vehículo que vendría a recogerla. Helena temía y a la vez anhelaba que se tratase de un cochazo último modelo, pero se sorprendió cuando lo que allí apareció fue un Ford (ni puñetera idea de que modelo) mediano de color negro.Dudó ¿sería aquel el coche? ¿no debería de tratarse de un Mercedes o un Rolls Royce, como en las películas? Frunció el ceño y caminó hacia el vehículo.Cuando estuvo cerca notó que los cristales estaban ahumados,de forma que no podía ver el interior del coche.Extrañada,abrió la puerta y se sentó.Otro cristal ahumado le impedía ver al chofer, lo cual la incomodó.Echó un vistazo al coche,que aparte de por el asunto de los cristales, este parecía un coche corriente, lo cual resultaba decepcionante para ella.
De improvisto, el chófer arrancó y se puso a conducir como un poseso cuesta arriba, aplastando a Helena contra su asiento y poniéndole el estómago a la altura de las amígdalas.
-Oiga ¿adonde vamos?-inquirió la chica golpeando el cristal, una vez se hubo recuperado del acelerón-¿Oiga? ¿Me oye?
Como el chófer o bien no la escuchaba, o bien la ignoraba por completo, Helena se reclinó hacia atrás frustrada y decidió enviar un mensaje a Matías, solo por si acaso.
Matías, si mañana no diese señales de vida, dile a Ramiro que avise a la policía o algo.No te preocupes, no digas nada a nadie y no me intentes llamar porque tendré el movil apagado hasta mañana. Un beso.
Le hubiese enviado el mesaje a Ramiro, pero éste no creía en el milagro de la telefonía móvil,y además hubiese llamado a la policía y a las fuerzas armadas del ejército de haber recibido un mensaje como aquel.Apagó el teléfono y lo guardó en su bolsillo, dedicándose a mirar por la ventana durante el resto del trayecto.
Al cabo de unos minutos, el paisaje empezó a cambiar, haciéndole notar que ya habían salido de la ciudad y estaban empezando a ir campo a través.
Helena se removió en su asiento, preguntándose con inquietud adonde se dirigían.
No pasó mucho tiempo hasta que vislumbró a lo lejos el contorno de una casona señorial, a todas luces antigua pero muy bonita.
El Ford se coló por una abertura que conducía a una rampa que desembocaba en una especia de garaje-cuarto de trastos. El chófer aparcó, se bajó del coche y abandonó el lugar por una pequeña puerta, dejando a Helena estupefacta dentro del coche.Helena saltó fuera del coche y lanzó un vistazo a la estancia sumida en la oscuridad, preguntándose que hacer a continuación.No habían pasado ni diez segundos cuando se abrió otra puertecita, por la que apareció una figura alta e imponente, a la que Helena identificó como el tipo buenorro que le había llevado la nota a su casa, una vez que se hubo acercado un poco más.
Se sintió aliviada de verle, puesto que al menos le conocía de vista, y pese a su aire imponente no pensaba que fuera peligroso.
-Buenas noches, señorita-saludó cortésmente-Qué injusta es la vida, ¿verdad? No todo es como en las películas-añadió
Al ver que Helena callaba, sonrió.
-¿Me permite que la acompañe a un lugar algo más…acogedor?-ofreció
Helena asintió y se dispuso a seguirlo escaleras arriba, molesta consigo misma por su repentino ataque de timidez. Ella solía ser extrovertida y osada, pero no ante aquel prototipo de hombre escultura, que parecía llevar un cartel que dijera:``Oh sí, las combustiones espóntaneas son algo posible´´.
El hombre la condujo hasta un corredor iluminado muy tenuemente y se volvió hacia ella.
-Va usted a conocer a la señorita Clara de Monfort-le anunció
-¿Es eso un título nobiliario?-preguntó ella extrañada-Porque nunca lo había oído.
-No, eso es un capricho de tan caprichosa dama-el tipo se quedó mirando a Helena,y esta enrojeció visiblemente-Yo me llamo Pietro-la informó él a bocajarro.
Helena lo miró.Iba vestido con un traje de chaqueta gris, tenía el pelo rubio cuidadosamente revuelto, una cara perfecta y unos ojos demasiado azules.Estaba extasiada, para que iba a negarlo.
-¿Sí? Pues no se le nota para nada el acento italiano-repuso ella-Yo me llamo…
-Helena, ya lo sé- la interrumpió el- Y si no se me nota nada el acento italiano es porque no soy de Italia.Mi nombre es otro simple capricho-puso los ojos en blanco y echó a andar rápidamente a través del largo corredor-Sígame.
Ella caminó tras el, fijándose en la decoración en un forzoso intento de no dirigir la vista hacia donde no debía.Curiosamente, todas las paredes estaban cubiertas con marcos de fotos en blanco y negro.Eran fotos de personas o grupos de personas que Helena no podía identificar.En un momento dado,creyó haber reconocido vívidamente a alguien y la recorrió un escalofrío, pero ya habían pasado de largo y cuando hizo ámago de retroceder, Pietro le advirtió con una mirada (muy azul) que siguiera andando.
De pronto, Pietro frenó en seco ante una puerta e hizo ademán de abrirla.Luego la miró y dudó.
-Quédate aquí y no te muevas-le advirtió muy serio-No lo hagas-repitió-vuelvo enseguida.
Helena asintió con cara de circunstancias.Pietro abrió la puerta, y una nube de olor a moho y a cerrado les dio en plena nariz, luego se coló dentro y,antes de que ella puediese vislumbrar nada, le dio con la puerta en las narices.
Durante su ausencia, Helena se dedicó a curiosear las nuevas fotos, pero no volvió a ver ningún rostro conocido.Pietro reapareció al poco, sacudiéndose la chaqueta y permaneció mirándola unos instantes, con la cabeza ligeramente ladeada, como se contempla a las cosas incomprensibles.
-Tienes una sonrisa realmente muy bonita-sonrió él
-Aún no he sonreído en ningún-le hizo notar ella, circunspecta a la par que interiormente encantada.
-¿Y eso qué importa? Venga, andando-contestó el
Se dirigió a una puerta más grande que había al final del larguísimo pasillo y la abrió.
-Adelante.
Helena entró en un amplio y bien iluminado salón, con una mesa de comedor en el centro, una chimenea encendida al fondo, y decorado con muy buen gusto.Avanzó cautelosamente hacia el centro del salón, y entonces entró una mujer joven, que llevaba un vestido largo y elegante de color esmeralda y el pelo recogido en un moño.
Parecía que se había arreglado para una cena romántica.
-Eso después-susurró de repente Pietro, que se había situado a su espalda.¿Cómo demonios sabía lo que Helena pensaba?
La mujer dirigió una mirada dura hacia él, y luego adoptó una expresión dulce y dirigió la vista hacia Helena.
-Helena Verne Kaligari-ronroneó melosa-Que gusto conocerte-añadió, pero ni le ofreció la mano ni hizo ademán de intercambiar dos besos.En lugar de eso, se dirigió a un silló y se recostó en el-Siéntate-ordenó
Helena escogió un sillón cercano al de la extraña mujer y la miró expectante.Tenía el pelo oscuro y los ojos azul grisáceo, enormes.Daban miedo.Había algo en su expresión demasiado familiar para Helena, que sintió que un escalofrío la recorría…creía y temía saber quien era aquella mujer.
-La vida de los escritores es de pobres-se justificaba-no merece la pena desperdiciar los cuartos en tonterías,haríais bien en seguir ese consejo.
Helena acabó pronto,declinó la invitación a quedarse en la tertulia de la sobremesa y se marchó a casa.
Una vez entró por la puerta,puso un disco de Pink Floyd en su modesto aparato de música y se tiró en su cama,aun deshecha (no es que fuese una fanática del orden,en su casa se filosofaba mucho más de lo que se limpiaba:``En la vida hay prioridades´´, hubiera dicho su padre).
De repente,se encontró echándole muchísimos de menos,tanto que el dolor que experimentaba era casi físico.De pronto,todo su buen humor se desvaneció y se le vino el mundo encima: la pesadilla,la nota extraña…necesitaba allí a su padre,y ni Ramiro ni nadie podrían nunca sustituir el consuelo que el le sabría haber dado.Helena comenzó a llorar con lágrimas mansas que corrían rápidamente por sus mejillas,los sollozos le atravesaban el pecho.Lloró como una niña pequeña y luego,sintiéndose mucho mejor,se quedó dormida.
Despertó alrededor de las siete,mucho más despejada tras un sueño tranquilo, reparador,y sobre todo sin pesadillas.Extrajo la arrugada nota del bolsillo de su vaquero y la desdobló.Nueve y media,junto a la plazoleta de debajo de su casa.Dudó sobre si iba a ir un instante,solo uno.Obviamente iría, no es que no fuera prudente, pero su curiosidad era mayor, de modo que a las 9:15 de la noche se encontraba vestida, seguía llevando su chupa y sus vaqueros, y el pelo suelto y al naturla.Fuera quien fuera el individuo que la había ``citado´´,no pensaba engalanarse más que de costumbre.
A las 9:20 salió de su apartamento y bajó por las escaleras. La recibió el aire congelado de una oscura noche de Noviembre, solitaria e intrigante como las más frías noches invernales.
En la placita no había ni un alma, el kiosko había cerrado y no quedaba ni rastro de las palomas que allí habitaban durante el día. Esta soledad confería a la plaza un cierto aire de encantador misterio.Helena se dirigió hacia un banco de hierro colado y se repatingó allí, consultando en su móvil la hora.Solo debían de faltar dos o tres minutos para que el coche la recogiese, de modo que se puso a esperar, tratando de mantener sus pensamientos distraídos de recuerdos non-gratos, imaginando como sería el vehículo que vendría a recogerla. Helena temía y a la vez anhelaba que se tratase de un cochazo último modelo, pero se sorprendió cuando lo que allí apareció fue un Ford (ni puñetera idea de que modelo) mediano de color negro.Dudó ¿sería aquel el coche? ¿no debería de tratarse de un Mercedes o un Rolls Royce, como en las películas? Frunció el ceño y caminó hacia el vehículo.Cuando estuvo cerca notó que los cristales estaban ahumados,de forma que no podía ver el interior del coche.Extrañada,abrió la puerta y se sentó.Otro cristal ahumado le impedía ver al chofer, lo cual la incomodó.Echó un vistazo al coche,que aparte de por el asunto de los cristales, este parecía un coche corriente, lo cual resultaba decepcionante para ella.
De improvisto, el chófer arrancó y se puso a conducir como un poseso cuesta arriba, aplastando a Helena contra su asiento y poniéndole el estómago a la altura de las amígdalas.
-Oiga ¿adonde vamos?-inquirió la chica golpeando el cristal, una vez se hubo recuperado del acelerón-¿Oiga? ¿Me oye?
Como el chófer o bien no la escuchaba, o bien la ignoraba por completo, Helena se reclinó hacia atrás frustrada y decidió enviar un mensaje a Matías, solo por si acaso.
Matías, si mañana no diese señales de vida, dile a Ramiro que avise a la policía o algo.No te preocupes, no digas nada a nadie y no me intentes llamar porque tendré el movil apagado hasta mañana. Un beso.
Le hubiese enviado el mesaje a Ramiro, pero éste no creía en el milagro de la telefonía móvil,y además hubiese llamado a la policía y a las fuerzas armadas del ejército de haber recibido un mensaje como aquel.Apagó el teléfono y lo guardó en su bolsillo, dedicándose a mirar por la ventana durante el resto del trayecto.
Al cabo de unos minutos, el paisaje empezó a cambiar, haciéndole notar que ya habían salido de la ciudad y estaban empezando a ir campo a través.
Helena se removió en su asiento, preguntándose con inquietud adonde se dirigían.
No pasó mucho tiempo hasta que vislumbró a lo lejos el contorno de una casona señorial, a todas luces antigua pero muy bonita.
El Ford se coló por una abertura que conducía a una rampa que desembocaba en una especia de garaje-cuarto de trastos. El chófer aparcó, se bajó del coche y abandonó el lugar por una pequeña puerta, dejando a Helena estupefacta dentro del coche.Helena saltó fuera del coche y lanzó un vistazo a la estancia sumida en la oscuridad, preguntándose que hacer a continuación.No habían pasado ni diez segundos cuando se abrió otra puertecita, por la que apareció una figura alta e imponente, a la que Helena identificó como el tipo buenorro que le había llevado la nota a su casa, una vez que se hubo acercado un poco más.
Se sintió aliviada de verle, puesto que al menos le conocía de vista, y pese a su aire imponente no pensaba que fuera peligroso.
-Buenas noches, señorita-saludó cortésmente-Qué injusta es la vida, ¿verdad? No todo es como en las películas-añadió
Al ver que Helena callaba, sonrió.
-¿Me permite que la acompañe a un lugar algo más…acogedor?-ofreció
Helena asintió y se dispuso a seguirlo escaleras arriba, molesta consigo misma por su repentino ataque de timidez. Ella solía ser extrovertida y osada, pero no ante aquel prototipo de hombre escultura, que parecía llevar un cartel que dijera:``Oh sí, las combustiones espóntaneas son algo posible´´.
El hombre la condujo hasta un corredor iluminado muy tenuemente y se volvió hacia ella.
-Va usted a conocer a la señorita Clara de Monfort-le anunció
-¿Es eso un título nobiliario?-preguntó ella extrañada-Porque nunca lo había oído.
-No, eso es un capricho de tan caprichosa dama-el tipo se quedó mirando a Helena,y esta enrojeció visiblemente-Yo me llamo Pietro-la informó él a bocajarro.
Helena lo miró.Iba vestido con un traje de chaqueta gris, tenía el pelo rubio cuidadosamente revuelto, una cara perfecta y unos ojos demasiado azules.Estaba extasiada, para que iba a negarlo.
-¿Sí? Pues no se le nota para nada el acento italiano-repuso ella-Yo me llamo…
-Helena, ya lo sé- la interrumpió el- Y si no se me nota nada el acento italiano es porque no soy de Italia.Mi nombre es otro simple capricho-puso los ojos en blanco y echó a andar rápidamente a través del largo corredor-Sígame.
Ella caminó tras el, fijándose en la decoración en un forzoso intento de no dirigir la vista hacia donde no debía.Curiosamente, todas las paredes estaban cubiertas con marcos de fotos en blanco y negro.Eran fotos de personas o grupos de personas que Helena no podía identificar.En un momento dado,creyó haber reconocido vívidamente a alguien y la recorrió un escalofrío, pero ya habían pasado de largo y cuando hizo ámago de retroceder, Pietro le advirtió con una mirada (muy azul) que siguiera andando.
De pronto, Pietro frenó en seco ante una puerta e hizo ademán de abrirla.Luego la miró y dudó.
-Quédate aquí y no te muevas-le advirtió muy serio-No lo hagas-repitió-vuelvo enseguida.
Helena asintió con cara de circunstancias.Pietro abrió la puerta, y una nube de olor a moho y a cerrado les dio en plena nariz, luego se coló dentro y,antes de que ella puediese vislumbrar nada, le dio con la puerta en las narices.
Durante su ausencia, Helena se dedicó a curiosear las nuevas fotos, pero no volvió a ver ningún rostro conocido.Pietro reapareció al poco, sacudiéndose la chaqueta y permaneció mirándola unos instantes, con la cabeza ligeramente ladeada, como se contempla a las cosas incomprensibles.
-Tienes una sonrisa realmente muy bonita-sonrió él
-Aún no he sonreído en ningún-le hizo notar ella, circunspecta a la par que interiormente encantada.
-¿Y eso qué importa? Venga, andando-contestó el
Se dirigió a una puerta más grande que había al final del larguísimo pasillo y la abrió.
-Adelante.
Helena entró en un amplio y bien iluminado salón, con una mesa de comedor en el centro, una chimenea encendida al fondo, y decorado con muy buen gusto.Avanzó cautelosamente hacia el centro del salón, y entonces entró una mujer joven, que llevaba un vestido largo y elegante de color esmeralda y el pelo recogido en un moño.
Parecía que se había arreglado para una cena romántica.
-Eso después-susurró de repente Pietro, que se había situado a su espalda.¿Cómo demonios sabía lo que Helena pensaba?
La mujer dirigió una mirada dura hacia él, y luego adoptó una expresión dulce y dirigió la vista hacia Helena.
-Helena Verne Kaligari-ronroneó melosa-Que gusto conocerte-añadió, pero ni le ofreció la mano ni hizo ademán de intercambiar dos besos.En lugar de eso, se dirigió a un silló y se recostó en el-Siéntate-ordenó
Helena escogió un sillón cercano al de la extraña mujer y la miró expectante.Tenía el pelo oscuro y los ojos azul grisáceo, enormes.Daban miedo.Había algo en su expresión demasiado familiar para Helena, que sintió que un escalofrío la recorría…creía y temía saber quien era aquella mujer.
Capítulo II
A las ocho de la mañana aproximadamente, Helena se encontraba entrando en un cutre local de la parte más antigua y recóndita de la ciudad.
La puerta era de madera muy vieja, pintada y vuelta a repintar,y repleta de astillas y grietecitas.Chirrió y dio un fuerte golpe al cerrarse,sumiendo el corredor principal en una inquietante penumbra,cargada de humedad y olor a cerrado.
Helena volvió a sonreír,siempre se sentía como en una película barata de terror cuando entraba por esa puerta.
El corredor la condujo a una habitación muy grande, circular, repleta de estanterías, llenas a su vez de libros.Desde ambos extremos de la sala ascendían dos escalinatas de piedra, achatadas a fuerza de pisarlas (aunque actualmente prácticamente nadie las utilizaba) que conducían a un piso superior, también repleto de estantes viejísimos (Helena sospechaba que algún día cederían y se vendrían abajo).
La estancia estaba pobremente iluminado por unos fluorescentes instalados haría unos cuantos años, que titilaban constantemente…como en su sueño.Se sintió repentinamente mareada y presa de las náuseas, cuando una ráfaga de sueño volvió a su mente.Viento frío, demasiado frío, la dolorosa certeza de algo que debía hacer, aunque le doliera en lo más profundo.Angustia, una luz blanca.Luego nada, el mal sueño la dejó en paz, aunque eso sí, temblorosa.
Avanzó a pasos cortos hacia el centro de la estancia, ocupado por una mesa de proporciones monstruosas, que había sido cubierta con gigantescos tomos y libracos enormes y polvorientos.
Detrás de toda aquella marabunta de libros viejos y de una lampara de flexo, asomaba casi tímida la cabeza parcialmente calva de Ramiro,el viejo librero.En realidad,Ramiro solo tendría unos cincuenta años,pero a el le gustaba que la gente ``del gremio´´(como el solía llamar a casi todo aquel que tenía acceso al desvencijado edificio) le llamaran de esa manera.
Su cabeza emergió de detrás de un tomo gordísimo cuya tapa rezaba: La misteriosa villa sumergida,y que Helena sospechaba que se trataba de otro de esos cuentos chinos sobre la Atlántida y otros mitos, que tanto gustaban a Ramiro.
-Pero si está aquí Helena, mi empleada favorita-sonrió el librero, con su habitual afabilidad (que habitualmente reservaba solo para ella, con los demás tenía un genio de armas tomar)-¿Qué tal?
Ella trabajaba en aquel lugar desde hacía aproximadamente tres años.Había cursado una carrera de lenguas muertas,y ahora trabajaba allí,traduciendo antiguos textos en latín o en griego,y ejerciendo de hacker infórmatica cuando a Ramiro le era necesario.En realidad,hacía pequeños trabajillos allí desde que su padre (el unico progenitor que le quedaba) murió cuando ella tenía 16 años,pero por aquel entonces lo único que hacía era ir de acá para allá,hacer café, poner un poco de orden en medio de todo ese caos y curiosear el trabajo de Ramiro y de los demás escritores,aficionados a los libros viejos,poetas malditos y editoruchos de poca monta que por allí pasaban.Ramiro se dedicaba únicamente a vender y comprar libros raros y antiguos a gente que pudieran interesarles,a elaborar hipótesis sobre teorías ya formadas con la esperanza de publicarlas algún día,y a intentar llevar a cabo su hasta entonces fallido intento de ser un escritor de renombre.Helena sospechaba que Ramiro solo la había tenido allí sin hacerle ninguna falta, para proporcionarle algo de dinero y alguien de confianza al que acudir,solo por que siempre había sentido admiración y respeto por su padre,el insólito filósofo y pensador Don Rodrigo Verne,y quería ayudarla a ella.
Helena no recordaba a su madre,pero su padre siempre le había contado que,fuese lo que fuese ella,no era de este mundo.Helena no le creía,era solo una historia tierna de un triste filósofo anclado sin remedio en el pasado,y enamorado de una mujer que ya no existía.
Su madre era griega,por este motivo,la joven llevaba un nombre griego,pero no le importaba en absoluto;ella adoraba su nombre,que en su opinión sonaba como algo exótico,diferente.
De sus años de hija no recuerda demasiado, pero cree que fue feliz.De lo que más se acuerda es de las reuniones de su padre, con otros filósofos, escritores y demás ``enteradillos´´ (entre los cuales unas veces se encontraba Ramiro y otras veces no) a las que se le permitía asistir,con la condición de que se quedara quieta y callada,escuchara y aprendiera.
-Cuanto más callas y escuchas,y menos hablas y alardeas,más inteligente te vuelves-decía su padre,seriamente-y nunca olvides que, por fuerza, un intelectual no ha de ser inteligente-con esta última frase,su padre sonreía con los ojos,como si algo le hiciese muchísima gracia.
Así que la pequeña Helena,que aun solo era un diminuto trasto de cabellera rubia y grandes ojos castaños, se quedaba quietecita y muy callada en un rincón,escuchando con los ojos muy abiertos,tratando de llegar a ser una persona inteligente como su papi.
La mayoría de las veces,lo que decían esos señores tan viejos y aburridos en su mayoría,era un verdadero galimatías para ella.A veces también asistían muchachos jóvenes a la reunión, pero estos permanecían en un rincón en silencio,tomaban notas y si alguna vez hablaban,lo hacían con respeto y timidez.
Usualmente,el único que se interesaba por ella era Ramiro,que al término de las reuniones se paraba junto a ella,se colocaba a su altura, sacaba un libro de su cabás y se lo tendía muy serio,sin una sola sonrisa.Era como una especie de ritual,y ni Ramiro ni ella debían sonreir.
-Esas pesadillas otra vez,¿no es cierto?-la voz del librero la saca de sus ensoñaciones.
-No son varias,es solo una-le corrigió ella con voz trémula-pero no es nada,estoy perfectamente. ¿Hay algo que hacer hoy?
-¿Seguro?-ante la dura mirada que ella le dirige,Ramiro titubea,ya sabe que a Helena no le gusta hablar de esas cosas,así qeu cambia de tema y contesta a su pregunta-Sí,tengo aquí unos textos interesantísimos sobre La Atlántida que creo que están en griego.
-Pero…-protesta ella
-Sí,sí y sí.Ya sé sobradamente que a ti todo eso te parece una somera gilipollez,pero no te cuesta nada y,de todas maneras-añadió con una mirada entre maliciosa y risueña-¿quién paga aquí?
-Usted,don Ramiro Camacho-dijo ella con los ojos en blanco,con cierto tono burlón, y con un suspiro,se rindió y se inclinó sobre el libraco de marras-Efectivamente esto está en griego,aunque es algún dialecto antiguo que desconozco.No obstante,creo que podré sacar bastante en limpio,espero que le sirva.
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando hizo su aparición Matías,un muchacho de veintipocos años,apocado y algo desgarbado,pero listo como el hambre,trabajador y lo suficientemente discreto como para que Ramiro lo tuviera a su servicio en su pequeña ciudad de libros olvidados,aunque solo fuera para mantener algo de orden y ocuparse del funcionamiento de los antediluvianos ordenadores que tenían,y de su portátil.
Matías portaba una caja de cartón casi más grande que él, repleta de papelajos y trastos viejos.
-Buenos días-saludó alegremente -un nuevo día para que Ramiro nos explote ordenando lo que el desordena,y rehaciendo lo que deshace a cambio de un mísero sueldo,todo a favor de sus preciosos y polvorientos amigos,los libros.No importa que sea Sábado por la mañana-protestó el muchacho,pero sonriendo.
-No te quejes, Matías, que ya sabes que yo te echo de aquí de una patada y santas pascuas-rió el librero, visiblemente de buen humor.
-Usted no haría eso-rebatió el chico-y además,¿que iba a hacer sin mí?
-¿Y esa caja llena de trastos? ¿Qué ha pasado, Matías?-Inquirió Helena a su vez,más por educación que por verdadera curiosidad,dado que ya suponía lo que había acaecido.
-Una estantería,que se ha desfondado-explicó el cansinamente-Como Ramiro se emperra en atestarlas de cosas…-sonrió a Helena-Y ahora me toca a mi recoger,limpiar,ordenar y deshacerme de los trastos.Benditas mañanas de Sábado-farfulló irónicamente
-No te quejes y corre a tirar eso,que te duemes en las musarañas-le regañó Ramiro.
-Eso,encima el que se duerme en las musarañas soy yo-protestó Matías-Ya me voy,y puede que me de una vuelta por ahí,que conste.Me lo merezo-advirtió,y desapareció de la sala por el angosto corredor,no sin antes volver a sonreír cándidamente a Helena y musitar un leve ``Hasta luego´´,que probablemente solo oyeron las viejas paredes del lugar.
-Los matas callando,Helenita-le hizo notar el librero una vez que Matías hubo desaparecido.
Ella le sacó la lengua-Sabes que no es así.
-Y tu sabes que sí-se burló Ramiro-Anda,a tu trabajo,Helena de Troya.
Haciendo una mueca,Helena volvió a inclinarse sobre el libro y comenzó la traducción,que habría de mantenerla ocupada la mañana entera.
La puerta era de madera muy vieja, pintada y vuelta a repintar,y repleta de astillas y grietecitas.Chirrió y dio un fuerte golpe al cerrarse,sumiendo el corredor principal en una inquietante penumbra,cargada de humedad y olor a cerrado.
Helena volvió a sonreír,siempre se sentía como en una película barata de terror cuando entraba por esa puerta.
El corredor la condujo a una habitación muy grande, circular, repleta de estanterías, llenas a su vez de libros.Desde ambos extremos de la sala ascendían dos escalinatas de piedra, achatadas a fuerza de pisarlas (aunque actualmente prácticamente nadie las utilizaba) que conducían a un piso superior, también repleto de estantes viejísimos (Helena sospechaba que algún día cederían y se vendrían abajo).
La estancia estaba pobremente iluminado por unos fluorescentes instalados haría unos cuantos años, que titilaban constantemente…como en su sueño.Se sintió repentinamente mareada y presa de las náuseas, cuando una ráfaga de sueño volvió a su mente.Viento frío, demasiado frío, la dolorosa certeza de algo que debía hacer, aunque le doliera en lo más profundo.Angustia, una luz blanca.Luego nada, el mal sueño la dejó en paz, aunque eso sí, temblorosa.
Avanzó a pasos cortos hacia el centro de la estancia, ocupado por una mesa de proporciones monstruosas, que había sido cubierta con gigantescos tomos y libracos enormes y polvorientos.
Detrás de toda aquella marabunta de libros viejos y de una lampara de flexo, asomaba casi tímida la cabeza parcialmente calva de Ramiro,el viejo librero.En realidad,Ramiro solo tendría unos cincuenta años,pero a el le gustaba que la gente ``del gremio´´(como el solía llamar a casi todo aquel que tenía acceso al desvencijado edificio) le llamaran de esa manera.
Su cabeza emergió de detrás de un tomo gordísimo cuya tapa rezaba: La misteriosa villa sumergida,y que Helena sospechaba que se trataba de otro de esos cuentos chinos sobre la Atlántida y otros mitos, que tanto gustaban a Ramiro.
-Pero si está aquí Helena, mi empleada favorita-sonrió el librero, con su habitual afabilidad (que habitualmente reservaba solo para ella, con los demás tenía un genio de armas tomar)-¿Qué tal?
Ella trabajaba en aquel lugar desde hacía aproximadamente tres años.Había cursado una carrera de lenguas muertas,y ahora trabajaba allí,traduciendo antiguos textos en latín o en griego,y ejerciendo de hacker infórmatica cuando a Ramiro le era necesario.En realidad,hacía pequeños trabajillos allí desde que su padre (el unico progenitor que le quedaba) murió cuando ella tenía 16 años,pero por aquel entonces lo único que hacía era ir de acá para allá,hacer café, poner un poco de orden en medio de todo ese caos y curiosear el trabajo de Ramiro y de los demás escritores,aficionados a los libros viejos,poetas malditos y editoruchos de poca monta que por allí pasaban.Ramiro se dedicaba únicamente a vender y comprar libros raros y antiguos a gente que pudieran interesarles,a elaborar hipótesis sobre teorías ya formadas con la esperanza de publicarlas algún día,y a intentar llevar a cabo su hasta entonces fallido intento de ser un escritor de renombre.Helena sospechaba que Ramiro solo la había tenido allí sin hacerle ninguna falta, para proporcionarle algo de dinero y alguien de confianza al que acudir,solo por que siempre había sentido admiración y respeto por su padre,el insólito filósofo y pensador Don Rodrigo Verne,y quería ayudarla a ella.
Helena no recordaba a su madre,pero su padre siempre le había contado que,fuese lo que fuese ella,no era de este mundo.Helena no le creía,era solo una historia tierna de un triste filósofo anclado sin remedio en el pasado,y enamorado de una mujer que ya no existía.
Su madre era griega,por este motivo,la joven llevaba un nombre griego,pero no le importaba en absoluto;ella adoraba su nombre,que en su opinión sonaba como algo exótico,diferente.
De sus años de hija no recuerda demasiado, pero cree que fue feliz.De lo que más se acuerda es de las reuniones de su padre, con otros filósofos, escritores y demás ``enteradillos´´ (entre los cuales unas veces se encontraba Ramiro y otras veces no) a las que se le permitía asistir,con la condición de que se quedara quieta y callada,escuchara y aprendiera.
-Cuanto más callas y escuchas,y menos hablas y alardeas,más inteligente te vuelves-decía su padre,seriamente-y nunca olvides que, por fuerza, un intelectual no ha de ser inteligente-con esta última frase,su padre sonreía con los ojos,como si algo le hiciese muchísima gracia.
Así que la pequeña Helena,que aun solo era un diminuto trasto de cabellera rubia y grandes ojos castaños, se quedaba quietecita y muy callada en un rincón,escuchando con los ojos muy abiertos,tratando de llegar a ser una persona inteligente como su papi.
La mayoría de las veces,lo que decían esos señores tan viejos y aburridos en su mayoría,era un verdadero galimatías para ella.A veces también asistían muchachos jóvenes a la reunión, pero estos permanecían en un rincón en silencio,tomaban notas y si alguna vez hablaban,lo hacían con respeto y timidez.
Usualmente,el único que se interesaba por ella era Ramiro,que al término de las reuniones se paraba junto a ella,se colocaba a su altura, sacaba un libro de su cabás y se lo tendía muy serio,sin una sola sonrisa.Era como una especie de ritual,y ni Ramiro ni ella debían sonreir.
-Esas pesadillas otra vez,¿no es cierto?-la voz del librero la saca de sus ensoñaciones.
-No son varias,es solo una-le corrigió ella con voz trémula-pero no es nada,estoy perfectamente. ¿Hay algo que hacer hoy?
-¿Seguro?-ante la dura mirada que ella le dirige,Ramiro titubea,ya sabe que a Helena no le gusta hablar de esas cosas,así qeu cambia de tema y contesta a su pregunta-Sí,tengo aquí unos textos interesantísimos sobre La Atlántida que creo que están en griego.
-Pero…-protesta ella
-Sí,sí y sí.Ya sé sobradamente que a ti todo eso te parece una somera gilipollez,pero no te cuesta nada y,de todas maneras-añadió con una mirada entre maliciosa y risueña-¿quién paga aquí?
-Usted,don Ramiro Camacho-dijo ella con los ojos en blanco,con cierto tono burlón, y con un suspiro,se rindió y se inclinó sobre el libraco de marras-Efectivamente esto está en griego,aunque es algún dialecto antiguo que desconozco.No obstante,creo que podré sacar bastante en limpio,espero que le sirva.
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando hizo su aparición Matías,un muchacho de veintipocos años,apocado y algo desgarbado,pero listo como el hambre,trabajador y lo suficientemente discreto como para que Ramiro lo tuviera a su servicio en su pequeña ciudad de libros olvidados,aunque solo fuera para mantener algo de orden y ocuparse del funcionamiento de los antediluvianos ordenadores que tenían,y de su portátil.
Matías portaba una caja de cartón casi más grande que él, repleta de papelajos y trastos viejos.
-Buenos días-saludó alegremente -un nuevo día para que Ramiro nos explote ordenando lo que el desordena,y rehaciendo lo que deshace a cambio de un mísero sueldo,todo a favor de sus preciosos y polvorientos amigos,los libros.No importa que sea Sábado por la mañana-protestó el muchacho,pero sonriendo.
-No te quejes, Matías, que ya sabes que yo te echo de aquí de una patada y santas pascuas-rió el librero, visiblemente de buen humor.
-Usted no haría eso-rebatió el chico-y además,¿que iba a hacer sin mí?
-¿Y esa caja llena de trastos? ¿Qué ha pasado, Matías?-Inquirió Helena a su vez,más por educación que por verdadera curiosidad,dado que ya suponía lo que había acaecido.
-Una estantería,que se ha desfondado-explicó el cansinamente-Como Ramiro se emperra en atestarlas de cosas…-sonrió a Helena-Y ahora me toca a mi recoger,limpiar,ordenar y deshacerme de los trastos.Benditas mañanas de Sábado-farfulló irónicamente
-No te quejes y corre a tirar eso,que te duemes en las musarañas-le regañó Ramiro.
-Eso,encima el que se duerme en las musarañas soy yo-protestó Matías-Ya me voy,y puede que me de una vuelta por ahí,que conste.Me lo merezo-advirtió,y desapareció de la sala por el angosto corredor,no sin antes volver a sonreír cándidamente a Helena y musitar un leve ``Hasta luego´´,que probablemente solo oyeron las viejas paredes del lugar.
-Los matas callando,Helenita-le hizo notar el librero una vez que Matías hubo desaparecido.
Ella le sacó la lengua-Sabes que no es así.
-Y tu sabes que sí-se burló Ramiro-Anda,a tu trabajo,Helena de Troya.
Haciendo una mueca,Helena volvió a inclinarse sobre el libro y comenzó la traducción,que habría de mantenerla ocupada la mañana entera.
Capítulo II
A las ocho de la mañana aproximadamente, Helena se encontraba entrando en un cutre local de la parte más antigua y recóndita de la ciudad.
La puerta era de madera muy vieja, pintada y vuelta a repintar,y repleta de astillas y grietecitas.Chirrió y dio un fuerte golpe al cerrarse,sumiendo el corredor principal en una inquietante penumbra,cargada de humedad y olor a cerrado.Helena volvió a sonreír,siempre se sentía como en una película barata de terror cuando entraba por esa puerta.
El corredor la condujo a una habitación muy grande, circular, repleta de estanterías, llenas a su vez de libros.Desde ambos extremos de la sala ascendían dos escalinatas de piedra, achatadas a fuerza de pisarlas (aunque actualmente prácticamente nadie las utilizaba) que conducían a un piso superior, también repleto de estantes viejísimos (Helena sospechaba que algún día cederían y se vendrían abajo).
La estancia estaba pobremente iluminado por unos fluorescentes instalados haría unos cuantos años, que titilaban constantemente…como en su sueño.Se sintió repentinamente mareada y presa de las náuseas, cuando una ráfaga de sueño volvió a su mente.Viento frío, demasiado frío, la dolorosa certeza de algo que debía hacer, aunque le doliera en lo más profundo.Angustia, una luz blanca.Luego nada, el mal sueño la dejó en paz, aunque eso sí, temblorosa.
Avanzó a pasos cortos hacia el centro de la estancia, ocupado por una mesa de proporciones monstruosas, que había sido cubierta con gigantescos tomos y libracos enormes y polvorientos.
Detrás de toda aquella marabunta de libros viejos y de una lampara de flexo, asomaba casi tímida la cabeza parcialmente calva de Ramiro,el viejo librero.En realidad,Ramiro solo tendría unos cincuenta años,pero a el le gustaba que la gente ``del gremio´´(como el solía llamar a casi todo aquel que tenía acceso al desvencijado edificio) le llamaran de esa manera.
Su cabeza emergió de detrás de un tomo gordísimo cuya tapa rezaba: La misteriosa villa sumergida,y que Helena sospechaba que se trataba de otro de esos cuentos chinos sobre la Atlántida y otros mitos, que tanto gustaban a Ramiro.
-Pero si está aquí Helena, mi empleada favorita-sonrió el librero, con su habitual afabilidad (que habitualmente reservaba solo para ella, con los demás tenía un genio de armas tomar)-¿Qué tal?
Ella trabajaba en aquel lugar desde hacía aproximadamente tres años.Había cursado una carrera de lenguas muertas,y ahora trabajaba allí,traduciendo antiguos textos en latín o en griego,y ejerciendo de hacker infórmatica cuando a Ramiro le era necesario.En realidad,hacía pequeños trabajillos allí desde que su padre (el unico progenitor que le quedaba) murió cuando ella tenía 16 años,pero por aquel entonces lo único que hacía era ir de acá para allá,hacer café, poner un poco de orden en medio de todo ese caos y curiosear el trabajo de Ramiro y de los demás escritores,aficionados a los libros viejos,poetas malditos y editoruchos de poca monta que por allí pasaban.Ramiro se dedicaba únicamente a vender y comprar libros raros y antiguos a gente que pudieran interesarles,a elaborar hipótesis sobre teorías ya formadas con la esperanza de publicarlas algún día,y a intentar llevar a cabo su hasta entonces fallido intento de ser un escritor de renombre.Helena sospechaba que Ramiro solo la había tenido allí sin hacerle ninguna falta, para proporcionarle algo de dinero y alguien de confianza al que acudir,solo por que siempre había sentido admiración y respeto por su padre,el insólito filósofo y pensador Don Rodrigo Verne,y quería ayudarla a ella.
Helena no recordaba a su madre,pero su padre siempre le había contado que,fuese lo que fuese ella,no era de este mundo.Helena no le creía,era solo una historia tierna de un triste filósofo anclado sin remedio en el pasado,y enamorado de una mujer que ya no existía.
Su madre era griega,por este motivo,la joven llevaba un nombre griego,pero no le importaba en absoluto;ella adoraba su nombre,que en su opinión sonaba como algo exótico,diferente.
De sus años de hija no recuerda demasiado, pero cree que fue feliz.De lo que más se acuerda es de las reuniones de su padre, con otros filósofos, escritores y demás ``enteradillos´´ (entre los cuales unas veces se encontraba Ramiro y otras veces no) a las que se le permitía asistir,con la condición de que se quedara quieta y callada,escuchara y aprendiera.
-Cuanto más callas y escuchas,y menos hablas y alardeas,más inteligente te vuelves-decía su padre,seriamente-y nunca olvides que, por fuerza, un intelectual no ha de ser inteligente-con esta última frase,su padre sonreía con los ojos,como si algo le hiciese muchísima gracia.
Así que la pequeña Helena,que aun solo era un diminuto trasto de cabellera rubia y grandes ojos verdes, se quedaba quietecita y muy callada en un rincón,escuchando con los ojos muy abiertos,tratando de llegar a ser una persona inteligente como su papi.
La mayoría de las veces,lo que decían esos señores tan viejos y aburridos en su mayoría,era un verdadero galimatías para ella.A veces también asistían muchachos jóvenes a la reunión, pero estos permanecían en un rincón en silencio,tomaban notas y si alguna vez hablaban,lo hacían con respeto y timidez.
Usualmente,el único que se interesaba por ella era Ramiro,que al término de las reuniones se paraba junto a ella,se colocaba a su altura, sacaba un libro de su cabás y se lo tendía muy serio,sin una sola sonrisa.Era como una especie de ritual,y ni Ramiro ni ella debían sonreir.
-Esas pesadillas otra vez,¿no es cierto?-la voz del librero la saca de sus ensoñaciones.
-No son varias,es solo una-le corrigió ella con voz trémula-pero no es nada,estoy perfectamente. ¿Hay algo que hacer hoy?
-¿Seguro?-ante la dura mirada que ella le dirige,Ramiro titubea,ya sabe que a Helena no le gusta hablar de esas cosas,así qeu cambia de tema y contesta a su pregunta-Sí,tengo aquí unos textos interesantísimos sobre La Atlántida que creo que están en griego.
-Pero…-protesta ella
-Sí,sí y sí.Ya sé sobradamente que a ti todo eso te parece una somera gilipollez,pero no te cuesta nada y,de todas maneras-añadió con una mirada entre maliciosa y risueña-¿quién paga aquí?
-Usted,don Ramiro Camacho-dijo ella con los ojos en blanco,con cierto tono burlón, y con un suspiro,se rindió y se inclinó sobre el libraco de marras-Efectivamente esto está en griego,aunque es algún dialecto antiguo que desconozco.No obstante,creo que podré sacar bastante en limpio,espero que le sirva.
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando hizo su aparición Matías,un muchacho de veintipocos años,apocado y algo desgarbado,pero listo como el hambre,trabajador y lo suficientemente discreto como para que Ramiro lo tuviera a su servicio en su pequeña ciudad de libros olvidados,aunque solo fuera para mantener algo de orden y ocuparse del funcionamiento de los antediluvianos ordenadores que tenían,y de su portátil.
Matías portaba una caja de cartón casi más grande que él, repleta de papelajos y trastos viejos.
-Buenos días-saludó alegremente -un nuevo día para que Ramiro nos explote ordenando lo que el desordena,y rehaciendo lo que deshace a cambio de un mísero sueldo,todo a favor de sus preciosos y polvorientos amigos,los libros.No importa que sea Sábado por la mañana-protestó el muchacho,pero sonriendo.
-No te quejes, Matías, que ya sabes que yo te echo de aquí de una patada y santas pascuas-rió el librero, visiblemente de buen humor.
-Usted no haría eso-rebatió el chico-y además,¿que iba a hacer sin mí?
-¿Y esa caja llena de trastos? ¿Qué ha pasado, Matías?-Inquirió Helena a su vez,más por educación que por verdadera curiosidad,dado que ya suponía lo que había acaecido.
-Una estantería,que se ha desfondado-explicó el cansinamente-Como Ramiro se emperra en atestarlas de cosas…-sonrió a Helena-Y ahora me toca a mi recoger,limpiar,ordenar y deshacerme de los trastos.Benditas mañanas de Sábado-farfulló irónicamente
-No te quejes y corre a tirar eso,que te duemes en las musarañas-le regañó Ramiro.
-Eso,encima el que se duerme en las musarañas soy yo-protestó Matías-Ya me voy,y puede que me de una vuelta por ahí,que conste.Me lo merezo-advirtió,y desapareció de la sala por el angosto corredor,no sin antes volver a sonreír cándidamente a Helena y musitar un leve ``Hasta luego´´,que probablemente solo oyeron las viejas paredes del lugar.
-Los matas callando,Helenita-le hizo notar el librero una vez que Matías hubo desaparecido.
Ella le sacó la lengua-Sabes que no es así.
-Y tu sabes que sí-se burló Ramiro-Anda,a tu trabajo,Helena de Troya.
Haciendo una mueca,Helena volvió a inclinarse sobre el libro y comenzó la traducción,que habría de mantenerla ocupada la mañana entera.
La puerta era de madera muy vieja, pintada y vuelta a repintar,y repleta de astillas y grietecitas.Chirrió y dio un fuerte golpe al cerrarse,sumiendo el corredor principal en una inquietante penumbra,cargada de humedad y olor a cerrado.Helena volvió a sonreír,siempre se sentía como en una película barata de terror cuando entraba por esa puerta.
El corredor la condujo a una habitación muy grande, circular, repleta de estanterías, llenas a su vez de libros.Desde ambos extremos de la sala ascendían dos escalinatas de piedra, achatadas a fuerza de pisarlas (aunque actualmente prácticamente nadie las utilizaba) que conducían a un piso superior, también repleto de estantes viejísimos (Helena sospechaba que algún día cederían y se vendrían abajo).
La estancia estaba pobremente iluminado por unos fluorescentes instalados haría unos cuantos años, que titilaban constantemente…como en su sueño.Se sintió repentinamente mareada y presa de las náuseas, cuando una ráfaga de sueño volvió a su mente.Viento frío, demasiado frío, la dolorosa certeza de algo que debía hacer, aunque le doliera en lo más profundo.Angustia, una luz blanca.Luego nada, el mal sueño la dejó en paz, aunque eso sí, temblorosa.
Avanzó a pasos cortos hacia el centro de la estancia, ocupado por una mesa de proporciones monstruosas, que había sido cubierta con gigantescos tomos y libracos enormes y polvorientos.
Detrás de toda aquella marabunta de libros viejos y de una lampara de flexo, asomaba casi tímida la cabeza parcialmente calva de Ramiro,el viejo librero.En realidad,Ramiro solo tendría unos cincuenta años,pero a el le gustaba que la gente ``del gremio´´(como el solía llamar a casi todo aquel que tenía acceso al desvencijado edificio) le llamaran de esa manera.
Su cabeza emergió de detrás de un tomo gordísimo cuya tapa rezaba: La misteriosa villa sumergida,y que Helena sospechaba que se trataba de otro de esos cuentos chinos sobre la Atlántida y otros mitos, que tanto gustaban a Ramiro.
-Pero si está aquí Helena, mi empleada favorita-sonrió el librero, con su habitual afabilidad (que habitualmente reservaba solo para ella, con los demás tenía un genio de armas tomar)-¿Qué tal?
Ella trabajaba en aquel lugar desde hacía aproximadamente tres años.Había cursado una carrera de lenguas muertas,y ahora trabajaba allí,traduciendo antiguos textos en latín o en griego,y ejerciendo de hacker infórmatica cuando a Ramiro le era necesario.En realidad,hacía pequeños trabajillos allí desde que su padre (el unico progenitor que le quedaba) murió cuando ella tenía 16 años,pero por aquel entonces lo único que hacía era ir de acá para allá,hacer café, poner un poco de orden en medio de todo ese caos y curiosear el trabajo de Ramiro y de los demás escritores,aficionados a los libros viejos,poetas malditos y editoruchos de poca monta que por allí pasaban.Ramiro se dedicaba únicamente a vender y comprar libros raros y antiguos a gente que pudieran interesarles,a elaborar hipótesis sobre teorías ya formadas con la esperanza de publicarlas algún día,y a intentar llevar a cabo su hasta entonces fallido intento de ser un escritor de renombre.Helena sospechaba que Ramiro solo la había tenido allí sin hacerle ninguna falta, para proporcionarle algo de dinero y alguien de confianza al que acudir,solo por que siempre había sentido admiración y respeto por su padre,el insólito filósofo y pensador Don Rodrigo Verne,y quería ayudarla a ella.
Helena no recordaba a su madre,pero su padre siempre le había contado que,fuese lo que fuese ella,no era de este mundo.Helena no le creía,era solo una historia tierna de un triste filósofo anclado sin remedio en el pasado,y enamorado de una mujer que ya no existía.
Su madre era griega,por este motivo,la joven llevaba un nombre griego,pero no le importaba en absoluto;ella adoraba su nombre,que en su opinión sonaba como algo exótico,diferente.
De sus años de hija no recuerda demasiado, pero cree que fue feliz.De lo que más se acuerda es de las reuniones de su padre, con otros filósofos, escritores y demás ``enteradillos´´ (entre los cuales unas veces se encontraba Ramiro y otras veces no) a las que se le permitía asistir,con la condición de que se quedara quieta y callada,escuchara y aprendiera.
-Cuanto más callas y escuchas,y menos hablas y alardeas,más inteligente te vuelves-decía su padre,seriamente-y nunca olvides que, por fuerza, un intelectual no ha de ser inteligente-con esta última frase,su padre sonreía con los ojos,como si algo le hiciese muchísima gracia.
Así que la pequeña Helena,que aun solo era un diminuto trasto de cabellera rubia y grandes ojos verdes, se quedaba quietecita y muy callada en un rincón,escuchando con los ojos muy abiertos,tratando de llegar a ser una persona inteligente como su papi.
La mayoría de las veces,lo que decían esos señores tan viejos y aburridos en su mayoría,era un verdadero galimatías para ella.A veces también asistían muchachos jóvenes a la reunión, pero estos permanecían en un rincón en silencio,tomaban notas y si alguna vez hablaban,lo hacían con respeto y timidez.
Usualmente,el único que se interesaba por ella era Ramiro,que al término de las reuniones se paraba junto a ella,se colocaba a su altura, sacaba un libro de su cabás y se lo tendía muy serio,sin una sola sonrisa.Era como una especie de ritual,y ni Ramiro ni ella debían sonreir.
-Esas pesadillas otra vez,¿no es cierto?-la voz del librero la saca de sus ensoñaciones.
-No son varias,es solo una-le corrigió ella con voz trémula-pero no es nada,estoy perfectamente. ¿Hay algo que hacer hoy?
-¿Seguro?-ante la dura mirada que ella le dirige,Ramiro titubea,ya sabe que a Helena no le gusta hablar de esas cosas,así qeu cambia de tema y contesta a su pregunta-Sí,tengo aquí unos textos interesantísimos sobre La Atlántida que creo que están en griego.
-Pero…-protesta ella
-Sí,sí y sí.Ya sé sobradamente que a ti todo eso te parece una somera gilipollez,pero no te cuesta nada y,de todas maneras-añadió con una mirada entre maliciosa y risueña-¿quién paga aquí?
-Usted,don Ramiro Camacho-dijo ella con los ojos en blanco,con cierto tono burlón, y con un suspiro,se rindió y se inclinó sobre el libraco de marras-Efectivamente esto está en griego,aunque es algún dialecto antiguo que desconozco.No obstante,creo que podré sacar bastante en limpio,espero que le sirva.
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando hizo su aparición Matías,un muchacho de veintipocos años,apocado y algo desgarbado,pero listo como el hambre,trabajador y lo suficientemente discreto como para que Ramiro lo tuviera a su servicio en su pequeña ciudad de libros olvidados,aunque solo fuera para mantener algo de orden y ocuparse del funcionamiento de los antediluvianos ordenadores que tenían,y de su portátil.
Matías portaba una caja de cartón casi más grande que él, repleta de papelajos y trastos viejos.
-Buenos días-saludó alegremente -un nuevo día para que Ramiro nos explote ordenando lo que el desordena,y rehaciendo lo que deshace a cambio de un mísero sueldo,todo a favor de sus preciosos y polvorientos amigos,los libros.No importa que sea Sábado por la mañana-protestó el muchacho,pero sonriendo.
-No te quejes, Matías, que ya sabes que yo te echo de aquí de una patada y santas pascuas-rió el librero, visiblemente de buen humor.
-Usted no haría eso-rebatió el chico-y además,¿que iba a hacer sin mí?
-¿Y esa caja llena de trastos? ¿Qué ha pasado, Matías?-Inquirió Helena a su vez,más por educación que por verdadera curiosidad,dado que ya suponía lo que había acaecido.
-Una estantería,que se ha desfondado-explicó el cansinamente-Como Ramiro se emperra en atestarlas de cosas…-sonrió a Helena-Y ahora me toca a mi recoger,limpiar,ordenar y deshacerme de los trastos.Benditas mañanas de Sábado-farfulló irónicamente
-No te quejes y corre a tirar eso,que te duemes en las musarañas-le regañó Ramiro.
-Eso,encima el que se duerme en las musarañas soy yo-protestó Matías-Ya me voy,y puede que me de una vuelta por ahí,que conste.Me lo merezo-advirtió,y desapareció de la sala por el angosto corredor,no sin antes volver a sonreír cándidamente a Helena y musitar un leve ``Hasta luego´´,que probablemente solo oyeron las viejas paredes del lugar.
-Los matas callando,Helenita-le hizo notar el librero una vez que Matías hubo desaparecido.
Ella le sacó la lengua-Sabes que no es así.
-Y tu sabes que sí-se burló Ramiro-Anda,a tu trabajo,Helena de Troya.
Haciendo una mueca,Helena volvió a inclinarse sobre el libro y comenzó la traducción,que habría de mantenerla ocupada la mañana entera.
Capítulo I
6:26 de la madrugada, los cristales empañados y la cama están tan fríos…
Aún dispone de exactamente 34 minutos para seguir durmiendo, pero se ha despertado a causa de una pesadilla,con toda la ropa de la cama tirada por el suelo.
Tiene demasiado frío y miedo como para volver a sumergirse en sus sueños… ¿qué más da? De todas formas no son sueños agradables…
Se despereza y se frota los ojos.Tiene el rostro húmedo ¿ha llorado? Trata de recordar en que ha consistido su pesadilla,a veces eso ayuda…aparecía con alguien,en algún lugar, pero no recuerda nada más, en lugar de eso se le aparecen recuerdos que tenía relegados en su mente,recuerdos que no desea pero que son imposibles de deshacer. De pronto recuerda una frase que cree haber oído alguna vez, probablemente de cuando iba al instituto: `Durante el sueño,la censura que separa consciente de subconsciente se hace más débil…´´ Debe de haber sido eso,su censura debilitada,que ha ayudado a aflorar eso recuerdos proscritos.
Se estremece, odia cuando tiene sueños desagradables que no logra recordar,pero cuyos fragmentos se le aparacen durante el día durante un instante,como si se tratara de espectros. Suena ``Same mistake´´ en su despertador, lleva exactamente 34 minutos divagando.
Quizá sea el mejor momento para levantarse de la cama y afrontar la realidad que le espera fuera. De nada sirve demorarse por más tiempo, así que se viste con poco más que lo habitual.Hace bastante frío fuera, apenas entra luz por la ventana, y el amanecer aún está lejano, por lo que decide enfundarse en su chupa de cuero que tantas otras veces le ha acompañado en días difíciles.
Se mira en el espejo, y no encuentra nada fuera de lo habitual.Su pelo rubio ondulado perennemente desordenado (por mucho que se lo peine y repeine) y sus ojos verdes, nada más.Hace una mueca de desconcierto.
El cristal del espejo se ha empañado por el vapor de la ducha y ella intenta borralo con los dedos,como si realmente lo que quisiera fuera eliminar su difuminado rostros de esa superficie de cristal.Pero su cara seguía allí,mirándola como si fuera la de una extraña…mirándola como si dijera:
-¿Has sido tú? ¿Crees que puedes engañarme a mí? ¿A mí que lo sé todo de ti? No,a mi no puedes borrarme,ni tan siquiera lo intentes.
Sobresaltada,se aparta del espejo,y cuando vuelve a mirarlo ya no hay nada fuera de lo común allí,solo su expresión…desconcertada.
Se marcha a la cocina y se pone a hacer café.En realidad no sabe por que lo hace,ya que odia esa bebida (especialmente por las mañanas).Puede que lo haga para despejarse de la pesadilla,o quizá porque es lo que ha estado bebiendo desde hace mucho tiempo y realmente le cuesta cambiar las viejas costumbres.
Cuando la cafetera empieza a silbar,saca una taza del mueble que hay sobre el fregadero.Se queda mirando la taza,no parece haber nada extraño en ella,la misma taza verde de siempre.Pero sin embargo ese color…le trae una ráfaga de su mal sueño a la cabeza...
No sabe si es de día o de noche, se encuentra en algún tipo de subterráneo que no puede identificar, la luz mortecina sólo viene de un viejo fluorescente suspendido tétricamente del techo y que se balancea con la misma corriente de aire que le provoca esos tremendos escalofríos.
Alguien está con ella, siente su aliento en la nuca y se vuelve temerosa para descubrir un abrupto acantilado en medio de un mar embravecido y tormentoso. Su pulso se acelera, el corazón le late muy rápido y no puede controlar su miedo a lo desconocido, siente que le faltan las fuerzas y algo sólido y frío aferra sus muñecas fuertemente. Un instante después, suena la sirena de lo que parece una escuela abandonada mientras nota como le golpean en el pecho desde dentro, quiere gritar su terror pero su garganta agarrotada no alcanza ni un simple quejido silencioso.
Se encuentra sentada, no pudiendo moverse apenas, agobiada por la inquietud que le provoca esa pizarra, verde por supuesto, que observa en la pared. Hay algo escrito, necesita verlo como sea porque ahí se halla la solución a todos sus temores. Despega su espalda de la silla, se incorpora y se acerca lentamente, pero justo antes de poder vislumbrar nada, algo le golpea a la altura del cuello y le hace caer al abismo. Una corazonada inquieta le dice que la primera palabra escrita es su nombre, y es durante estas cavilaciones que vuelve a oír esa maldita sirena, cruel sonido de la realidad. Al menos, de lo que ella cree que es la realidad, puesto que no hay nada claro ya. Cierra los ojos y al abrirlos se encuentra allí otra vez, como si nada de esto hubiera pasado... ¿pero, qué es ese quemazón que siente en su cuello?
Se lo frota con una mano,intentando mitigar la incómoda sensación,similar a la picadura de una avispa y corre a abrir la puerta,¿quién demonios será tan temprano?
Mareada,tropieza un par de veces hasta llegar a la puerta,toma el picaporte en la mano.
Allí se encuentra con el rostro más perfecto,el hombre más hermoso que jamás haya visto,que le sonríe como la cosa más normal del mundo.
Y sin embargo su sonrisa es poco tranquilizadora,le es asombrosamente familiar,y eso que está segura de no conocerle.Fingiendo una calma que en realidad no posee,pregunta:
-¿Y tú eres….?
-Nadie por quien deba preocuparse de momento,querida.-Contestó misteriosamente-Yo solo he venido a…traerle una cosa.
Y le puso en la mano un trozo de papel bastante lastimoso,doblado muchas veces sobre sí mismo,y con escaso cuidado a juzgar por el aspecto.
-Lea eso, señorita.Adiós …-Se dio media vuelta y se marchó.Ella no puedo evitar la tentación de quedarse mirando a su culo durante unos instantes.Luego reaccionó.
-¡Oye,tú!-quiso gritar,pero le salió una especie de susurro,y el tipo extraño ya había desaparecido…
Con el papelito en la mano,volvió a la cocina,evitando cuidadosamente el contacto visual con la susodicha taza.Se frotó de nuevo el cuello,desdobló el papelito y empezó a leer:
Nada me complacería más que una visita suya, señorita Verne.Un coche la esperará hoy a las 9:30 P.M junto a la plaza sobre la cual se encuentra su apartamanto.Hágame y hágase un favor y venga.
Clara Monfort
En comparación con el lastimoso estado del trozo de papel,la caligrafía resultaba extrañamente pulcra y bien cuidada,parece haber sido escrita hace poco.Le es imposible identificar la diminuta e intrincada firma,escrita con una letra diferente,pero está segura de no reconocer esa firma,sea de quien sea.
Si Helena hubiera sido cualquier otra persona, se habría sentido sumamente sorprendida, con un sobresalto rayano en la inquietud.Pero Helena era Helena,y todo lo que había vivido y era capaz de comprender le impedían sentir asombro por una mera nota de alguien desconocido,que parecía conocerla,saber donde vivía,y afirmaba poder ``hacerle un favor´´.
-Espero que no sea una de esa clase de favores a los que estoy acostumbrada-musitó para sí misma-Al menos ya tengo plan para esta noche.
Sonrió burlonamente,se guardó la nota en el bolsillo y canturreando una vieja canción de Dire Straits,salió por la puerta,extrañamente mucho más animada que cuando se había despertado.
Aún dispone de exactamente 34 minutos para seguir durmiendo, pero se ha despertado a causa de una pesadilla,con toda la ropa de la cama tirada por el suelo.
Tiene demasiado frío y miedo como para volver a sumergirse en sus sueños… ¿qué más da? De todas formas no son sueños agradables…
Se despereza y se frota los ojos.Tiene el rostro húmedo ¿ha llorado? Trata de recordar en que ha consistido su pesadilla,a veces eso ayuda…aparecía con alguien,en algún lugar, pero no recuerda nada más, en lugar de eso se le aparecen recuerdos que tenía relegados en su mente,recuerdos que no desea pero que son imposibles de deshacer. De pronto recuerda una frase que cree haber oído alguna vez, probablemente de cuando iba al instituto: `Durante el sueño,la censura que separa consciente de subconsciente se hace más débil…´´ Debe de haber sido eso,su censura debilitada,que ha ayudado a aflorar eso recuerdos proscritos.
Se estremece, odia cuando tiene sueños desagradables que no logra recordar,pero cuyos fragmentos se le aparacen durante el día durante un instante,como si se tratara de espectros. Suena ``Same mistake´´ en su despertador, lleva exactamente 34 minutos divagando.
Quizá sea el mejor momento para levantarse de la cama y afrontar la realidad que le espera fuera. De nada sirve demorarse por más tiempo, así que se viste con poco más que lo habitual.Hace bastante frío fuera, apenas entra luz por la ventana, y el amanecer aún está lejano, por lo que decide enfundarse en su chupa de cuero que tantas otras veces le ha acompañado en días difíciles.
Se mira en el espejo, y no encuentra nada fuera de lo habitual.Su pelo rubio ondulado perennemente desordenado (por mucho que se lo peine y repeine) y sus ojos verdes, nada más.Hace una mueca de desconcierto.
El cristal del espejo se ha empañado por el vapor de la ducha y ella intenta borralo con los dedos,como si realmente lo que quisiera fuera eliminar su difuminado rostros de esa superficie de cristal.Pero su cara seguía allí,mirándola como si fuera la de una extraña…mirándola como si dijera:
-¿Has sido tú? ¿Crees que puedes engañarme a mí? ¿A mí que lo sé todo de ti? No,a mi no puedes borrarme,ni tan siquiera lo intentes.
Sobresaltada,se aparta del espejo,y cuando vuelve a mirarlo ya no hay nada fuera de lo común allí,solo su expresión…desconcertada.
Se marcha a la cocina y se pone a hacer café.En realidad no sabe por que lo hace,ya que odia esa bebida (especialmente por las mañanas).Puede que lo haga para despejarse de la pesadilla,o quizá porque es lo que ha estado bebiendo desde hace mucho tiempo y realmente le cuesta cambiar las viejas costumbres.
Cuando la cafetera empieza a silbar,saca una taza del mueble que hay sobre el fregadero.Se queda mirando la taza,no parece haber nada extraño en ella,la misma taza verde de siempre.Pero sin embargo ese color…le trae una ráfaga de su mal sueño a la cabeza...
No sabe si es de día o de noche, se encuentra en algún tipo de subterráneo que no puede identificar, la luz mortecina sólo viene de un viejo fluorescente suspendido tétricamente del techo y que se balancea con la misma corriente de aire que le provoca esos tremendos escalofríos.
Alguien está con ella, siente su aliento en la nuca y se vuelve temerosa para descubrir un abrupto acantilado en medio de un mar embravecido y tormentoso. Su pulso se acelera, el corazón le late muy rápido y no puede controlar su miedo a lo desconocido, siente que le faltan las fuerzas y algo sólido y frío aferra sus muñecas fuertemente. Un instante después, suena la sirena de lo que parece una escuela abandonada mientras nota como le golpean en el pecho desde dentro, quiere gritar su terror pero su garganta agarrotada no alcanza ni un simple quejido silencioso.
Se encuentra sentada, no pudiendo moverse apenas, agobiada por la inquietud que le provoca esa pizarra, verde por supuesto, que observa en la pared. Hay algo escrito, necesita verlo como sea porque ahí se halla la solución a todos sus temores. Despega su espalda de la silla, se incorpora y se acerca lentamente, pero justo antes de poder vislumbrar nada, algo le golpea a la altura del cuello y le hace caer al abismo. Una corazonada inquieta le dice que la primera palabra escrita es su nombre, y es durante estas cavilaciones que vuelve a oír esa maldita sirena, cruel sonido de la realidad. Al menos, de lo que ella cree que es la realidad, puesto que no hay nada claro ya. Cierra los ojos y al abrirlos se encuentra allí otra vez, como si nada de esto hubiera pasado... ¿pero, qué es ese quemazón que siente en su cuello?
Se lo frota con una mano,intentando mitigar la incómoda sensación,similar a la picadura de una avispa y corre a abrir la puerta,¿quién demonios será tan temprano?
Mareada,tropieza un par de veces hasta llegar a la puerta,toma el picaporte en la mano.
Allí se encuentra con el rostro más perfecto,el hombre más hermoso que jamás haya visto,que le sonríe como la cosa más normal del mundo.
Y sin embargo su sonrisa es poco tranquilizadora,le es asombrosamente familiar,y eso que está segura de no conocerle.Fingiendo una calma que en realidad no posee,pregunta:
-¿Y tú eres….?
-Nadie por quien deba preocuparse de momento,querida.-Contestó misteriosamente-Yo solo he venido a…traerle una cosa.
Y le puso en la mano un trozo de papel bastante lastimoso,doblado muchas veces sobre sí mismo,y con escaso cuidado a juzgar por el aspecto.
-Lea eso, señorita.Adiós …-Se dio media vuelta y se marchó.Ella no puedo evitar la tentación de quedarse mirando a su culo durante unos instantes.Luego reaccionó.
-¡Oye,tú!-quiso gritar,pero le salió una especie de susurro,y el tipo extraño ya había desaparecido…
Con el papelito en la mano,volvió a la cocina,evitando cuidadosamente el contacto visual con la susodicha taza.Se frotó de nuevo el cuello,desdobló el papelito y empezó a leer:
Nada me complacería más que una visita suya, señorita Verne.Un coche la esperará hoy a las 9:30 P.M junto a la plaza sobre la cual se encuentra su apartamanto.Hágame y hágase un favor y venga.
Clara Monfort
En comparación con el lastimoso estado del trozo de papel,la caligrafía resultaba extrañamente pulcra y bien cuidada,parece haber sido escrita hace poco.Le es imposible identificar la diminuta e intrincada firma,escrita con una letra diferente,pero está segura de no reconocer esa firma,sea de quien sea.
Si Helena hubiera sido cualquier otra persona, se habría sentido sumamente sorprendida, con un sobresalto rayano en la inquietud.Pero Helena era Helena,y todo lo que había vivido y era capaz de comprender le impedían sentir asombro por una mera nota de alguien desconocido,que parecía conocerla,saber donde vivía,y afirmaba poder ``hacerle un favor´´.
-Espero que no sea una de esa clase de favores a los que estoy acostumbrada-musitó para sí misma-Al menos ya tengo plan para esta noche.
Sonrió burlonamente,se guardó la nota en el bolsillo y canturreando una vieja canción de Dire Straits,salió por la puerta,extrañamente mucho más animada que cuando se había despertado.
La historia de Helena
¡HOLA! =)
Acabo de retomar este blog que un día creé para ir publicando una historia por capítulos.
De momento no tengo un título fijo, ya que no me gusta poner nombres a historias inconclusas.
Si lees esto, me encantaría que me dijeras tu opinión sobre la historia, ya que la crítica ayuda a mejorar.
Gracias de antemano!! ^^
SINOPSIS:
Helena vive sola desde que murió su padre, el filósofo Rodrigo Verne.
Trabaja en una antigua librería traduciendo textos antiguos en latín o en griego.
Básicamente, y si no fuera por los malos sueños que la atormentan, la vida de Helena parece normal, demasiado normal como para hacer una historia de ella.
Pero un día, un guapo y misterioso desconocido llama a su puerta y le deja una nota: Una cita con alguien que conoce, pero no directamente, y que está dispuesto a remover sus malos recuerdos del pasado e incluso chantajearla para obtener lo que desea...
¿Una historia más?
Puede que sí.La historia de Helena.
Acabo de retomar este blog que un día creé para ir publicando una historia por capítulos.
De momento no tengo un título fijo, ya que no me gusta poner nombres a historias inconclusas.
Si lees esto, me encantaría que me dijeras tu opinión sobre la historia, ya que la crítica ayuda a mejorar.
Gracias de antemano!! ^^
SINOPSIS:
Helena vive sola desde que murió su padre, el filósofo Rodrigo Verne.
Trabaja en una antigua librería traduciendo textos antiguos en latín o en griego.
Básicamente, y si no fuera por los malos sueños que la atormentan, la vida de Helena parece normal, demasiado normal como para hacer una historia de ella.
Pero un día, un guapo y misterioso desconocido llama a su puerta y le deja una nota: Una cita con alguien que conoce, pero no directamente, y que está dispuesto a remover sus malos recuerdos del pasado e incluso chantajearla para obtener lo que desea...
¿Una historia más?
Puede que sí.La historia de Helena.
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