Capítulo III

A la hora del almuerzo, Helena, Ramiro y Martín se fueron a un bar no muy alejado y tomaron unos bocadillos.Ramiro siempre se empeñaba en gastar poco dinero en inutilidades.
-La vida de los escritores es de pobres-se justificaba-no merece la pena desperdiciar los cuartos en tonterías,haríais bien en seguir ese consejo.
Helena acabó pronto,declinó la invitación a quedarse en la tertulia de la sobremesa y se marchó a casa.
Una vez entró por la puerta,puso un disco de Pink Floyd en su modesto aparato de música y se tiró en su cama,aun deshecha (no es que fuese una fanática del orden,en su casa se filosofaba mucho más de lo que se limpiaba:``En la vida hay prioridades´´, hubiera dicho su padre).
De repente,se encontró echándole muchísimos de menos,tanto que el dolor que experimentaba era casi físico.De pronto,todo su buen humor se desvaneció y se le vino el mundo encima: la pesadilla,la nota extraña…necesitaba allí a su padre,y ni Ramiro ni nadie podrían nunca sustituir el consuelo que el le sabría haber dado.Helena comenzó a llorar con lágrimas mansas que corrían rápidamente por sus mejillas,los sollozos le atravesaban el pecho.Lloró como una niña pequeña y luego,sintiéndose mucho mejor,se quedó dormida.
Despertó alrededor de las siete,mucho más despejada tras un sueño tranquilo, reparador,y sobre todo sin pesadillas.Extrajo la arrugada nota del bolsillo de su vaquero y la desdobló.Nueve y media,junto a la plazoleta de debajo de su casa.Dudó sobre si iba a ir un instante,solo uno.Obviamente iría, no es que no fuera prudente, pero su curiosidad era mayor, de modo que a las 9:15 de la noche se encontraba vestida, seguía llevando su chupa y sus vaqueros, y el pelo suelto y al naturla.Fuera quien fuera el individuo que la había ``citado´´,no pensaba engalanarse más que de costumbre.
A las 9:20 salió de su apartamento y bajó por las escaleras. La recibió el aire congelado de una oscura noche de Noviembre, solitaria e intrigante como las más frías noches invernales.
En la placita no había ni un alma, el kiosko había cerrado y no quedaba ni rastro de las palomas que allí habitaban durante el día. Esta soledad confería a la plaza un cierto aire de encantador misterio.Helena se dirigió hacia un banco de hierro colado y se repatingó allí, consultando en su móvil la hora.Solo debían de faltar dos o tres minutos para que el coche la recogiese, de modo que se puso a esperar, tratando de mantener sus pensamientos distraídos de recuerdos non-gratos, imaginando como sería el vehículo que vendría a recogerla. Helena temía y a la vez anhelaba que se tratase de un cochazo último modelo, pero se sorprendió cuando lo que allí apareció fue un Ford (ni puñetera idea de que modelo) mediano de color negro.Dudó ¿sería aquel el coche? ¿no debería de tratarse de un Mercedes o un Rolls Royce, como en las películas? Frunció el ceño y caminó hacia el vehículo.Cuando estuvo cerca notó que los cristales estaban ahumados,de forma que no podía ver el interior del coche.Extrañada,abrió la puerta y se sentó.Otro cristal ahumado le impedía ver al chofer, lo cual la incomodó.Echó un vistazo al coche,que aparte de por el asunto de los cristales, este parecía un coche corriente, lo cual resultaba decepcionante para ella.
De improvisto, el chófer arrancó y se puso a conducir como un poseso cuesta arriba, aplastando a Helena contra su asiento y poniéndole el estómago a la altura de las amígdalas.
-Oiga ¿adonde vamos?-inquirió la chica golpeando el cristal, una vez se hubo recuperado del acelerón-¿Oiga? ¿Me oye?
Como el chófer o bien no la escuchaba, o bien la ignoraba por completo, Helena se reclinó hacia atrás frustrada y decidió enviar un mensaje a Matías, solo por si acaso.

Matías, si mañana no diese señales de vida, dile a Ramiro que avise a la policía o algo.No te preocupes, no digas nada a nadie y no me intentes llamar porque tendré el movil apagado hasta mañana. Un beso.

Le hubiese enviado el mesaje a Ramiro, pero éste no creía en el milagro de la telefonía móvil,y además hubiese llamado a la policía y a las fuerzas armadas del ejército de haber recibido un mensaje como aquel.Apagó el teléfono y lo guardó en su bolsillo, dedicándose a mirar por la ventana durante el resto del trayecto.
Al cabo de unos minutos, el paisaje empezó a cambiar, haciéndole notar que ya habían salido de la ciudad y estaban empezando a ir campo a través.
Helena se removió en su asiento, preguntándose con inquietud adonde se dirigían.
No pasó mucho tiempo hasta que vislumbró a lo lejos el contorno de una casona señorial, a todas luces antigua pero muy bonita.
El Ford se coló por una abertura que conducía a una rampa que desembocaba en una especia de garaje-cuarto de trastos. El chófer aparcó, se bajó del coche y abandonó el lugar por una pequeña puerta, dejando a Helena estupefacta dentro del coche.Helena saltó fuera del coche y lanzó un vistazo a la estancia sumida en la oscuridad, preguntándose que hacer a continuación.No habían pasado ni diez segundos cuando se abrió otra puertecita, por la que apareció una figura alta e imponente, a la que Helena identificó como el tipo buenorro que le había llevado la nota a su casa, una vez que se hubo acercado un poco más.
Se sintió aliviada de verle, puesto que al menos le conocía de vista, y pese a su aire imponente no pensaba que fuera peligroso.
-Buenas noches, señorita-saludó cortésmente-Qué injusta es la vida, ¿verdad? No todo es como en las películas-añadió
Al ver que Helena callaba, sonrió.
-¿Me permite que la acompañe a un lugar algo más…acogedor?-ofreció
Helena asintió y se dispuso a seguirlo escaleras arriba, molesta consigo misma por su repentino ataque de timidez. Ella solía ser extrovertida y osada, pero no ante aquel prototipo de hombre escultura, que parecía llevar un cartel que dijera:``Oh sí, las combustiones espóntaneas son algo posible´´.
El hombre la condujo hasta un corredor iluminado muy tenuemente y se volvió hacia ella.
-Va usted a conocer a la señorita Clara de Monfort-le anunció
-¿Es eso un título nobiliario?-preguntó ella extrañada-Porque nunca lo había oído.
-No, eso es un capricho de tan caprichosa dama-el tipo se quedó mirando a Helena,y esta enrojeció visiblemente-Yo me llamo Pietro-la informó él a bocajarro.
Helena lo miró.Iba vestido con un traje de chaqueta gris, tenía el pelo rubio cuidadosamente revuelto, una cara perfecta y unos ojos demasiado azules.Estaba extasiada, para que iba a negarlo.
-¿Sí? Pues no se le nota para nada el acento italiano-repuso ella-Yo me llamo…
-Helena, ya lo sé- la interrumpió el- Y si no se me nota nada el acento italiano es porque no soy de Italia.Mi nombre es otro simple capricho-puso los ojos en blanco y echó a andar rápidamente a través del largo corredor-Sígame.
Ella caminó tras el, fijándose en la decoración en un forzoso intento de no dirigir la vista hacia donde no debía.Curiosamente, todas las paredes estaban cubiertas con marcos de fotos en blanco y negro.Eran fotos de personas o grupos de personas que Helena no podía identificar.En un momento dado,creyó haber reconocido vívidamente a alguien y la recorrió un escalofrío, pero ya habían pasado de largo y cuando hizo ámago de retroceder, Pietro le advirtió con una mirada (muy azul) que siguiera andando.
De pronto, Pietro frenó en seco ante una puerta e hizo ademán de abrirla.Luego la miró y dudó.
-Quédate aquí y no te muevas-le advirtió muy serio-No lo hagas-repitió-vuelvo enseguida.
Helena asintió con cara de circunstancias.Pietro abrió la puerta, y una nube de olor a moho y a cerrado les dio en plena nariz, luego se coló dentro y,antes de que ella puediese vislumbrar nada, le dio con la puerta en las narices.
Durante su ausencia, Helena se dedicó a curiosear las nuevas fotos, pero no volvió a ver ningún rostro conocido.Pietro reapareció al poco, sacudiéndose la chaqueta y permaneció mirándola unos instantes, con la cabeza ligeramente ladeada, como se contempla a las cosas incomprensibles.
-Tienes una sonrisa realmente muy bonita-sonrió él
-Aún no he sonreído en ningún-le hizo notar ella, circunspecta a la par que interiormente encantada.
-¿Y eso qué importa? Venga, andando-contestó el
Se dirigió a una puerta más grande que había al final del larguísimo pasillo y la abrió.
-Adelante.
Helena entró en un amplio y bien iluminado salón, con una mesa de comedor en el centro, una chimenea encendida al fondo, y decorado con muy buen gusto.Avanzó cautelosamente hacia el centro del salón, y entonces entró una mujer joven, que llevaba un vestido largo y elegante de color esmeralda y el pelo recogido en un moño.
Parecía que se había arreglado para una cena romántica.
-Eso después-susurró de repente Pietro, que se había situado a su espalda.¿Cómo demonios sabía lo que Helena pensaba?
La mujer dirigió una mirada dura hacia él, y luego adoptó una expresión dulce y dirigió la vista hacia Helena.
-Helena Verne Kaligari-ronroneó melosa-Que gusto conocerte-añadió, pero ni le ofreció la mano ni hizo ademán de intercambiar dos besos.En lugar de eso, se dirigió a un silló y se recostó en el-Siéntate-ordenó
Helena escogió un sillón cercano al de la extraña mujer y la miró expectante.Tenía el pelo oscuro y los ojos azul grisáceo, enormes.Daban miedo.Había algo en su expresión demasiado familiar para Helena, que sintió que un escalofrío la recorría…creía y temía saber quien era aquella mujer.

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