Capítulo IV

-Si me he tomado la molestia de traerte hasta aquí ha sido, Helena Verne, por un motivo justificado.Te necesito-espetó la mujer (¿Clara de Monfort, había dicho Pietro que se llamaba?)
-No sé que puedo hacer yo por ti-si ella la tuteaba, Helena pensaba hacer otro tanto, pero una fría mirada de Pietro la informó de que no debía hacer eso-Por usted-se corrigió rápidamente-Ni siquiera la conozco.
-Soy Clara de Monfort, pero eso tu ya lo sabías.Y creo que también sabes de que me conoces…aunque solo sea indirectamente, claro.
-Es usted la hermana de Zarek-asintió Helena con desmayo, aceptando ya lo que no había querido aceptar.
Clara se rió y palmeó encantada, como si estuviera asistiendo a una función.Los ojos de Helena se humedecieron, pero no quiso dejar que aquella mujer lo notase.
-Zarek tenía razón, eres lista-reconoció-De hecho, puede que demasiado lista, y eso puede que nos acarree problemas, ¿No es así?
-¿Por qué se apellida usted de Monfort?-Preguntó Helena, ignorando la afirmación que Clara acababa de efectuar-¿No es…era ese el nombre de su hermano?-Siempre le costaba hablar de Zarek en pasado, como algo que fue y acabó.
-Claro que no, pero ¿acaso crees que iba a continuar el apellido del bastardo de mi padre?-se rió ella-Ni hablar.Me lo cambié en cuanto salí de debajo de su sombra, por uno con algo más de resonancia.¿Deseas algo de comer o de beber? ¿Un cigarrillo quizá?-ofreció luego con fingida inocencia.
-Dígame para que me ha traído hasta aquí-ordenó Helena impaciente, declinando silenciosamente la invitación-¿Para qué me necesita?
-Nada complicado, querida, y menos para ti.Estoy segura de que, teniendo en cuenta tu inteligencia, te parecerá una petición razonable-respondió ella con una sonrisa gatuna.Sus ojos realmente daban miedo.
-¿Qué es lo que quiere?-Espetó Helena
-Nada importante-Clara dudó un instante, como sin tener muy claro por donde empezó.Luego volvió a aflorarle la sonrisa malévola al rostro-Tu conociste mejor que nadie a mi hermano, más aún en sus últimos años.¿Sabes? nadie lograba comprenderle, y el solo confiaba en ti-Suspiró.Lo que quiero es que me traigas todos los escritos que tengas de Zarek, creo que pueden ser muy valiosos, más publicados póstumamente. Zarek escribía de una manera que ponía los pelos de punta.Quiero que me traigas todos sus textos, sé que los conservas.Los quiero todos, no puedes quedarte ninguno.
Helena cabeceó, confusa.Lo veía todo como en una película, desde fuera.Como si realmente no le estuviera pasando eso-¿Cómo voy a darle esos textos a usted? Si son míos, si son muy personales.Son míos, de Zarek…-repitió en un susurro, aún sin comprender.
-Eso no me importa.Ya me los está trayendo-ordenó despótica
-Y si no quiero ¿qué?-la desafió Helena, reaccionando repentinamente con fiereza.
-No olvides, Helenita, que soy una mujer de mucho poder.Yo puedo hacer lo que quiera, conseguir lo que quiera.Tampoco olvidemos que mi padre era el editor para el que trabajaba tu padre.
-Exijo hablar con su-Se defendió, recordando que aquel hombre había tenido aprecio a su padre.
Se produjo una pausa estudiada por parte de mi interlocutora, durante la cual se dedicó a mirarme fríamente, con gesto teatral.
-Mi padre murió-anunció ella-poco después que mi hermano.
El mundo se le cayó encima.Ahora aquella malvada mujer era la única heredera de la editorial para la que mi padre publicaba sus textos.En circunstancias normales, aquello no me hubiese obligado a nada, pero mi padre cuando aún era joven e inexperto, había vendido sus derechos de autor a dicha editorial por una ridícula suma de dinero que en aquel momento le pareció apropiada y necesaria, pero que se acabó en poco tiempo.A Enrique Montenegro, el ya difunto editor, le habían dado cargos de conciencia ante el pobre muchacho desamparado y había accedido a pagar comisión por sus textos.Dinero que ahora se podía reclamar.Y que Clara podía hacer.
Helena fue asintiendo con suavidad, comprendiendo-Entiendo-susurró abatida.
-También necesito que escribas un relato largo sobre mi hermano Zarek.Lo quiero todo.Cuando y como lo conociste, como os enamorasteis, como avanzó su enfermedad, como murió, como te sentiste…todo.Será un éxito de ventas, lo sé -Sonrió malévolamente.
-¿¡QUÉ¡? ¡CÓMO SE ATREVE A PEDIRME ESO!-Chilló Helena-¡¿ESTÁ USTED LOCA!? ¡NO PIENSO HACERLO! ¡DÉJEME EN PAZ1 ¡CÁLLESE Y DÉJEME EN PAZ, JODER!-Helena gritaba fuera de sí, sin saber ni creer ya lo que decía.
Rápidamente, Pietro se movió hacia ella como accionado por un resorte, y la sujetó por detrás, tapándole la boca con la mano.Ante este nuevo infortunio, Helena, que estaba controlada por su pena, su enfado y su adrenalina (y que realmente, siempre había tenido la mano más bien larga) mordió la mano de su agresor.Le clavó los dientes rabiosamente, con toda la fuerza con la que era capaz, y la sangre rojá comenzó a manar de la bonita mano de Pietro.Este retiró inmediatamente la mano herida, pero seguía sujetándola con la opuesta.No hacía falta, Helena ya se había cansado, y sollozaba recostada contra el.
Pietro la soltó y la condujo de nuevo a su asiento, aunque permaneció cerca por si acaso.
Clara contempló como Helena lloraba mansamente un rato,hasta que decidió volver a atacar.
-No es para tanto, niña, cálmate- la reprendió Clara de Monfort-Yo ya te he dicho lo que necesitaba, solo tienes que hacer eso y te dejaré en paz.Lo juro.Nada más.
-Y nada menos-replicó Helena débilmente, sintiendo que no tenía fuerzas ni para levantarse de allí-No pienso hacerlo.
-Es eso o quedarte sin nada y en la calle.Todo lo que tienes pertenecía a mi padre, y ahora que yo soy su heredera. Solo necesitas traerme sus escritos y ese relato tuyo cuando lo tengas.¿Aceptas o no?
-Acepto-susurró Helena al cabo, abatida.No tenía ni idea de cómo iba a poder soportar aquello.Se sentía pequeña y débil como al principio otra vez.
-Tómate tu tiempo, no tengo prisas, pero tampoco te relajes demasiado.Tendrás noticias mías, si necesitas algo llamas a Pietro-le tendió una tarjeta con su número.-A mí no me molestes.Ya puedes marcharte de aquí.
Hizo una seña a Pietro, y este la ayudó a levantarse y la acompaño por el pasillo hasta el garage.
Cuando llegó allí, le apretó levemente un hombro.
-Suerte, chica.Sé que tu puedes.
Luego, sin saber ni como, Helena se encontro subiendo al coche de nuevo, que arrancó inmediatamente en dirección a la noche oscura…como boca de lobo.









0 comentarios:

Publicar un comentario