Capítulo II

A las ocho de la mañana aproximadamente, Helena se encontraba entrando en un cutre local de la parte más antigua y recóndita de la ciudad.
La puerta era de madera muy vieja, pintada y vuelta a repintar,y repleta de astillas y grietecitas.Chirrió y dio un fuerte golpe al cerrarse,sumiendo el corredor principal en una inquietante penumbra,cargada de humedad y olor a cerrado.

Helena volvió a sonreír,siempre se sentía como en una película barata de terror cuando entraba por esa puerta.
El corredor la condujo a una habitación muy grande, circular, repleta de estanterías, llenas a su vez de libros.Desde ambos extremos de la sala ascendían dos escalinatas de piedra, achatadas a fuerza de pisarlas (aunque actualmente prácticamente nadie las utilizaba) que conducían a un piso superior, también repleto de estantes viejísimos (Helena sospechaba que algún día cederían y se vendrían abajo).
La estancia estaba pobremente iluminado por unos fluorescentes instalados haría unos cuantos años, que titilaban constantemente…como en su sueño.Se sintió repentinamente mareada y presa de las náuseas, cuando una ráfaga de sueño volvió a su mente.Viento frío, demasiado frío, la dolorosa certeza de algo que debía hacer, aunque le doliera en lo más profundo.Angustia, una luz blanca.Luego nada, el mal sueño la dejó en paz, aunque eso sí, temblorosa.
Avanzó a pasos cortos hacia el centro de la estancia, ocupado por una mesa de proporciones monstruosas, que había sido cubierta con gigantescos tomos y libracos enormes y polvorientos.
Detrás de toda aquella marabunta de libros viejos y de una lampara de flexo, asomaba casi tímida la cabeza parcialmente calva de Ramiro,el viejo librero.En realidad,Ramiro solo tendría unos cincuenta años,pero a el le gustaba que la gente ``del gremio´´(como el solía llamar a casi todo aquel que tenía acceso al desvencijado edificio) le llamaran de esa manera.
Su cabeza emergió de detrás de un tomo gordísimo cuya tapa rezaba:
La misteriosa villa sumergida,y que Helena sospechaba que se trataba de otro de esos cuentos chinos sobre la Atlántida y otros mitos, que tanto gustaban a Ramiro.

-Pero si está aquí Helena, mi empleada favorita-sonrió el librero, con su habitual afabilidad (que habitualmente reservaba solo para ella, con los demás tenía un genio de armas tomar)-¿Qué tal?

Ella trabajaba en aquel lugar desde hacía aproximadamente tres años.Había cursado una carrera de lenguas muertas,y ahora trabajaba allí,traduciendo antiguos textos en latín o en griego,y ejerciendo de hacker infórmatica cuando a Ramiro le era necesario.En realidad,hacía pequeños trabajillos allí desde que su padre (el unico progenitor que le quedaba) murió cuando ella tenía 16 años,pero por aquel entonces lo único que hacía era ir de acá para allá,hacer café, poner un poco de orden en medio de todo ese caos y curiosear el trabajo de Ramiro y de los demás escritores,aficionados a los libros viejos,poetas malditos y editoruchos de poca monta que por allí pasaban.Ramiro se dedicaba únicamente a vender y comprar libros raros y antiguos a gente que pudieran interesarles,a elaborar hipótesis sobre teorías ya formadas con la esperanza de publicarlas algún día,y a intentar llevar a cabo su hasta entonces fallido intento de ser un escritor de renombre.Helena sospechaba que Ramiro solo la había tenido allí sin hacerle ninguna falta, para proporcionarle algo de dinero y alguien de confianza al que acudir,solo por que siempre había sentido admiración y respeto por su padre,el insólito filósofo y pensador Don Rodrigo Verne,y quería ayudarla a ella.
Helena no recordaba a su madre,pero su padre siempre le había contado que,fuese lo que fuese ella,no era de este mundo.Helena no le creía,era solo una historia tierna de un triste filósofo anclado sin remedio en el pasado,y enamorado de una mujer que ya no existía.
Su madre era griega,por este motivo,la joven llevaba un nombre griego,pero no le importaba en absoluto;ella adoraba su nombre,que en su opinión sonaba como algo exótico,diferente.
De sus años de hija no recuerda demasiado, pero cree que fue feliz.De lo que más se acuerda es de las reuniones de su padre, con otros filósofos, escritores y demás ``enteradillos´´ (entre los cuales unas veces se encontraba Ramiro y otras veces no) a las que se le permitía asistir,con la condición de que se quedara quieta y callada,escuchara y aprendiera.


-Cuanto más callas y escuchas,y menos hablas y alardeas,más inteligente te vuelves-decía su padre,seriamente-y nunca olvides que, por fuerza, un intelectual no ha de ser inteligente-con esta última frase,su padre sonreía con los ojos,como si algo le hiciese muchísima gracia.
Así que la pequeña Helena,que aun solo era un diminuto trasto de cabellera rubia y grandes ojos castaños, se quedaba quietecita y muy callada en un rincón,escuchando con los ojos muy abiertos,tratando de llegar a ser una persona inteligente como su papi.
La mayoría de las veces,lo que decían esos señores tan viejos y aburridos en su mayoría,era un verdadero galimatías para ella.A veces también asistían muchachos jóvenes a la reunión, pero estos permanecían en un rincón en silencio,tomaban notas y si alguna vez hablaban,lo hacían con respeto y timidez.
Usualmente,el único que se interesaba por ella era Ramiro,que al término de las reuniones se paraba junto a ella,se colocaba a su altura, sacaba un libro de su cabás y se lo tendía muy serio,sin una sola sonrisa.Era como una especie de ritual,y ni Ramiro ni ella debían sonreir.
-Esas pesadillas otra vez,¿no es cierto?-la voz del librero la saca de sus ensoñaciones.
-No son varias,es solo una-le corrigió ella con voz trémula-pero no es nada,estoy perfectamente. ¿Hay algo que hacer hoy?
-¿Seguro?-ante la dura mirada que ella le dirige,Ramiro titubea,ya sabe que a Helena no le gusta hablar de esas cosas,así qeu cambia de tema y contesta a su pregunta-Sí,tengo aquí unos textos interesantísimos sobre La Atlántida que creo que están en griego.
-Pero…-protesta ella
-Sí,sí y sí.Ya sé sobradamente que a ti todo eso te parece una somera gilipollez,pero no te cuesta nada y,de todas maneras-añadió con una mirada entre maliciosa y risueña-¿quién paga aquí?
-Usted,don Ramiro Camacho-dijo ella con los ojos en blanco,con cierto tono burlón, y con un suspiro,se rindió y se inclinó sobre el libraco de marras-Efectivamente esto está en griego,aunque es algún dialecto antiguo que desconozco.No obstante,creo que podré sacar bastante en limpio,espero que le sirva.
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando hizo su aparición Matías,un muchacho de veintipocos años,apocado y algo desgarbado,pero listo como el hambre,trabajador y lo suficientemente discreto como para que Ramiro lo tuviera a su servicio en su pequeña ciudad de libros olvidados,aunque solo fuera para mantener algo de orden y ocuparse del funcionamiento de los antediluvianos ordenadores que tenían,y de su portátil.
Matías portaba una caja de cartón casi más grande que él, repleta de papelajos y trastos viejos.
-Buenos días-saludó alegremente -un nuevo día para que Ramiro nos explote ordenando lo que el desordena,y rehaciendo lo que deshace a cambio de un mísero sueldo,todo a favor de sus preciosos y polvorientos amigos,los libros.No importa que sea Sábado por la mañana-protestó el muchacho,pero sonriendo.
-No te quejes, Matías, que ya sabes que yo te echo de aquí de una patada y santas pascuas-rió el librero, visiblemente de buen humor.
-Usted no haría eso-rebatió el chico-y además,¿que iba a hacer sin mí?
-¿Y esa caja llena de trastos? ¿Qué ha pasado, Matías?-Inquirió Helena a su vez,más por educación que por verdadera curiosidad,dado que ya suponía lo que había acaecido.
-Una estantería,que se ha desfondado-explicó el cansinamente-Como Ramiro se emperra en atestarlas de cosas…-sonrió a Helena-Y ahora me toca a mi recoger,limpiar,ordenar y deshacerme de los trastos.Benditas mañanas de Sábado-farfulló irónicamente
-No te quejes y corre a tirar eso,que te duemes en las musarañas-le regañó Ramiro.
-Eso,encima el que se duerme en las musarañas soy yo-protestó Matías-Ya me voy,y puede que me de una vuelta por ahí,que conste.Me lo merezo-advirtió,y desapareció de la sala por el angosto corredor,no sin antes volver a sonreír cándidamente a Helena y musitar un leve ``Hasta luego´´,que probablemente solo oyeron las viejas paredes del lugar.
-Los matas callando,Helenita-le hizo notar el librero una vez que Matías hubo desaparecido.
Ella le sacó la lengua-Sabes que no es así.
-Y tu sabes que sí-se burló Ramiro-Anda,a tu trabajo,Helena de Troya.
Haciendo una mueca,Helena volvió a inclinarse sobre el libro y comenzó la traducción,que habría de mantenerla ocupada la mañana entera.

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