Capítulo V

Conforme iba avanzando el coche, Helena iba saliendo de su ensoñación.Miles de emociones contradictorías bullían a la vez en su interior.Rabia, confusión, miedo y tristeza eran las únicas que más o menos podía identificar.
No sabía que iba a hacer, ni como podría soportar aquello.Maldita mujer, que no le era fiel ni a su padre.Helena estaba segura de que si Enrique Montenegro viviese no permitiría aquello.
De repente se sintió furiosa, sentía pura rabia hacia Clara y hacia todo lo que pudiese tener que ver con ella.Tanto era así, que abrió la puerta del vehículo y se arrojó a la calzada, desesperada por salir de allí.
El chófer, lejos de preocuparse por ella, continuó su camino como si fuese un autómata, y Helena lo agradeció.
Se levantó del suelo, subió a la acera y se hizo un rápido examen físico.Le dolía la rodilla izquiera y se había magullado las palmas de las manos al parar la caída, de modo que le escocían y salía algo de sangre, nada grave.La parte psicológica no quería ni mirarla, temerosa de volver a enfrentarse a ese maremagnun de sentimientos descontrolados que chocaban en su mente unos contra otros.Sabía que tenía que hacerlo, pero no sería en ese momento, ahora necesitaba descansar.
Pero ¿dónde cojones se había bajado? Repentinamente cayó en la cuenta de que no tenía idea de donde estaba, y de que había sido una tontería tirarse del coche.Helena era impulsiva, siempre recapacitaba demasiado tarde.
Se sentó en el bordillo de la acera y sacó el móvil de sus vaqueros para encenderlo.La pantalla principal la informó, directamente y sin paños calientes, de que tenía diecisiete llamadas perdidas, todas de Matías.Helena marcó su número de teléfono, y con un suspiro, apretó el botón de llamar.
No dio tiempo ni de que terminara el primer bip.
-¿Sí?-respondió la voz angustiada de Matías al otro lado de la línea-¿Helena? ¿Eres tú?
-Sí, soy yo, tranquilo.
-¿Estás bien?
-Perfectamente-anunció ella con amargura-¿Puedes hacerme un favor?-añadió después, algo más amable.
-Claro, ¿qué necesitas?-musitó solícito el chico.
-Necesito que vengas a recogerme.Sé que es muy tarde y lo siento, pero…
-Shh, son solo las once y cuarto.Claro que iré a buscarte, ¿dónde estás?
-Ni idea-contestó ella nerviosa-Espera, que lo miro.
Helena dio un par de pasos mientras escrutaba la oscuridad, en busca de una señal luminiscente que pudiese informarla de adonde había ido a parar.
Al cabo, encontró un pequeño cartel en la pared que tenía enfrente.
Callejón de la Vieja Mariana
Wtf!? ¿Qué clase de sitio era ese?
-Se llama callejón de la vieja Mariana-anunció despacio al auricular.
-¿Helena? ¿Dónde te has metido?-Casi hubiera jurado oír unas risitas.Ella misma sonrió.Menudo nombre para un callejón.
-¿Crees que podrás encontrar el sitio?
-Supongo, pero dame unpar de detalles ¿qué hay a tu alrededor?-Matías hacía sonidos raros, seguramente porque se estaba vistiendo precipitadamente, a fin de salir a buscarla cuanto antes.
-Pues…hay una taberna.Se llama ``El viejo Patapalo´´. ¡Ah! Y algo más allá creo que hay un prostíbulo, no estoy segura, pero por las luces juraría que sí.
-Guau, lo que se dice un sitio con caché-Matías se rió flojito-No te muevas, en dos minutos estaré ahí, princesa-Helena puso los ojos en blanco: odiaba ese término, más si venía de boca de Matías, más si era dirigido hacia su persona.
-De acuerdo-decidió no discutirselo aquella vez, le urgía más que su amigo fuera a buscarla-Hasta ahora-y colgó.
Helena se puso a mirar a su alrededor, menudo sitio tenebroso.Todo parecía viejo y rancio, y solo una farola antigua y estropeada ofrecía algo de luz amarillenta, que más que iluminar, servía de atractor de polillas y mosquitos.
Se estremeció.Hacía bastante frío, incluso para ser Noviembre.Aquello no era un frío normal, pensó Helena.Un perrazo pasó corriendo ante ella, sobresaltándola, pero no se detuvo en su carrera.
Helena estuvo tentada de entrar en la cutre taberna, pero ¿y si Matías no la veía y pasaba de largo? En absoluto le apetecía pasar la noche allí, en la dulce compañía de los mosquitos y quien sabía quien más.
Pasaron unos diez minutos larguísimos, durante los cuales Helena estuvo a punto de llamar a Matías, pero le quedaba poca batería, y decidió guardarla por si las moscas (y los mosquitos, no pudo evitar pensar, aún a sabiendas de que se trataba de un pegote como una catedral).
-¿Cuánto cobra por una hora, señorita?-espetó una voz bronca a sus espaldas, desde un coche.
Helena, entre sobresaltada y rabiosa, se dispuso a darse la vuelta y partirle la boca a quien hubiera osado hacer esa pregunta.Cuando lo hizo, vió a Matías dentro de su viejo Talbot, mirándola con expresión traviesa.
-Bonita voz de ultratumba ¿me tomó usted por una señorita de compañía?-dijo ella, entre divertida, molesta, y aliviada de ver a su amigo.
-Nah, en todo caso, soy yo quien debería cobrarte a ti.Estoy haciendo de taxista gratis, a las doce de la noche.¿También tu vas a explotarme laboralmente?-se rió
Helena puso los ojos en blanco y se repatingó e el asiento de copiloto, sin mediar palabra.
-Te llevo a tu casa, ¿no?
-Si no te importa, Mat, preferiría explotarte un poco más y que me acompañases a tomar algo.No estoy de humor para enfrentarme aún a mi almohada.
Matías, sonriendo por como sonaba aquel diminutivo en los labios de Helena, encendió la radio, se echó a reír y dijo que sí, que sí…total, una explotación más.
Y adoraba que ella le explotara, pensó luego mientras arrancaba.

















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